Hecho con los cercos de café que deja una taza…De Hong Yi (Shangai)
Bellas y extrañas medusas flotando en el mar…
Plástico y plástico… Basura que se mueve por debajo del mar. Lo llaman el «Gran Vertedero del Pacífico» y estiman que ya ocupa un 10% del Oceano Pacífico . El 80% de restos provienen de los continentes y el 20% restante, de los barcos. Mandy Baker, fotografía estas cosas que ella llama «Soup».
Mi cuñada cree que estoy mal. Se le nota cuando entra con sus tacones —que arañan mi tarima— y su sonrisa de “hoy vengo a desordenarte”.
En mi casa las cosas van donde deben. Las revistas de decoración no se tiran en la mesa: se colocan. Alineadas, apiladas por tamaño, portada centrada. Mi cuñada se sienta, suspira y las manosea como si fueran folletos gratis: abre una, dobla otra, deja una boca abajo… encima del platito inca. Luego aparta los cojines “porque molestan”. Yo respiro, cuento hasta diez y sonrío…
Pero, hoy, por primera vez, he dudado de mí. Es urgente que os lo explique.
Abrí el cajón de la cubertería para coger la cuchara perfecta del cappuccino y vi un tenedor en el compartimento de los cuchillos. Pensé en mi cuñada, que había estado trasteando los cajones en busca de un abridor. Seguro que lo había movido para molestarme.Lo agarré para corregirlo y noté un tirón leve, una resistencia absurda del metal. Lo dejé con los tenedores. Cerré.
Sollozos.
Abrí: silencio. Y el tenedor había avanzado hacia las cucharas. Lo devolví a su lugar. .
Cerré el cajón.
Llanto. Abrí. Silencio.
Ahora estaba atravesado, perpendicular y ocupando más espacio. Tuve la sensación que el tenedor se movía a su antojo. De locos.
Salí de casa para no pensar. Volví del mercado, necesité un cuchillo para cortar la malla de las naranjas y abrí el cajón.
El tenedor estaba con los cuchillos.
Ahí lo supe: no era un error. Se trasladaba de compartimento y me estaba desafiando.
Lo tiré a la basura. Bajé la bolsa y la arrojé al contenedor, satisfecha, como quien restablece el orden mundial. Al subir, los sollozos se habían convertido en alaridos. Abrí el cajón y lo entendí demasiado tarde:
El que lloraba no era el tenedor.
Era el cuchillo.
Escribo con el metal clavado en el pecho, gimoteando histéricamente. Ha sido un crimen pasional: el cuchillo y el tenedor se amaban. No soportaron la separación. El exilio del tenedor despertó al monstruo del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado aquí, clavado en el centro de mi corazón , llorando por su amor perdido.
Me queda poco.
Mi última voluntad es simple:
Que este cuchillo sea entregado, como herencia, a mi cuñada.
Este cuadro empezó como empiezan muchas cosas buenas: sin plan y con los restos de una pulsera de Formentera encima de la mesa. De esas que compras “porque sí” y luego te acompañan meses, para llevar la isla atada a la muñeca.
La miré y pensé: esto no es una pulsera, esto es una ola. Siempre me ha gustado mucho esta palabra en catalán : ona.
La pegué sobre un fondo blanco roto, limpio para que respirara. La pulsera dibujaría su propio trazo, su ona…
En invierno, los plataneros se quedan como esqueletos elegantes: ramas desnudas, cielo limpio y esas bolas cargadas de polen, esperando la primavera.
Estos días se han balanceado con frenesí por el episodio de viento fuerte que hemos tenido en la zona. Mirando su baile, de repente vi algo blanco colgado en lo alto de las ramas.
De lejos era un trapo. Una camiseta. Una sábana pequeña… Y durante unos segundos —qué fácil es esto— pensé: una señal. Una de esas señales tontas y necesarias que una se inventa para esperanzarse.
Me pareció una bandera de la paz. Un deseo. Una señal del futuro… pero hice zoom.
No era tela. Era plástico.
Una bolsa atrapada entre las ramas, una “enseña” blanca que no debería estar ahí.
Lo inquietante no fue la bolsa, sino lo bien que imitaba la paz desde lejos.
La próxima vez que vea algo blanco en lo alto de un árbol, volveré a pensar —por un segundo— que es una bandera de las buenas, la única buena. Y luego no haré zoom.
Solo hay que leer el periódico a diario, ver la televisión o asomarse a los hashtags más populares de X. Si te detienes en las noticias políticas —en territorio nacional o internacional—, ves con bastante claridad que estamos afectados por elDunning-Kruger.
