Vacaciones escalonadas.

Mi vecindario ha vivido unas vacaciones escalonadas. Cuando unos nos íbamos, otros volvían. Cuando unos volvíamos, otros se iban.

A estas alturas de septiembre, el ajetreo parece haber acabado. Y ahora sí, ya estoy del todo en casa.

Me faltaban los signos de siempre. La ropa tendida. La luz encendida en las cocinas y su melodía de cacharros. Las persianas levantadas. El ventanal que se abre cada mañana para ventilar. El aroma del café ajeno que se cuela en la habitación. Las plantas mustias que reviven porque por fin alguien las ha regado. El resplandor azulado de los televisores por la noche. La silueta del vecino que sale a fumar a la terraza para que su hijo no lo vea.

Ha vuelto mi paisaje.

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