A veces, las palabras parecen esquivas, y la mente se queda en silencio, incapaz de encontrar la chispa creativa necesaria para escribir un post. La pantalla en blanco se convierte en un desafío abrumador. La falta de ideas se cierne como una nube gris, frustrando nuestros intentos de plasmar pensamientos en papel.
Pero en esos momentos de bloqueo, debemos recordar que la inspiración puede surgir de las situaciones más inesperadas. Observar el mundo, sumergirse en diferentes experiencias y permitirse el tiempo para reflexionar, son puertas que pueden abrirse a nuevas ideas. La clave está en perseverar y confiar en que la musa volverá a encontrar su camino hacia nosotros.
En este momento, empiezo a escribir yo, en plan humano, tecleando, porque el texto que acabáis de leer , lo ha generado ChapGPT y la imagen, DreamStudio. Lo que aparece en este momento en mi mente imperfecta es la palabra «acojonante» que según la Inteligencia Artificial es : «Decimos «acojonante» para expresar asombro o admiración ante algo impactante o sorprendente. Aunque su origen es relacionado con el miedo, en el uso coloquial adquiere un tono informal y enfático. Es una forma de resaltar algo extraordinario o impresionante, superando las expectativas.» También me advierte que tenga cuidadín con la palabra : «Es importante mencionar que se trata de una expresión informal y puede ser considerada vulgar en ciertos contextos o por algunas personas. Por ello, es recomendable utilizarla con precaución y tener en cuenta el tono y el público al que nos dirigimos al emplear esta palabra en una conversación o en un texto.»
Yo lo utilizo en sus dos sentidos : asombro y miedo.
Esta última imagen también es humana : hay una foto base que hice de un marco que pinté de negro pizarra . Le he dado el efecto, la he convertido en B/N y le he puesto el texto. Un generador de imágenes por IA , esto lo hace en segundos. Pues eso…
Palabra de nueva creación : la fotonomatopeya. O sea, foto y onomatopeya.
Me la invento mientras oigo el suave tic-tac del reloj y el plic, plic de la lluvia en la ventana…
A cada foto , su onomatopeya.
Según la Real Academia Española de La Lengua, la onomatopeya es la imitación o recreación del sonido de algo en el vocablo que se forma para significarlo o vocablo que imita o recrea el sonido de la cosa o la acción nombrada.
Ejemplos típicos de onomatopeyas son «bum», «pam», «bing»,«clic»,«clá» o «crac».
El idioma japonés es posiblemente la lengua más rica en onomatopeyas ( son los «giseigo»), ya que éstas se encuentran incorporadas en el habla cotidiana y son utilizadas tanto para describir sonidos como figuras o para enriquecer acciones. Un ejemplo : hay diecisiete onomatopeyas para describir el acto de caminar, permitiendo discernir entre pequeños pasos de bebé, un paso acelerado o un caminar arrastrando los pies.
NB 2 :Los «giseigo»(擬声語)son onomatopeyas, esto es, palabras que imitan voces, ruidos y, en definitiva, todo tipo de sonidos que, como tales, sólo son susceptibles de ser captados a través del sentido del oído. Listado de Giseigo japonés (Autor : Paco Barberán).
La semana pasada, la NASA hablando “oficialmente” de ovnis. Muy prudente, eso sí: son objetos voladores no identificados, pero no podemos afirmar que sean extraterrestres.
Siendo nuestro pequeño planeta, un micro-nano-puntito de nada, en una inmensidad inabarcable mentalmente para el ser humano como es el universo, la respuesta más sencilla es que, por supuesto, hay vida más allá de nuestras lindes. Otra cosa es que la detectemos, que nos detecten y que, si se da el caso, nos comuniquemos. Hay opciones: a) vienen y al ver el panorama, se van; b) les cuesta mucho llegar aquí. Son como nosotros, que vamos a la Luna y a Marte en unos añitos y para de contar; c) no les interesa ni venir …
Después de ver The Mandalorian, me enamoré de la voz de Pedro Pascal y , por supuesto, de Din Grogu (Baby Yoda o “El Niño”) que por cierto en la tercera temporada de la serie tiene 52 años…
El otro día, en una zona de artículos rebajados encontré este muñeco, sin caja y según el chico que me atendió, estaba estropeado. Me lo llevé a casa. Para mi sorpresa, sí que funciona: hace ruditos, se duerme e invoca “la fuerza”. Una monada.
