Nosotros, los del Mediterráneo, no le hemos puesto nombre a las lunas llenas. El sistema de los nombres es una tradición específicamente norteamericana, ligada al calendario agrícola y de caza de los pueblos indígenas de esa región, y popularizada después por almanaques estadounidenses como el Old Farmer’s Almanac. En estas fechas se recolectaba la fresa silvestre ya madurada.
A nosotros nos han gustado más las noches. La de Sant Joan, por ejemplo, que abre la puerta al verano con hogueras en lugar de con nombres, y que cae casi en las mismas fechas que esta luna sin nombre.
Mientras los pueblos indígenas americanos miraban al cielo y nombraban la luna por la fresa, aquí mirábamos al fuego y nombrábamos la noche por el santo y el solsticio. Dos formas distintas de celebrar lo mismo: que el verano ha llegado.
Qué bonita esta luna llena sin nombre, en esta calurosa noche de verano…
Me han regalado una ruda. Es una planta bonita, con un aroma especial: a mí me evoca la hierba y la tierra húmeda justo después de llover.
Dicen que ese perfume ahuyenta a diferentes tipos de insectos y que, por eso, se ha utilizado en cultivos y jardines para mantener alejadas algunas plagas. También se le han atribuido propiedades medicinales, aunque con la ruda conviene no jugar demasiado a la herbolaria: tiene fama de planta poderosa, pero también de planta delicada.
Además, es muy conocida en el mundo esotérico. Protege de las malas vibraciones, de los malos espíritus… Lo malo, según cuentan, es absorbido por la ruda.
La que yo tengo conserva intactas todas sus propiedades mágicas, ya que la persona que la plantó en esta maceta cree en ellas. Si la planta un descreído, la ruda no tiene efecto… Menos mal que a mí ya me la han regalado activada.
Pero lo que más me ha impresionado es que, si se marchita y se seca a pesar de los cuidados básicos que yo le prodigue, tengo que estar contenta, porque eso significará que la planta ha recogido toda la energía negativa que había por aquí.
Es la primera vez en mi vida que me regalan una planta que, si se marchita, es una buena señal. Y no puedo evitar pensar que lo mismo podría haber pasado con todas las orquídeas que han perecido en el intento de vivir en esta casa… Tendría el ambiente limpio de todo lo malo para toda la vida.
Hubo una generación —la mía— que vivió un sol más amable.
Los hijos del sol mediterráneo éramos niños que pasábamos el día entero en la playa. Luego, al crecer, seguimos volviendo a ella: para ponernos morenos, como lugar de encuentro por las mañanas, como refugio secreto para romances de verano… Pero lo del moreno era esencial.
El embadurne de entonces se hacía con cremas bronceadoras sin factor de protección que —al menos en teoría— aceleraban el color. Había una crema marrón que te teñía la piel al instante, como si el bronceado pudiera aplicarse a brochazos. También hubo una moda de cremas de zanahoria, de laboratorios varios, con las que una se aseguraba el tono oficial del verano. En aquella época, si me hubiese imaginado a mí misma usando una crema de protección 50, no me lo habría creído.
Estos últimos días de mayo está haciendo calor como si fuera julio. Ha habido un festivo y la playa está abarrotada. Se aprecia un crisol de pieles blancas exponiéndose al sol en busca de ese atractivo tono dorado. Son cuerpos de todas las edades: tumbados, sentados, entregados. Tostándose.
Algo ha cambiado en mí. Puede ser mi cuerpo y su nueva tolerancia al astro rey. O puede ser que el sol ya no sea aquel sol. La exposición directa me molesta y me asfixia.
Me rebozo en protección como si fuera una croqueta. Necesito moverme, necesito el agua y, si me estiro, que sea bajo una sombra fresca y acogedora.
Como mis vestigios de niña de playa siguen latiendo en la memoria, todavía me tienta a veces aquella postura de estirada —vuelta y vuelta, como carne en una parrilla— en busca de un color más integral. Pero basta dejar que el sol me lama la piel durante unos minutos para darme cuenta de que mi relación de amor con él pertenece ya al pasado.
Este es un sentimiento extraño para los hijos del sol: no tomar el sol. A mí me ha costado un tiempo de adaptación, pero ya estoy rehabilitada. Ahora disfruto enormemente del agua y de la sombra de un parasol de brezo.
Empieza suavemente, al atardecer. El grillo ha vuelto, pienso. Pero no. Es otro grillo. Nuevo.
No hay grillo que viva ocho meses. Su vida, cuando ya son adultos, se estima en unas seis u ocho semanas. Así que, o bien es un pariente cercano —porque ahí quedaron las ninfas—, o bien es otro grillo que ha encontrado la misma grieta, el mismo lugar donde vivir.
Porque la sensación acústica es esa: que el sonido proviene exactamente del mismo sitio.
—Tienes una paciente nueva. Un ataque de ansiedad. Tienes que venir rápido. Es urgente. Nunca te imaginarías de quién se trata…
La encuentro estirada en la camilla del sistema límbico.
Empatía está temblando, se abraza y no para de murmurar:
—No puedo, no puedo, no puedo…
Y no me extraña. Desde que se ha puesto de moda ser empático, no dejan de utilizarla. Y claro, está constantemente mostrando a Realidad, traspasándola a otras pieles, a otras almas. Y, en el proceso, algo le toca…
Veo a Realidad sentada en la sala de espera. Se siente culpable. La conozco y sé que necesita a Empatía para que las cosas reales no sean tan duras. Ni tan incomprensibles. La necesita para hacerse mejor.
Consulto con mis colegas: Tálamo, Hipotálamo, Hipocampo y Amígdala. Esta última reconoce la alarma antes que nadie. No se trata de apagarla, sino de bajarle el volumen. Bastará con reconectar algunas rutas, apartar el miedo del centro de la escena y dejar que memoria, cuerpo y razón hablen a la vez. En unos segundos, Empatía dejará de temblar. Realidad, al fin, podrá volver a su labor sin romper a nadie.
Voy por una carretera, allí donde antes había un pinar.
La circulación es ahora más fluida y ordenada. El recorrido se ha acortado.
Todo son ventajas para los seres que circulamos por allí. Pero hemos eliminado el pinar. Hemos borrado el verde.
Un color de por sí sereno para el ojo humano; un color que nos conecta con la naturaleza, que transmite frescor, calma, vida.
Un color que, poco a poco, iremos perdiendo en su versión natural.
Disfrutad de este verde, mientras aún lo tenemos.
Nota : Estas son fotos propias que he utilizado en este blog, menos la última : “Museo de los Colores Perdidos”. Voy a empezar una colección , porqe seguro que hay más…