El planeta se ha llenado de seres humanos que padecen elefecto Dunning-Krugery, encima, han copado posiciones políticas. Estamos rodeados.
El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren una sensación de superioridad ilusoria: se consideran más inteligentes que otras personas más preparadas y sobreestiman su competencia real. Este sesgo se explica por una incapacidad metacognitiva para reconocer la propia ineptitud.(Justin Kruger y David Dunning, Universidad de Cornell, 1999).
Y mira: es posible que nos hayan contagiado y que, aunque nos cueste creerlo, vayamos por la vida ajenos a nuestra propia ignorancia. No te digo que no.
Ahora, lo urgente es encontrar el antídoto. Nos va mucho en ello…
Después de unos días desconectados del entorno cotidiano, es normal hacerse la pregunta de rigor: ¿qué tal las fiestas?Esa pregunta se formula tanto “de verdad” (a los más cercanos) como en modo “automático” (a conocidos). Hablemos de esta segunda modalidad: el puro automatismo de cortesía y buena educación.
¿Qué tal las fiestas? La cuestión se lanza a alguien con quien no tenemos demasiada relación, así que se espera una respuesta cortés (también automática) que cierre el tema. Suele girar en torno a las comilonas, la lotería o la niñería en casa. Casi todo el mundo se resigna y se conforma con “la vuelta”, rematada con un comentario tipo: “Ya tenía ganas” / “Ya no podía más”. Y con eso queda finiquitada la cordialidad postfiestas.
Pero hay ocasiones en las que ese liviano ¿qué tal las fiestas? se convierte en la pregunta detonator. El interlocutor olvida que solo debería participar con dos frases escuetas (y acabar) y se lanza en picado. Aunque también aparecen alegrías extremas, lo que predomina es la desgracia, y en múltiples niveles: la urticaria por marisco en mal estado; la típica caída tonta el día de Navidad, con sus diez horas de espera en Urgencias; el juego de la consola para el niño… ¡vacío!; la súper gripe (y antibiótico) justo los cuatro días que te vas a la nieve; el robo de un coche la noche de Fin de Año; la avería del horno el día de Sant Esteve (canelones)… Todo ello explicado con la profusión de detalles que el incidente exige.
También hay cosas serias que, por el impacto que tienen en una vida, desautomatizan la respuesta al instante, pero ese ya es otro nivel.
Tras oír respuestas en modo “detonator”, ya solo te queda aportar un: “Yo, bien. Normal.” Y, de repente, ese “normal” se convierte en algo fabuloso… Ni averías, ni robos, ni accidentes, ni enfermedades, ni urticarias… Solo normal.
Por cierto: ¿qué tal las fiestas? ;-)
NB: Todos los “incidentes” son reales. Incluidas las diez horas (de espera) en Urgencias por una caída…
No sé si esto es un sueño o una experiencia entre mágica y mística, pero estoy aquí. ¿Me habré dormido en el sofá? Lo último que recuerdo es estar encogida, llorando de pura tristeza, agarrada a aquel cojín…
Cada año, por estas fechas, me enfrento a eso que se llama “hacer balance”. A pocos días del 31 de diciembre, todo el mundo se empeña en aglutinar las cosas buenas, las malas, las expectativas, la esperanza y la desesperanza.
Es un comportamiento de histeria colectiva: balance, balance, balance..
El mío me lleva, inevitablemente, a un estado de frustración. Ninguno de mis planes se cumple… Ni mis deseos, ni mis sueños. Según el año, se añade a mi balance alguna buena nueva, pero también las desgracias y los dramas de la vida. Y yo sigo transitando por el tiempo, un poco despistada, afanándome en sobrevivir a cada nuevo día, pasando de año sin pena ni gloria.
Pero, en este mismo instante, nada de esto es importante. Estoy en este precioso campo lleno de lavanda. Siento el aire fresco, que me acaricia la piel, como vistiéndome y protegiéndome del frío. Soy como el aire. Me siento aire. Me desplazo, deslizándome, bailando al son del viento, deleitándome con los colores.
Quiero caminar por él. Noto la textura de la hierba en mis pies descalzos. Es suave y parece de algodón.
Mientras avanzo, vienen a mí imágenes preciosas de experiencias vividas en este año. No son grandes cosas, son nimias pero, a la vez, son hiperbellas. Un abrazo inesperado, paladear un cucurucho de helado en una cala solitaria, una inspiración con aroma a tierra húmeda, la emoción del último capítulo de un libro disfrutado, un desayuno dulce después de haber hecho el amor…
Al final del trayecto, me espera una cesta. Es sencilla y contiene todas esas cosas sencillas. Me llevo todas mis experiencias, las que yo creía insignificantes y que ahora se han convertido en un tesoro de valor incalculable.