No entiendo como algo tan feo me puede gustar tanto y no estoy sola, es un fenómeno colectivo: os aseguro que ya tiene pretendientes que lo quieren a toda costa.
De momento, lo tengo yo.
Está esperando a sus compañeros, porque si vienen extraterrestres, oye que sean tipo Grogu…
«Cuida mucho del pequeño.» «O tal vez, él cuide de ti.»
El mundo se pelea y mientras lo hace, sigue saliendo la luna cada noche. Y mañana, de nuevo, el sol. Y la vida seguirá, inamovible, en su ciclo perfecto.
Por mucho que la humanidad se vaya complicando la existencia, sin saber que lo importante no es lo que creemos importante, los pájaros nocturnos de junio seguirán con su melodioso jolgorio, las mariposas aparecerán con la luz, el lagarto aprovechará el sol y las flores estarán preciosas, dándolo todo a las escasas abejas que aparecerán por allí.
Vemos un árbol lleno de mariquitas. ¡Qué monas! ¿no? Voy a hacer unas fotos. Hay mucho sol directo y me deslumbra. Cuando me acerco, cientos de mariquitas vuelan y se dispersan asustadas. Miro hacia arriba: el árbol está lleno. Hay muchísimas. Una colonia de mariquitas.
¡Qué monas! ¿no?
En mi mente, tengo almacenada la información de que son insectos muy beneficiosos. Incluso, se utilizan como eliminadores naturales de plagas en árboles frutales, ya que se comen el pulgón. Y se ve que son muy voraces con lo que limpian los árboles de posibles intrusos. No hay que tocar las mariquitas… Pienso en el árbol que tengo delante : estará encantado de la vida… Me aparto del sol para ver la pantalla de la cámara. Me cuesta enfocar bien, hay un exceso de luz. Reviso las pocas fotos que he hecho y hago un zoom. Veo que las hojas están mordidas. Vorazmente. Muchas de ellas, casi desaparecidas.
Presto atención a las mariquitas. Hay muchas de ellas. La gran mayoría en plena fiesta sexual. Las otras, comiendo hojas. Muchas, muchas. ¿Qué monas? No sé, no son como mi mente urbanita las recuerda.
Y, parecen más alargaditas. ¿Son mariquitas?
Entonces, en San Google, encuentro la respuesta.
Los dos son insectos coleópteros. Queda más bonito escribir “coleóptero” pero los dos son variedades de escarabajo.
La otra es la Lachnaia, la alargadita. A la que le he hecho las fotos.Se denomina escarabajo de las hojas o falsa mariquita. Es una especie fitófaga: se alimenta de tejidos vegetales y se va a comer ese árbol…
Así que tenedlo en cuenta. No hay que equivocarse. Las dos son escarabajos, pero uno se come a los bichos y el otro se da un festín de hojas.
Nota : La urbanita avisó al propietario del árbol y ya lo están tratando… ; – )
“Tomar un café” es uno de esos ritos encantadores que nos hace más sociables, más amigos y, claro, en un primer impulso me vas a decir que sí. Quedaremos en mi casa, te haré pasar a mi salón y te dejaré sentado en mi nuevo sofá color chocolate.
Un poco de música suave enriqueciendo la atmósfera, te hará sentirte cómodo. Tendrás ganas de hablar de la vida, de lo transcendental o, simplemente, de lo que es superfluo, pero nos hace reír.
