Con la termorregulación loca…

Nuestro cuerpo es un ingenioso artefacto capaz de hacer cosas maravillosas, pero… algo está fallando en el tema de la termorregulación, o homeostasis.

La termorregulación, o homeostasis, es la capacidad que tiene nuestro organismo para regular su temperatura. El objetivo del sistema es mantener el cuerpo entre 35 y 37 °C. A esta temperatura, el cerebro se encuentra en su zona de confort y puede controlar las funciones metabólicas fundamentales.

Si detecta que nuestra piel está por encima de ese rango, se activan los sistemas de “refrigeración”: sudamos, nos ponemos rojos (vasodilatación periférica: los capilares y vasos sanguíneos se ensanchan hacia la zona más externa del organismo para liberar el calor) y nos ralentizamos para consumir menos energía…

Debemos cooperar para ayudar a nuestro “sistema de refrigeración”: buscamos la sombra, el agua fresca, los baños refrescantes…
Sobrellevándolo.

Y así estamos estos días, con la termorregulación loca

NB : Que las imágenes sirvan de respiro…

Tengo que comprar una mesa…


Yo he sido víctima de una mesa loca. La anterior era un modelo rústico que provenía de la casa de campo de mis padres. Estaba vieja y gastada, pero era de una madera maciza y oscura que me encantaba.

Cuando me llamó un amigo para ofrecerme la oportunidad de mi vida (conseguir una súper mesa de diseño, totalmente gratis), no dudé ni un instante y dije que sí. Lo más sorprendente es que no tuve que ir a buscarla yo: me la trajeron a casa una hora después de haberla aceptado.

Y digo sorprendente porque, cuando alguien regala un mueble, normalmente quiere deshacerse de él rápidamente (sí), pero no se quiere hacer cargo del traslado (evidentemente), y menos si se trata de un mueble voluminoso.
Normalmente, el favor que te hacen lo pagas con el favor que les haces al desplazar, fuera de sus vidas, esa cosa que ocupa un espacio importante. En este caso, sesenta minutos después de colgar el teléfono, unos señores de UPS descargaban la mesa en mi salón… y se llevaban la vieja mesa familiar.

Juro que me pareció que, cuando la bajaban por la escalera, las patas carcomidas me hicieron un gesto un tanto obsceno.

La nueva mesa era preciosa. La acaricié, pasando suavemente las palmas de las manos por la superficie brillante. Oí un gemido que ignoré y seguí mi ruta acariciante. Más gemidos… Busqué el origen del sonido, pensando en mis vecinos, pero, al cesar el contacto con la mesa, se hizo el silencio.

Al principio parecía una mesa normal, pero las cosas fueron cambiando a medida que pasaban los días.
La mesa tenía vida propia… y una personalidad irritante.

Si me olvidaba el salvamanteles (yo no sabía ni que existían) y se quemaba un poco, me sacudía con las patas. Literalmente. Patadas reales.
Si no ponía el mantel y colocaba mi portátil encima, al calentarse la batería, la mesa se enfadaba y se doblaba en dos. No aplastó mi Mac de milagro.

El mantel —que debía ser de lino y estar planchado (no toleraba las arrugas)— era lo único con lo que estaba tranquila.
Si comía sin él, extendía sus patas horizontalmente y me dejaba plantado en el suelo, con desparrame de platos y vasos.

No podía dejar que aquella mesa me venciera. Era un mueble. Era una mesa. Así que emprendí una lucha sin cuartel.
Quería doblegarla.

Comía con espinilleras y coderas. Ideé un sistema de barras de hierro para impedir que se doblara e, incluso, apilé libros debajo, cubriendo su altura para que no pudiera desplomarse.

Mis amigos me confesaron que creían que estaba loco en esa época de mi vida… y es verdad. Estaba loco.
Y la mesa, también.

La muy bruja nunca se mostraba hostil cuando había alguien en casa. Lo hacía en la intimidad, con el único objetivo de fastidiarme… Llegamos a los insultos (la mesa hablaba) y a las manos (y a sus patas). Descubrí, con horror, que no podía moverla. Ni cortarla con una sierra del tamaño de la de Viernes 13.
La situación se hizo muy, muy tensa y, lo peor, no veía solución.

Al mes de tener la mesa loca en casa, el que estaba a punto de volverse loco era yo. Aunque penséis que ya lo estaba (¿quién batalla contra una mesa?), os prometo que todo lo que os he explicado es verdad. No fueron imaginaciones mías. Tengo vídeos y fotos que lo demuestran.

Así que, consciente de lo inusual de la situación y del peligro que corría, tomé una decisión: ella o yo.

