La piedra

La piedra está harta. Décadas, siglos, milenios viendo cómo la humanidad tropieza con ella una y otra vez.

Tropezamos. Siempre con la misma piedra. Le hemos puesto nombres: ideología, religión, patria, mercado, orgullo, algoritmo. A veces la pintamos de colores y la llamamos bandera.


Podríamos aprender. Podríamos esquivarla. Pero preferimos tropezar con estilo, grabarlo en TikTok y culpar al suelo.

La piedra no se mueve.

Nosotros tampoco.

Ha decidido camuflarse , a ver si hay suerte…

El bosque.

Photo by Evgeni Evgeniev on Unsplash

Desde arriba, el bosque se ve precioso. Copas frondosas, árboles de todos los colores, un cielo azul al que le puedes dar un mordisco… Un espacio, desde el que, ni queriendo, puedes ver lo que hay abajo.

Photo by Casey Horner on Unsplash

Desde esa altitud privilegiada, se toman decisiones y se gestionan los recursos del bosque y de la gente que lo habita.

Photo by Tuce on Unsplash

Y, allí abajo, la gente hace malabarismos para cuidar su bosque.

Y, allí arriba, los árboles no dejan ver el bosque.

Llámalo bosque, llámalo mundo…

Volar.

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Hay momentos en los que deseo volar. Me da igual si es con un par de alas que emerjan de mi espalda de forma indolora o con una capa como la de los súper héroes.

También podría ser, por qué sí : simplemente extendiendo los brazos y estirando el tronco y las piernas.

Hay quien lo consigue, sólo cerrando los ojos…

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La huida, por eso, debe ser por el aire. Surcando cielos azules, atravesando nubes algodonosas o guiándose por el fulgor de las estrellas. Me llevaría música…

Si pudiera volar, emprendería un viaje. Escogería un desierto, blanco, de sal. Uno de los más grandes del mundo.

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En ese desierto, después de haber llovido, la cuenca acogerá una fina capa de agua y por un tiempo, nacerá un lago superficial de aguas cristalinas que reflejará el cielo y parecerá el cielo.

Sera el mayor espejo natural que se divisará desde el espacio.

Y es que esta ruta que uno emprende, requiere de un espejo. Un lugar dónde pararse y mirarse, de verdad.

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Después, el clima árido evaporará el agua y se precipitará la sal que dará lugar a un gran desierto blanco y enorme.

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Estos son viajes que sirven para volver. El camino que se emprende tiene como único objetivo recalar, de nuevo, en el lugar del que vienes, en el que habitas.

Y, vuelves, sin olvidar ese espejo en el que te miraste.

Y sin olvidar lo que viste en él.

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Fotos de Takaki Watanabe

NB : Imágenes del Salar de Uyuni en Bolivia. Es uno de los lugares más evocadores y misteriosos del planeta, el salar más grande del mundo con 12.106 kilómetros cuadrados de extensión. Esta gran concentración de sal está situada al suroeste de Bolivia, se formó por la evaporación de antiguos mares que bañaban el continente americano en épocas remotas. Está conformado por aproximadamente 11 capas de sal, cuyo espesor varía entre los 2 y 10 metros. Adicionalmente este Salar se constituye en una de las mayores reservas de litio del mundo y está situado a una altura de 3700 m.s.n.m.

 

Rama de olivo.

En este cuadro hay una rama de olivo.

El símbolo de la paz y la reconciliación.

La rama es natural y la cambiaré cuando esté seca y haya perdido su tonalidad verde oliva característica.

La iré renovando sin cesar…

Caminando…

Me gusta caminar. No es nada nuevo. De joven, había días en los que no cogía la moto para ir a la facultad y hacía el camino andando. No era mucho, unos tres cuartos de hora, pero resultaba placentero, sobre todo a la vuelta. Si ya había anochecido o casi, veía los pisos iluminados, las diferentes estancias, y fantaseaba con las vidas que se adivinaban allí.

Ahora acostumbro a unificar recados y hacerlos todos andando. Lo he convertido en una rutina. Al principio, llegaba a casa con las bolsas colgadas al hombro, y el camino se volvía penoso al final. Pero evolucioné hasta comprar un carrito de la compra, un artilugio que nunca había tenido en mi vida. Todo un descubrimiento. Es simple, pero muy funcional.

Modelo RADARBULLE de IKEA.

Y me sigue pasando lo del fantaseo. Voy con los cascos, oyendo música, y ahora que es invierno, cuando el sol ya se pone, veo las luces de los pisos. El fulgor azulado de las televisiones me hace pensar en alguien sentado en un sofá o un sillón, pendiente de la pantalla. Pero las luces que más me gustan son las de las cocinas: focos, lámparas colgantes, fluorescentes que se intuyen detrás de las cortinas o se ven directamente desde ventanas desnudas. Hay trasiego. Apago la música y escucho los sonidos de la cocina. Llegan aromas, a veces apetecibles, otras no. Veo personas moviéndose por la estancia como en una coreografía, estirando los brazos, removiendo lo que haya en la sartén. Imagino las vidas de las familias, de las parejas, de los solitarios que habitan allí.