Mientras comentamos la jugada, me oirás trastear por la cocina. Sacaré mi vieja cafetera de puchero de uno de los armarios y, tú, sorprendido, me preguntarás por mi máquina de espresso de diseño. Sí, la de las capsulitas. Yo te responderé que he vuelto a mis orígenes y que te estoy preparando el mejor café del mundo en la vieja cafetera de mi abuela. Te distraeré, describiéndote los orígenes que he elegido para esta mezcla de granos: un poco de Kenia, Brasil y un toque napolitano…
A los pocos minutos de encender el fuego, empezarás a sentir la fragancia sutil del café que se hará más insistente, más poderosa. Ya estarás absolutamente relajado y dispuesto a que nos conectemos con este ritual del tomar el café… Entonces, la cafetera alcanzará su punto místico, al borde de la ebullición y se pondrá a cantar La Traviata. Sí, no lo has leído mal: La Traviata de Verdi.
Serán unos compases que tú no oirás…
Lo descubrí el día ese tan famoso en el que se fue la luz. La avería general afectaba a mi calle y la voz automática del Servicio de Atención al Cliente, me informó que tenía para cinco horas sin suministro. Esperaba visita así que empecé a pensar como iluminarnos…
Busqué la linterna y no encontré la linterna. Tampoco di con las velas de emergencia que todos, todos, tenemos en casa así que recurrí al precioso velón de vainilla que me regalaron para mi cumpleaños que me había resistido a encender para no perder la delicada forma cubista en la que estaba esculpido.
La cocina se iluminó tenuemente con la suave luz de la llama y un aroma dulzón de vainilla se esparció por la cocina. Me apeteció un café. Un rico espresso, de esos aromáticos y cremosos. Un Blue Mountain sería una buena elección, pero miré mi preciosa máquina de café, de diseño, con sus capsulitas y totalmente muerta y borré de mi mente la idea del café. Pero la idea se imponía en mi cabeza: café, café, café….
Desde pequeña, he vivido el” tomar café” como un rito sagrado. Íbamos a un tostadero, dónde mi padre elegía según los orígenes. Lo compraba en grano, ya que consideraba imprescindible molerlo instantes antes de ponerlo en su cafetera. Este grato recuerdo que casi huelo, me hizo recordar que tenía la vieja cafetera de mi abuela en el fondo de un armario y ¡Funcionaba con mi cocina de gas natural! No necesitaba la dichosa luz. La lavé y la llené de agua. ¿Y el café? Miré las cápsulas, miré la cafetera. Me dediqué a rasgarlas e ir llenando el viejo cacillo con el café de George.
Mientras la cafetera iniciaba la ebullición, cogí mi móvil, que milagrosamente estaba cargado, y llamé a mi cita. Tenía mis esperanzas puestas en que, por fin, había encontrado a alguien interesante y con posibilidades de un futuro común. Me saltó el buzón de voz, al mismo tiempo que la cafetera empezaba a cantar La Traviata. Yo también salté. Primero estaba asustada y después, más tranquila al ver que el viejo cacharro lo único que hacía era tatarear el Brindisi. Me acerqué y con todo el valor que pude reunir, abrí la tapa. El café, caliente y especiado, aparentaba una normalidad absoluta.
Entonces, mi teléfono empezó a sonar. Era él. Para entonces, la cafetera ya se había callado y mi imaginación volvió a encarrilarse hacia la normalidad.
– ¿Cuándo vendrás? Se ha ido la luz, pero se me ocurren cosas maravillosas que podemos hacer totalmente a oscuras.
-. Dentro de un ratito. Tengo mucho trabajo– me respondió él.
La cafetera silbó el inicio del Brindisi.
No le di importancia.
– ¿Me echas de menos?
– Sí, muchísimo–.
Y fue acabar la frase y la cafetera, ya absolutamente lanzada, subió el volumen.
La Traviata en su máximo apogeo. Parecía que había una orquesta sinfónica en mi cocina…que sólo oía yo. Fue colgar el teléfono y la cafetera, enmudeció. Me serví un café y vertí el resto en una jarrita de porcelana. Revisé el interior del viejo pote, buscando el ingenioso mecanismo que hacía que sonora la música. Nunca he sido muy de máquinas, así que tampoco me sorprendió no encontrar nada.