Y fui yo.

Puse el piso a la venta a un precio atractivo e incluí “todos los muebles”. No tardé en venderlo, perdiendo dinero pero ganando, al fin, la batalla contra la mesa loca.

Allí se quedó… De momento, el nuevo propietario no ha contactado conmigo, aunque también es verdad que me cambié de teléfono e intenté borrar mi rastro lo mejor que pude.

Me fui a vivir a las afueras, y, cuando llegó el momento de amueblar el apartamento, no me vi capaz de comprar una mesa nueva.

Tengo un trauma. Serio.

Mi terapeuta dice que solo lo superaré si compro una mesa.

Y me he decidido. Tengo la espalda hecha polvo y cada vez me cuesta más comer en el suelo.

Iré a la maldita tienda y prestaré atención a las mesas que allí habitan. Tendré que controlarme para no dar unas patadas a las patas o pasar las manos por la superficie para observar su reacción…
Me llevaré un punzón y un mechero.
Y las espinilleras.

Por si acaso.


Hacedores de dificultad.


El mensaje era muy breve y se autodestruyó a los pocos segundos: “Aislar a los Hacedores de Dificultad”.

Mi departamento es el que se ocupa de controlar a los Hacedores. Hay de dos tipos: los Hacedores de Facilidad, que no nos dan ningún problema. Suelen ser muy flexibles, saben negociar y tienen como objetivo poner las cosas fáciles a los demás. Los Hacedores de Dificultad son los problemáticos. Estos sujetos son capaces de hacer difícil la cosa más fácil del mundo.

Hay niveles muy superficiales, como por ejemplo el que va poniendo pegas a todos los lugares que decide el grupo de amigos para ir a tomar una copa, pero también está el que, con sus continuos obstáculos, se carga una relación familiar, organizaciones, empresas y gobiernos.

Hacía tiempo que, en el departamento, se estaban oyendo todo tipo de rumores: “Van a cargárselos a todos. Hay demasiados”, “Están buscando a todos los Hacedores de Dificultad de todos los niveles y los van a enviar a una isla desierta para que, juntos, se dificulten la vida unos a otros”. Eran habladurías; nosotros no habíamos recibido ninguna orden formal de la cúpula hasta… hace una semana.

Han sido unos días de locura, pero ya lo hemos hecho.

No nos ha costado nada identificar a los Hacedores de Dificultad. Los más leves han sido liberados, pero los de niveles profundos han sido interceptados. Todos.

Para detectarlos, solo hemos entablado un diálogo y hemos introducido una propuesta fácil a consensuar. Cuando el sujeto complicaba el argumento y daba vueltas en círculo hasta la complicación máxima, lo enviábamos a la unidad de transporte.

Ahora están todos en una isla de difícil acceso y con una geografía también muy difícil. Es difícil cazar y difícil pescar. Los árboles son tan altos que es muy difícil llegar a sus frutos. La tierra es árida y difícil de cultivar. El clima, caprichoso, no da tregua y dificulta la vida en general… Los Hacedores de Dificultad intentan constituir una República Independiente y Democrática en la que todos puedan decidir sobre las normas que regularán su convivencia en la isla, pero, de momento, no han llegado a un acuerdo. Todo son dificultades.

A día de hoy, están juntos e incomunicados.
Aislados.
Y el mundo parece mejor y… más fácil.


Solitarium Malvis.

Una que se pasea con su cámara, rastreando la foto… Las flores dan para mucho. Son muestras de arquitectura natural y de pantones espontáneos. Mucha belleza disponible y una tentación.

Lo que ocurre es que me gusta saber el nombre de mis modelos. Ya que se prestan tan generosamente a la foto despiadada, me parece una cuestión de respeto saber cómo se llaman.

Esta flor captó mi atención por su soledad. Por la sensación casi zen que transmite, ahí sola, coronando con mil flores la cima de ese tallo que parece que no las va a poder sostener.

La cuestión es que no sabía su nombre, la bauticé como la Solitaria. Para darle más empaque, podríamos denominarla Solitarium Malvis.

Comento lo de la Solitarium a alguien que sabe de flores y mira mi foto y me dice que es muy, muy similar al…ajo.

Curioso final para esta serie romántica de fotos. Todo parece apuntar a que esto es un “ajo ornamental” (allium). Sí, señor: una planta de ajo que no se come. Adorna.


Lo siento, pero más que ajo silvestre, la quiero recordar como Solitarium Malvis

Por lo del romanticismo.

