El olfato es un sentido que va directo al sistema límbico, sin pedir permiso. Un olor puede llevarte, en un instante, a un recuerdo, una sensación o incluso a una expectativa.
Tu nariz detecta un aroma y lanza una alerta por la autopista emocional del cerebro. Pasa con el petricor, ese perfume de tierra mojada después de la lluvia… y pasa también con la brasa.
Paseando por mi calle, me llega el inconfundible olor a leña, a fuego, a humo limpio. Y al segundo se enciende una sensación placentera. Hay una explicación biológica, química y antropológica detrás.
Por un lado, el cuerpo se adelanta: salivas, el estómago se prepara. Viene comida.
Por otro, se despierta el modo prehistórico premium. El fuego controlado fue uno de nuestros grandes inventos: durante milenios significó calor, seguridad, reunión y alimento más digerible. En resumen: tribu.
Y sí, la culpa de todo la tiene el siringol. Cuando la leña se calienta, la madera no “se quema” sin más: se descompone. La lignina —el “esqueleto” aromático del árbol— se rompe y libera fenoles volátiles. Entre ellos, el siringol (con su colega el guayacol), moléculas pequeñas, rápidas y tremendamente reconocibles: huelen a tostado, a hogar.
Y después, ya no te digo cuando aparecen los calçots, las butifarras y la carne… el siringol se viene arriba y entra en modo festivo.
Hoy, 20 de febrero, se celebra el Día Mundial de los Camarógrafos y los Fotógrafos.
Feliz día a todas las personas que se dedican a ello de forma profesional, a quienes lo practican por hobby, a los maestros y a los genios… pero, sobre todo, a quienes, con una cámara al hombro, se adentran en conflictos armados, zonas devastadas y revueltas sociales. Con sus fotos y vídeos —a menudo exponiendo su integridad física— nos informan, construyen memoria visual y nos ayudan a comprender una realidad que, en estos tiempos, resulta cada vez más difícil de descifrar.
Hoy, su transmisión de lo que sucede, sin tapujos ni filtros, vale más que nunca. Porque en 2026 las imágenes pueden recrearse, modificarse, manipularse o falsearse con una facilidad y un realismo inéditos gracias a la IA, hasta el punto de confundirnos.
Por eso, la mirada humana detrás de una cámara es, muchas veces, la única garantía de que lo que vemos ocurrió de verdad. No son robots ni algoritmos. Están allí. Y nos lo muestran.
Ruinas de Guernica tras el bombardeo (26 abril 1937)
Foto : Bundesarchiv, Bild 183-H25224 / o. Ang., “Guernica, Ruinen” (1937). CC BY-SA 3.0 DE (vía Wikimedia Commons).
Estos días hemos tenido episodios de viento intenso en la zona donde vivo. Ha sido impresionante ver los árboles moverse en un zigzag violento y continuo. Palmeras centenarias —o casi—, pinos de troncos muy gruesos y copas frondosas… Todos, meciéndose a su pesar. Esa virulencia impone respeto y, también, temor ante las fuerzas extremas de la naturaleza.
Un viento entre 14 y 28 km/h suele ser beneficioso: transporta el polen, limpia el aire, refresca el ambiente y aligera la respiración. Pero los golpes por encima de los 80 km/h han arrancado plantas y árboles, han volcado macetas, han hecho trizas toldos y han inclinado semáforos. No se podía salir a caminar: cualquier elemento colgante o en suspensión se convertía en amenaza.
Y me ha hecho pensar en la radicalidad. En la polarización. En los extremos hacia los que, como sociedad, nos empujamos —o nos empujan— con una facilidad inquietante. Ninguno es bueno; al contrario, todos dañan.
El viento moderado, en forma de brisa, es una maravilla: mueve sin romper, limpia sin arrasar. Su versión más radical, en cambio, es destructiva. Sacude estructuras, desordena la vida y puede hacernos daño.
Y da miedo preguntarse hacia dónde nos empuja el viento…
En serio. Ayúdanos a humanizar este mundo del revés. Métete en redes, viralízate y haz que la gente piense , entre meme y meme, antes de opinar. Pon la empatía en trending topic, deja en evidencia la estupidez y conviértete en la voz del momento, con tu ironía y tu dulzura, sin necesidad de insultar.
