Es cosa de los taínos.

Los taínos eran la etnia que poblaba el Caribe cuando Colón llegó allí y creyó que descubría algo, cuando en realidad estaba llegando a un lugar en el que ya vivía gente, con sus costumbres y su forma de vida.

Una de las cosas que hacían era cocinar la carne de sus cacerías sobre una estructura de leños de madera verde, sin aplicar la llama directamente, sino utilizando las brasas para conseguir una textura más jugosa. Lo llamaban baabukan, y de ahí pasó a conocerse como barabicu, hasta llegar al término barbacoa que conocemos actualmente.

Muchas palabras que usamos hoy en español —y que pasaron también al inglés— vienen del taíno: hamaca, canoa, huracán, barbacoa, maíz, yuca, batata, iguana, entre otras.

La llegada de los colonizadores hizo que la población taína prácticamente desapareciera, tristemente. Pero nos quedan sus aportaciones y sus palabras.

Gracias, taínos.

Nota: estudios genéticos recientes muestran que buena parte de la población actual del Caribe —especialmente en Puerto Rico— conserva ascendencia taína, y en las últimas décadas ha crecido un movimiento de revitalización cultural taína que busca recuperar y honrar esta herencia.

La culpa es del siringol.

El olfato es un sentido que va directo al sistema límbico, sin pedir permiso. Un olor puede llevarte, en un instante, a un recuerdo, una sensación o incluso a una expectativa.

Tu nariz detecta un aroma y lanza una alerta por la autopista emocional del cerebro. Pasa con el petricor, ese perfume de tierra mojada después de la lluvia… y pasa también con la brasa.

Paseando por mi calle, me llega el inconfundible olor a leña, a fuego, a humo limpio. Y al segundo se enciende una sensación placentera. Hay una explicación biológica, química y antropológica detrás. 

Por un lado, el cuerpo se adelanta: salivas, el estómago se prepara. Viene comida.

Por otro, se despierta el modo prehistórico premium. El fuego controlado fue uno de nuestros grandes inventos: durante milenios significó calor, seguridad, reunión y alimento más digerible. En resumen: tribu.

Y sí, la culpa de todo la tiene el siringol. Cuando la leña se calienta, la madera no “se quema” sin más: se descompone. La lignina —el “esqueleto” aromático del árbol— se rompe y libera fenoles volátiles. Entre ellos, el siringol (con su colega el guayacol), moléculas pequeñas, rápidas y tremendamente reconocibles: huelen a tostado, a hogar.

Y después, ya no te digo cuando aparecen los calçots, las butifarras y la carne… el siringol se viene arriba y entra en modo festivo.