El hombre con el que hablé duró dos meses en mi vida. Me abandonó y me partió el corazón. La cafetera tuvo algo que ver, evidentemente. No pude volver a guardar la reliquia de la abuela y, poco a poco, recuperé la vieja tradición familiar del rito del café. Dejé de hacer colas para que me vendieran las capsulitas cómo si fuera caviar y localicé pequeños tostaderos artesanos donde podía experimentar con diferentes blends ysiempre que nos apetecía un café lo hacíamos en el viejo puchero.
Y el viejo puchero me cantó tantas veces La Traviata que tuve que admitir que había una relación causa-efecto. Si mientras se hacía el café, si yo le hacía una pregunta a quien estuviera conmigo, El Brindisime decía si la respuesta era verdadera o falsa. Si me estaba mintiendo, yo oíaLa Traviata.
Ya llevo bastantes relaciones finiquitadas por mi cafetera-polígrafo.
Ahora entiendo porque mi padre la escondió durante todos estos años en el garaje, en una caja de cartón. Es un chivato de la mentira. De todas las mentiras: las transcendentales y las superficiales y eso es peligroso. Es más fácil vivir ignorando la verdad, creedme.
Yo soy adicta a esa cafetera. Puede ser que también sea adicta a la verdad, pero no siempre toda la verdad es importante. Sí, si lo que quieres saber es si te quieren, pero no si la pregunta es si te queda mejor ese nuevo corte de pelo. No puedo evitar someter a todos mis amantes a la prueba de La Traviata. Ni a mis amigos. Ni a la familia. Podría dejar que las cosas fluyeran naturalmente y volver a conectar mi máquina de café espresso en cápsulas, pero no puedo. La cafetera de la abuela me supera…
Si vienes, te invitaré a catar un increíble blend de un torrefactor artesano. Te encantará. Me lo envían desde Roma. Esperaré que el aroma te llegue al cerebro y te preguntaré…
Libiamo, libiamo ne’lieti calici che la belleza infiora. E la fuggevol ora s’inebrii a voluttà. Libiamo ne’dolci fremiti che suscita l’amore, poichè quell’ochio al core Omnipotente va.
Hace ya semanas que no tengo mi cámara conmigo. La olvidé en uno de los lugares donde más fotografías me gusta hacer, así que sabía que volvería y la recuperaría, pero, aun así, la he echado muchas veces de menos. El teléfono hace unas fotos muy chulas, pero la experiencia con la cámara es distinta y en mi universo personal, no la sustituye.
Así que me he reencontrado con ella, en un universo de flores y colores.
Lo de la IA está siendo asombroso. No sé si mi asombro se debe enmarcar en positivo o en negativo ya que, siendo muy fan de los avances tecnológicos y de la ciencia (lo positivo), no lo soy tanto del uso que puede hacer el ser humano de estas nuevas herramientas (lo negativo).
He probado a generar fotos con una de las múltiples plataformas de IA y, la verdad, el resultado ha sido sorprendente, pero, el proceso ha sido diferente: frio y aséptico.
En cambio, estas fotos de la luna llena de este principio de mayo que ilustran este post tienen toque humano.
El ratito que ha llevado montar el trípode que está viejo y cojea de alguna de sus patas y precisa de un ajuste manual que tiene su truco. Una vez preparado, se ha situado en el mejor lugar para captar la luna. Irradiaba tanta luz que parecía que estaba amaneciendo. Los pájaros cantaban, locos, como si fuera de día. Es primavera y su actividad nocturna es frenética. La foto no ha podido captar el canto que ha acompañado cada disparo de la cámara. Ni esa luz que convierte la noche en día.
La IA no sé, pero la fotógrafa de esta luna ha tenido una experiencia fantástica: una temperatura agradable, un paisaje precioso que puede ver, la naturaleza y sus melodías y una luna preciosa.