Matilda sale poco de casa. Hasta hace poco, aprovechaba la bendita prejubilación para salir a comprar y, de paso, pasear tranquila. Tenía una libretita en la cocina y un bolígrafo de cuatro colores en el que iba apuntando lo que le faltaba.
Si eran cosas de volumen o peso, las pedía online. Pero los frescos y las pequeñas cosas le gustaba ir a comprarlas ella. Se le rompía una cremallera o quería unas medias que no le interrumpieran la circulación por debajo de la rodilla: lo apuntaba para pasar por la mercería. Un tope para la puerta o un cuelgafácil para colgar unas fotos que había enmarcado: pasaba por la ferretería.
Esos eran los temas “puntuales”. Pero había también unos “fijos”: diarios, semanales e incluso mensuales. El pan, la prensa, un ramo de flores…
A Matilda la conocían en todos aquellos comercios y siempre intercambiaba unas palabras con el panadero, la frutera, la joven del quiosco y la florista. Cuando volvía a casa, además, se había dado un agradable paseo.
Ahora Matilda ya no frecuenta mucho la ferretería ni la mercería. Se ha acostumbrado a pedir la pieza de la cremallera, el tope de la puerta, el pan, la comida e incluso las flores por Repartón. Está hipnotizada por su inmediatez: quiere una cosa y la tiene ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. También por su eficiencia: tiene cosas a su disposición que le cuesta encontrar en el barrio, como aquellos rotuladores metálicos permanentes para decorar un jarrón. Y si se equivoca, se lo recogen y se lo devuelven rápido.
Su vida transcurre pendiente del timbre de la puerta, a la espera del paquete de ese día, consultando el mapa del repartidor para ver a cuántas paradas está de su casa. Tiene el mundo en sus manos, a un solo clic de distancia.
La familia y los amigos están preocupados por ella. Sospechan que puede padecer un SR agudo, pero no saben cómo abordar el tema. Han mirado en el catálogo de Repartón si hay algún libro con técnicas terapéuticas para poder ayudarla.
Mientras tanto, la floristería ha puesto el cartel de “Se traspasa” y el panadero se ha jubilado. Ahora el espacio lo ocupa una tienda de fundas de móviles que, por cierto, se pueden encontrar más baratas en la plataforma.
Síndrome Repartón (SR)
Definición (no reconocida por la OMS, pero por tu timbre sí): trastorno leve por el cual una persona deja de “ir a por cosas” y pasa a “recibir cosas” en casa. Esta situación desemboca en una parálisis preventiva de las actividades que puedan impedir oír el timbre de la puerta y en la pérdida de las visitas al comercio local, con la consiguiente desaparición de la interacción social trivial (el “¿qué tal?”, el “lo de siempre” y el “hoy hace fresco… o parece que va a llover”)
Y Matilda, sin darse cuenta, cambió el paseo por la espera.
Gimme Shelter -Dame Refugio- (1969): la canción de The Rolling Stones que sigue sonando actual en 2025.
El título y la letra deGimme Shelter, grabada en 1969, nos recuerdan que nuestra evolución —en lo que respecta a la concordia y al entendimiento humano— avanza con una lentitud desesperante. Hace ya56 años, Mick Jagger cantaba “dame refugio” y advertía de que la guerra estaba a solo un disparo de distancia.
Hoy, en2025, seguimos conviviendo con conflictos armados y millones de personas continúan necesitando refugio. No parece que hayamos aprendido demasiado.
Este tema alude a los horrores de laguerra de Vietnamy al clima de amenaza permanente que marcó una época. Aunque nunca fue lanzado como sencillo, con el tiempo se convirtió en uno de los temas favoritos del público en los directos deThe Rolling Stonesdesde sus primeras interpretaciones.
La crítica la considera una de las mejores grabaciones de la banda y, también, una de las grandes canciones de la historia del rock.