Por lo menos, cincuenta estrellas…

He visto un cielo muy estrellado. Por lo menos para lo que estoy acostumbrada. En mi ambiente urbano, si miro al cielo, debo ver como mucho veinte estrellas y si me esfuerzo mucho. Estos días, por lo menos había cincuenta …

Se estima que en nuestra galaxia, la Vía Láctea, existen más de 200 mil millones de estrellas. Imagínatelo , como puedas, porque es una cifra enorme.

Sin embargo, desde la Tierra, a simple vista y en condiciones óptimas, solo podemos observar unas 6.000 de ellas, con suerte y según donde vivas.Incluso con los telescopios más potentes, apenas rozamos la superficie de ese inmensidad.

Y las hay muy grandes, más de lo que puedas imaginar. Si lo has intentado antes con 200 mil millones de estrellas, aquí otro dato.

En nuestra insignificancia, creemos que el Sol es el astro rey…
Porque brilla, porque nos da vida, porque lo vemos cada día.
Hasta que, un día, te topas con una estrella como VY Canis Majoris.

Una hipergigante roja, situada a unos 3.900 años luz de aquí.
No está en ninguna foto de familia. No cabe en ningún mapa escolar.


Tiene un diámetro unas 1.420 veces mayor que el del Sol.
Si la Tierra fuera una bolita de 6 cm, ella mediría casi 13 kilómetros.

Para darle una vuelta volando a velocidad de crucero,
un avión necesitaría más de 800 años.

Y entonces entiendes.
Que el Sol no es el rey.
Que lo que creemos enorme solo es cuestión de escala.
Que mirar al cielo también es una forma de poner los pies en la tierra.

Día Internacional de la luz.


Hoy, 16 de mayo, es, según la UNESCO, el Día Internacional de la Luz.


Un día fantástico para recordar el apagón que vivimos recientemente en todo el país.

Nos pilló en el coche y con la radio puesta, así que estuvimos informados desde el primer momento, escuchando a científicos y expertos serios que nos transmitieron confianza.

Serían unas horas, paciencia… pero la luz volvería.

Ya en casa, localizamos la vieja radio a pilas y sacamos las linternas para tenerlas a mano al anochecer. Las luces solares del exterior nos vinieron fenomenal…


Durante el día, sin mayores problemas, la espera se hizo más llevadera de lo previsto. Los libros de papel fueron buenos compañeros, la radio redescubierta y los niños del vecino jugaban con la pelota…Pero al llegar la noche, con la oscuridad total en las calles, se evidenció la importancia de la luz.

Me hizo pensar en ese momento histórico de la humanidad, cuando el hombre descubrió el fuego.


Viviremos, casi en directo, los grandes hitos que se acercan: desde la curación de enfermedades hoy incurables hasta la exploración de otros planetas pero ese momento, el de la primera chispa, solo podemos recrearlo.

Imagino una noche cerrada, sin luna. Oscuridad profunda, no como la de las calles el día del apagón, sino más negra e intensa.
Un grupo de homínidos, probablemente Homo erectus, se refugia en la entrada de una cueva. De repente, un rayo cae sobre un árbol seco y lo incendia.

Lo que ven es luz pura. Un fulgor que rasga la noche y convierte lo invisible en visible.


Supongo que el primer sentimiento fue el terror ante lo desconocido, pero después, la fascinación absoluta.

Con el fuego, llega la luz en la noche…

Estoy pensando en escribir este post, cuando en casa vuelve la luz.


Y, como buen Homo sapiens, me pongo a bailar con los brazos alzados y una linterna girando en círculos sobre mi cabeza, como si invocara al sol, celebrando el regreso de la luz con una danza primitiva.


I love postales.

¿Recordáis las viejas postales? Fijaos que digo viejas, aunque sería más apropiado decir esas postales en desuso, pero no puedo evitar pensar que ya son de otro tiempo, de otra forma de vivir.

El otro día vi a unas turistas , comprando postales . Ya me pareció raro verlas curioseando, emocionadas con lo que había en el expositor rotatorio: postales. Tras elegir unas cuantas, preguntaron dónde podían comprar sellos…

O sea: iban a escribir una postal y enviarla por correo.

Recuerdo aquellos viajes en los que uno se afanaba en la elección y en el texto. Aquella sensación triunfal de poder decir “Yo he estado aquí y me lo estoy pasando muy bien” (no existen muchas en las que se escriba lo contrario), y esas jugadas de Correos que permitían que tú llegaras mucho antes que la postal a su destino.

También me llega esa alegría al recibir las de los otros. Primero mirabas el remitente y te leías aquellas líneas. Después, le dabas la vuelta y admirabas esas imágenes de Florencia o de alguna playa caribeña.


