El pepino se reivindica. Está harto de las bromitas sobre su morfología. Harto de que digan que repite. Harto de esas personas extrañas que se lo colocan sobre los ojos para disminuir bolsas y arrugas (¿arrugas, él?) y, encima, a rodajitas.
Está harto de todos esos seres humanos que dicen «me importa un pepino», como si un pepino no fuera nada. Es un pepino.
Por eso, muestra su zarcillo: una espiral perfecta y equilibrada. Armoniosa. Preciosa.
Y lo oigo, reivindicándose, porque a él sí le importa.