Y, aun así,Gimme Shelterno termina mal. Con toda la energía del rock y una letra demoledora, la canción se cierra con una estrofa que deja espacio para la esperanza:
I tell you… Love, sister, It’s just a kiss away…
Necesitamos ir más rápido en lo de la humanidad para que el significado de esta canción quede, por fin, definitivamente desfasado. Porque el amor —como decía Jagger— está a solo un beso de distancia.
NB 1 : En el contexto de la canción Gimme Shelter , shelter no es solo un lugar físico, sino protección frente al caos, la violencia o la guerra.
NB 2 : Gimme Shelterfue clasificada en el puesto nº 38 deLas 500 mejores canciones de todos los tiempos, según la lista publicada en 2004 por la revistaRolling Stone.
Compré este jarrón hace meses. Blanco, simple, y con una frase en francés impecable: “merci pour les fleurs”. Pero no había flores, así que el jarrón se fue directo al armario hasta la ocasión y, siendo honestos, me olvidé de él.
Hasta ayer.
Ayer llegaron flores. Y me acordé del jarrón como si me llamara por su nombre. Lo saqué, puse las flores y lo planté en la mesa . Por fin, todo encajó: el objeto y el momento feliz.
El ramo era tan espléndido que salieron tres arreglos florales. Como solo tenía un jarrón – “el jarrón”- las he puesto en una cubitera cubierta por una cesta de mimbre y una jarra de agua.
El cuadrado va de serio: cuatro lados, cuatro esquinas, todo bajo control. “Así se hacen las cosas”, se repite. Cuadrado. Pero claro… por dentro se le cuelan ideas redondas. Pensamientos prohibidos. Ideas que no cuadran con su rigidez. Al principio son puntitos tímidos, como si estuvieran tanteando el terreno. Luego empiezan a crecer y a multiplicarse.
Se quedan ahí dentro. Son redondas. El cuadrado es un cuadrado y punto ( aunque sea redondo).
En un acto de valentía sin precedentes, este cuadrado ha confesado sus pensamientos prohibidos y resulta que , efectivamente, son ideas redondas.
Ojalá todas los cuadrados las dejaran salir y ocupar su espacio…
En invierno, los plataneros se quedan como esqueletos elegantes: ramas desnudas, cielo limpio y esas bolas cargadas de polen, esperando la primavera.
Estos días se han balanceado con frenesí por el episodio de viento fuerte que hemos tenido en la zona. Mirando su baile, de repente vi algo blanco colgado en lo alto de las ramas.
De lejos era un trapo. Una camiseta. Una sábana pequeña… Y durante unos segundos —qué fácil es esto— pensé: una señal. Una de esas señales tontas y necesarias que una se inventa para esperanzarse.
Me pareció una bandera de la paz. Un deseo. Una señal del futuro… pero hice zoom.
No era tela. Era plástico.
Una bolsa atrapada entre las ramas, una “enseña” blanca que no debería estar ahí.
Lo inquietante no fue la bolsa, sino lo bien que imitaba la paz desde lejos.
La próxima vez que vea algo blanco en lo alto de un árbol, volveré a pensar —por un segundo— que es una bandera de las buenas, la única buena. Y luego no haré zoom.
Solo hay que leer el periódico a diario, ver la televisión o asomarse a los hashtags más populares de X. Si te detienes en las noticias políticas —en territorio nacional o internacional—, ves con bastante claridad que estamos afectados por elDunning-Kruger.
El planeta se ha llenado de seres humanos que padecen elefecto Dunning-Krugery, encima, han copado posiciones políticas. Estamos rodeados.
El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren una sensación de superioridad ilusoria: se consideran más inteligentes que otras personas más preparadas y sobreestiman su competencia real. Este sesgo se explica por una incapacidad metacognitiva para reconocer la propia ineptitud.(Justin Kruger y David Dunning, Universidad de Cornell, 1999).
Y mira: es posible que nos hayan contagiado y que, aunque nos cueste creerlo, vayamos por la vida ajenos a nuestra propia ignorancia. No te digo que no.
Ahora, lo urgente es encontrar el antídoto. Nos va mucho en ello…