Ahora te comunicas de otra forma. Haces una foto con tu iPhone y la envías por WhatsApp. Publicas en Instagram, Facebook o X, o actualizas tu blog, casi haciendo una crónica en directo del viaje. Todo es más fácil, más rápido.

La tecnología nos ha permitido entrar más en el detalle e, incluso, ampliar la lista de destinatarios. Pero en el camino, hemos perdido el ritual. Algo había que sacrificar…


Dejadme que lo idealice: pasas un buen rato eligiendo las imágenes que describen el paraíso en el que estás (en las postales, todo es muy bonito). Compras los sellos y te vas a un pequeño bar en la playa. Allí distribuyes las postales y escribes. Piensas lo que vas a poner y lo haces con cuidado, sin equivocarte. Cada una tiene un mensaje diferente, y es posible que en alguna incluyas un dibujito.

Piensas en las personas a las que se las vas a enviar y les dedicas tu tiempo y tu cariño.

Una vez las tienes preparadas, pones los sellos (si puedes, pedirás un vasito de agua para humedecerlos; sabemos que si los chupas, te queda un sabor desagradable en la lengua) y los vas colocando, sabiendo que harán su trabajo y las transportarán por esos mundos postales hasta llegar al lugar indicado.

Y sabes que quien la reciba detectará tu afecto en el momento en que vea esa firma enrevesada y ese:

“Nos lo estamos pasando muy bien. Esto es precioso”.


El ritual ha pasado a ser a golpe de clic y teclado táctil. Es lo que toca en este tiempo digital aunque, como pude ver el otro día, la postal se niega a desaparecer.

Decido que, en mi próximo viaje, reivindicaré la postal manuscrita. Ya verás qué sorpresa se llevan algunos.


✉️ ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que escribiste una postal?



Hoy es su día.

Hoy es el Día Mundial de los Calcetines Perdidos.


Sí, ese drama doméstico universal que nadie pidió y que todos padecemos: un calcetín desaparece misteriosamente y su pareja queda sola, inútil, condenada al exilio textil.
Durante un tiempo, el cajón de los calcetines en mi casa fue un ejemplo de orden y armonía. Hasta hace un mes.
En solo cuatro semanas he acumulado cinco calcetines huérfanos. Ahí están, tristes, arrugados, sin propósito, esperando en la cesta de mimbre como si fuera una sala de espera del más allá. Sueñan con que su gemelo aparezca milagrosamente del bombo de la lavadora, detrás del cesto de la ropa sucia o, quién sabe, de Narnia.
Hoy es su día.
Mañana… se van. Que ya bastante drama tengo con los tuppers sin tapa.

Desaboría.

¡Que esto me haya pasado a mí, la persona más sosa del mundo, tiene su gracia! Mi ex suegra me llamaba «la desaborida», aunque ella lo pronunciaba «desaboría» y, para remarcar mi falta de gracejo, terminaba la palabra con una palmadita que a mí me sonaba a bofetón en todos los morros. Solo le faltaba el «olé».

Yo me habría definido como reservada o discreta pero —ya veis que lo escribo en pasado— ahora soy la alegría de la huerta, lo juro. De ser la que no hablaba en las fiestas o reuniones familiares, pasé a animar todos los saraos a los que asistía. Poseo un afinado sentido del humor que me permite decir lo ideal en cada ocasión y, además, lo hago con salero…

Antes era muy supersticiosa. Aún hoy no entiendo por qué, pero era de esas personas que, si se les cruzaba un gato negro, vivían atemorizadas esperando la mala fortuna. Jamás pasaba por debajo de una escalera, temía romper un espejo y… la sal. La sal me obsesionaba.

Nunca entregaba un salero directamente: lo dejaba sobre la mesa, cerca de quien lo necesitara, por aquello de la mala suerte. Si se derramaba un poco, me entraban taquicardias pensando en los infortunios que iban a caernos encima e, inmediatamente, lanzaba un puñado por mi hombro izquierdo. Estuviera donde estuviera y con quien estuviera.

Un día se me rompió el salero. No hay que pisar nunca la sal derramada, así que la recogí rápidamente y, presa del pánico, salí a la calle en busca de un reemplazo. Era de noche y todo estaba cerrado. Recorrí las calles del barrio pensando que, en cualquier momento, me caería una maceta en la cabeza o un meteorito, cuando vi una luz: un bazar con el rótulo «24 h».

Entré como una exhalación y pregunté a la chica del mostrador dónde estaba la sección de menaje. Me lancé por un pasillo estrecho lleno de cachivaches. Al divisar la zona de tuppers me sentí aliviada. Frené en seco buscando los saleros cuando, detrás de la estantería, apareció un anciano chino mandarín.