Pienso en positivo. Son imágenes bonitas. No tiendo al drama, que bastante hay ya en el mundo. Pero el otro día, en mi fantasía, apareció una pregunta: ¿qué hemos hecho?, ¿qué han hecho todas esas almas para que el gobierno mundial del planeta esté en manos de gente que, si algo no aporta, es luz? Todo lo contrario, imponen la oscuridad.

Sigo caminando , arrastrando mi carrito y vuelvo a la música . Escucho la voz luminosa de Chiara Civello cantando Il Mondo.

Il mondo
Non si è fermato mai un momento
La notte insegue sempre il giorno
Ed il giorno verrà.

Me consuela un poco…

Surrealismo.

Nunca antes había estado en esta situación. Mi labor como investigador de campo ha sido elogiada por mis superiores y respetada por mis competidores. Soy uno de los genios más destacados del sector.

Las misiones en las que he participado han sido arriesgadas. En muchas ocasiones, mi vida ha estado en peligro. Por eso no entiendo cómo, después de las condecoraciones, los aplausos y la admiración, ahora estoy encerrado en el Centro de Reordenamiento Cerebral.

Desde que el planeta perdió la memoria—histórica, cultural, moral… toda—he viajado a ciudades abandonadas para documentar su estado y evaluar la posible reubicación de la población. Hace años que vivimos bajo tierra, desde que las radiaciones solares se volvieron mortales. Pero ahora sabemos que el sol se ha estabilizado y podemos volver a plantearnos la vida en el exterior.

Aunque nadie recuerda el pasado, conservamos conocimientos básicos. Un compendio de conceptos que hemos reaprendido.

Documenté un hecho imposible: vi un buzo. Un buzo en una ventana.

El conocimiento básico es claro: buzo significa agua, no ventanas ni aire. Pero sé lo que vi. Estoy seguro de que el buzo estaba en la ventana.

Ahora estoy aquí, injustamente retenido por desordenamiento cerebral.

Y aún no les he dicho lo del huevo que piensa…

Detalle de la fachada del Museu Teatre Dalí (Figueres)

Pareidolias.

La pareidolia es un fenómeno psicológico en el cual el cerebro humano percibe formas o patrones reconocibles ,especialmente rostros o figuras , en objetos cotidianos, texturas, formas abstractas o elementos naturales donde en realidad no existe tal figura intencionalmente.

Troncos sonrientes.

Nubes que parecen peces…

Este fenómeno ocurre porque nuestro cerebro está programado evolutivamente para reconocer caras y patrones familiares, facilitando la comunicación social y la supervivencia.

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Son cosas que parecen otras cosas, como estas…

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Esa famosa serie distópica es hoy.

Tiempos sombríos y extraños.

Parecen irreales, como si viéramos capítulos de una serie de éxito, con grandes efectos especiales. Una de esas distópicas, repleta de tópicos recurrentes:

Ocurren cosas que, al principio, parecen insignificantes.


Los protagonistas se acostumbran a guerras y cadáveres, incluso de niños.

El planeta sigue consumiéndose sin que nadie logre detener su degradación.


Locos y payasos llegan al poder. La gente observa, pasiva, consciente de que debe actuar como sociedad, como humanidad, pero no lo hace. No sabe cómo. Solo mira. Incrédula.

Anuncian que un meteorito se acerca a la Tierra con cierta probabilidad de impacto.


La probabilidad aumenta.

Mientras siguen en sus guerras , carecen de tecnología para evitar la colisión, como hizo Bruce Willis, en Armageddon.


El meteorito impacta.


La humanidad se extingue.

El planeta renace. Surge otra humanidad, teóricamente más consciente y feliz.

Me viene a la cabeza el dicho: La realidad supera la ficción. Y así estamos. Los eventos reales pueden resultar más sorprendentes, inverosímiles o impactantes que cualquier historia imaginada.

De nuevo, recurro al querido Bruce . Necesitamos un giro de guion urgente y contundente, como en El sexto sentido, para que esta temporada de nuestra serie tenga un final verdaderamente bueno. Bueno para todos.

Ojalá.

La ventana triste.

Desde esta ventana se ven unas montañas preciosas. Hubo un día, en el que alguien podía asomarse y deleitarse con las vistas.

La ventana parece estar triste.

Pregunto en el pueblo por esa casa.

Cosas de familia. Nadie se ha puesto de acuerdo en como repartir la herencia y, al final, la casa se ha venido abajo.

Y, sí, esa ventana está triste…

La Regla de Oro.

Tal como está el planeta, es un buen momento para recordar “La Regla de Oro”.

Este principio ético universal propone tratar a los demás como queremos ser tratados.

Es fascinante que, sin importar la religión o la filosofía, todas las civilizaciones hayan llegado a la misma idea: el respeto y la empatía son esenciales para una sociedad armoniosa. Ha surgido en distintas culturas y credos. Confucio, Platón y Cicerón la expresaron en la antigüedad. También está presente en el cristianismo, el judaísmo, el islam, el budismo y el hinduismo.

Existe desde hace siglos, y todos la conocemos. Aun así, quienes podrían mejorar el mundo la ignoran. Ni siendo de oro…