Ahí están todas. Mi balance.
Cuando despierto, sé que todo ha sido un precioso sueño que mi mente, caprichosa, me regala con su recuerdo. Esto me extraña, ya que nunca me acuerdo de lo que sueño… Entonces, me llega un tenue olor a lavanda y, allí, en una esquina al lado de la puerta, veo la cesta. Está llena de las flores violetas…
Confieso que cada tarde me recuesto en el sofá y agarro ese cojín. Adopto la misma posición que ese día e intento dormir para ver si hay suerte y me vuelven a llevar a ese lugar en el que todo aquello que parece insignificante se vuelve brillante.
De momento, no lo he conseguido, pero, inexplicablemente, la lavanda no se marchita y, cuando la miro o la huelo a distancia, me recuerda que debo identificar y disfrutar esos pequeños instantes maravillosos que ocurren cada día.
De dónde han salido esa cesta, ni me lo planteo…
NB : Fotos de Léonard Cotte y Dóri Halászlaki en Unsplash
Hay gente que pone árbol: es bonito, luce bien, huele a infancia y proclama la Navidad. Y también están quienes, sin renunciar a la fiesta, se las ingenian sin árbol.
Cualquier cosa sirve para crear la estética navideña: una pirámide de ovillos, de libros, una escalera, una constelación de luces o una forma triangular hecha con lo que ya tienen en casa.
Es un árbol que, además de luces, tiene imaginación. Y convierte la Navidad en un gesto creativo.
Propongo una nueva tradición, a libre disposición de quien quiera adoptarla: cada año hay que inventar un árbol distinto… sin árbol. Y si queda torcido, mejor: es más real.
Tenía que aparentar calma. Si le veía el miedo en los ojos, habría ganado.
El monstruo avanzaba con una sonrisa blanda, casi amable, y los brazos abiertos como quien va a recibirte. En cualquier instante abriría la boca y lanzaría contra ella su arma —esa contra la que no existía defensa.
Su única posibilidad era huir. Despistarlo un segundo, correr hacia los ventanales con todo el impulso que pudiera reunir y… saltar. No era mucha altura, pero tampoco sabía caer. Nunca había aprendido. Aun así, no había otra salida.
La sala era de un blanco impoluto, sin sombras. Una puerta blindada. Un ventanal enorme. Al otro lado, el cielo de un rojo raro.
Había plantas. En medio, dos butacones mullidos y confortables, separados por una mesita baja. Sobre la mesita, una bandeja: café humeante, té, agua y galletas de mantequilla.
Él se acercó un paso más.
Demasiado cerca.
Ella oyó el aire entrarle en la boca. Lo sintió preparar el sonido. El instante previo al golpe.
No podría soportarlo.
La raza humana ya no estaba hecha para eso. Habían eliminado, siglos atrás, todo lo que no fuera funcional. La comunicación se reducía a órdenes, datos, hechos: el área segura. Lo emocional se consideró un ruido peligroso, una grieta. Se había extirpado con paciencia , generación tras generación, hasta que las palabras dejaron de servir para decir lo que dolía, lo que alegraba, lo que hacía temblar por dentro.
De vez en cuando circulaban rumores: grupos de resistencia, viejas tribus obstinadas que aún conservaban aquella capacidad primitiva. Decían que secuestraban a humanos normales y los sometían a terapias bajo un lema terrorífico :
“Hablando se entiende la gente”.
Pocos sobrevivían a ese hiperestímulo cerebral y los que volvían lo hacían transformados, incapaces de sobrevivir en una sociedad aséptica.
Ahora le tocaba a ella.
Él alargó la mano y le tomó el codo delicadeza. La guio hacia los butacones.
Seguía sonriendo. En su mirada había algo que intentaba ser… ¿comprensión? ¿cuidado? Ella no supo leerlo. No tenía las herramientas.
Se sentó, rígida, en uno de los butacones. El café desprendía un aroma cálido. Las galletas olían a infancia —una palabra vieja que aún conservaba en su memoria.
Él se acomodó frente a ella. No invadió su espacio. No hizo ningún gesto brusco. Sólo la miró a los ojos, con paciencia.
Luego movió los labios.
Y lanzó el arma mortal, despacio, sin levantar la voz.
—¿Hablamos?
Nota : Aún estamos a tiempo: si volvemos a hablar de verdad, volvemos a encontrarnos como sociedad.