Lucía una fina trenza de pelo cano y el típico gorrito de Fu Manchú. Su mano arrugada, tendida hacia mí, sostenía un precioso salero. Me dijo que era de los años cincuenta, un salero muy especial. Lo tomé, extrañada, mientras el hombre repetía: «sal, cabeza; sal, cabeza». Como lo necesitaba urgentemente, me dirigí a la caja.

La dependienta lo examinó: —No es nuestro.
Le respondí que me lo había dado el señor de la trenza, pero ella insistió en que estaba sola. Parecía enfadada. Me hizo un gesto de despedida y me vi en la calle con un salero gratis.

De vuelta a casa, ya más tranquila, comprobé que no quedaban restos de sal en el suelo y lo rellené. Era muy bonito. Lo estaba mirando cuando levanté la mano automáticamente y me eché sal sobre la cabeza.

Una felicidad radiante inundó todo mi ser. La noche me pareció la más preciosa del mundo. Tenía ganas de bailar y de reír, de salir a la calle, pasear y dejar que la brisa acariciara mi rostro…

Mi estado de euforia duró varios días. Mis íntimos intentaban hacerme entrar en razón y volver a la senda de la normalidad, excepto mi amiga Puri, que me hizo pensar en el chino mandarín, en el salero y en aquello que me dijo: «sal, cabeza; sal, cabeza…». Así que probamos el experimento: Puri, el salero y yo. Nos tiramos sal sobre la cabeza y…

¡Alegría, alegría, alegría!

Nos atrevimos a probarlo con todo el que se dejaba y, sin quererlo, empecé a recibir visitas multitudinarias de gente que quería que los «saleara». Inevitablemente, se me iba acabando la sal. Había pensado que el fenómeno podía estar en la sal y no en el salero, pero eran solo conjeturas.

El viejo Fu Manchú había desaparecido. La dependienta juraba que nunca había visto al chino mandarín, y yo solo sabía que mi salero —o mi sal— quitaba las penas y llenaba de alegría. Reservé las últimas raciones para uso personal y llegó el día en que tuve que volver a rellenarlo.

¿Os podéis creer que funcionó igual de bien? Era el salero.

Es un gran tesoro que poseo y que me obliga a llevar una vida extraña aunque dichosa. Estoy encerrada en casa. No en plan prisión —no os vayáis a pensar—, sino en plan paraíso controlado: mi casa tiene mucha luz y habitaciones espaciosas. Es un lugar precioso, pero se ha corrido la voz y ya han intentado robarme el salero varias veces. Ahora lo guardo en una vitrina con cristales de máxima seguridad que se abren con una contraseña que solo conozco yo.

Y paso el día a su lado, vigilándolo. Eso sí, con alegría.
Una de las cosas que más hago es conectarme a la red y leer los posts que me gustan. Pero ahora necesito que alguien publique mi historia porque esto se está complicando. He decidido hacerlo aquí, en El Blog Imperfecto.

He descubierto que el salero solo funciona cuando lo utilizo yo. Fui yo quien se encontró al chino mandarín y fue a mí a quien dio el salero, así que, ahora que ya es público, sé que me quieren a mí y al salero: las dos cosas.

No sé cuánto tardarán en burlar los sistemas de seguridad, pero me temo que ya están cerca, muy cerca.

Son muchos los que me persiguen: unos buscan la gallina de los huevos de oro; otros quieren evitar que la gente esté contenta; y también están los que no soportan que los desaboríos seamos tan salaos.

Demasiados enemigos…

En caso de que el salero y yo desaparezcamos de la faz de la Tierra, me gustaría que nadie olvidara ni mi historia ni mi salero. Buscadlo. Buscad al chino mandarín.

Que nada pueda con la alegría.

No es elástica.


En física e ingeniería, el término elasticidad designa la propiedad mecánica de ciertos materiales de sufrir deformaciones reversibles cuando se encuentran sujetos a la acción de fuerzas exteriores, y de recuperar su forma original una vez que estas fuerzas desaparecen.

Preferiría que fuera elástica.

Que los tirones no la deformaran. Ni las roturas. Ni los arañazos…

Y que no cambiara por los golpes.

Y que no se encogiera de sufrimiento.

Aunque es esa característica de ser moldeada lo que la hace tan bella.

Si fuera elástica, volvería a su forma original una vez pasada la virulencia del sufrimiento o el éxtasis de la felicidad. Seguiría igual de… ¿redonda?, ¿cuadrada?, ¿triangular?, ¿con forma de estrella?, ¿tipo humo incandescente?…

Y es que no sé qué forma tiene, pero sí sé que el alma no es elástica.