Hay ritos de domingo que me llenan de placer y me cargan las pilas para afrontar la semana. Uno de ellos ( tenemos diferentes modalidades) , es el de la compra de un pollo a l’ast para comer ( junto con all i oli, una ensaladita y el cava, bien frío) y la lectura reposada de la prensa ( post-comida) que, ese día, es de envergadura.
Pero para que ese ritual salga perfecto, debemos planificar una serie de pasos y estrategias para librarnos de la actitud déspota de la Mafia del Pollo. Todos conocemos un lugar donde comprar un pollo a l’ast maravilloso. Yo, el que me sé, está siempre lleno de gente . Unos esperan su pollo encargado previamente. Los otros, también esperan que uno de los reservados no se presente y pueda cazar el pollo. Si no has llamado, mejor que no te acerques a esa calle , impregnada del aroma del pollo asadito, que se aparece como un sueño en la boca babeante del hambriento ( y la mirada suplicante del (a) que sabe, que si no hay pollo, hay que cocinar…). Lo mismo pasa con el all i oli. Si no reservas, vuela aunque ese, es problema menor… Lo que quieres es el pollo…
Esta es una pollería pequeñita. Debe tener cuatro metros cuadrados. Lo gestiona la familia –de-toda-la-vida que al pasar el negocio de padres a hijos, ha dividido su explotación. Una temporada está un hijo y su respectiva, otra temporada la hija y el respectivo. Imagínate lo que da el pollo para que nadie suelte el «ast». Hoy, me tocaba la que yo llamo «la señora del pelo» que es una mujer de unos 60 años ( es la hija de los propietarios), corpulenta y muy coqueta. Siempre lleva un peinado de peluquería, perfecto, cardado , arreglado , de color caoba suave con mechas más claras. A su lado, su hija. Una chica monísima, que siempre viste chándals Nike del tipo «yoga» y que te mira altanera, sabiendo que ella manda allí ( es la que tiene la lista de las reservas). Si llegas con veinte -treinta minutos de retraso, te borra de la lista ( tacha con un lápiz rojo, con una mala leche que no veas) y otorga el pollo a uno de los que están en la cola de los no reservados. Yo he visto peticiones dramáticas para ser restituido en la lista… Y es que el pollo, dicha sea la verdad, está buenísimo…
Además del pressing del horario ( yo acabo entrando , sin aliento, y gritando «Ho tinc reservat, lo tengo reservado!!!»), hay un tema fundamental que es la obtención de suquito con el que regar el pollo. Cuando lo pides, te miran mal. Les fastidia darte ese aceitito. Te lo tiran, de mala gana, por encima del pollo y lo envuelven con ese papel blanco, crujiente y con la capacidad de absorber todo el jugo… Todo. Pero hace unas semana, ví a un cliente ( de toda la vida) que iba con un potecito , en el que le pusieron el jugo . Mira que fácil. Así que compré un tupper de medida adecuada y, ayer,al acabar la reserva de mi pollo, cogí el recipiente y lo dejé en una bolsa, en la puerta de casa. !N-O- se me iba a olvidar!.
Esta mañana, el plan ha funcionado a la perfección. He llegado, como siempre, al límite de mi tiempo de bonus. He visto que estaba «la señora del pelo» y «la hija que-estoy-muy-buena-y-no-te-miro-pq-solo-me-importa-la-lista» y he decidido no sacarme las gafas de sol. Impone más. Cuando me han preguntado el nombre de la reserva, he sacado el tupper y lo he dejado encima del mostrador: Amb suc, si us plau. Efectivamente, la hija se ha dignado a mirarme ( con fastidio) y la señora ha cogido el tupper y se lo ha pasado a la chica ( hay una tercera que es la que pringa y corta y prepara el pollo) quien, diligentemente, me ha puesto una buena cantidad. Tras la operación, he salido velozmente del establecimiento y me he subido al coche, que me esperaba en marcha, preparado para la huída ( había jurado publicamente que hoy, llegaba con jugo, como fuera)…
Son La Mafia del Pollo (a l’ast). Tienen suerte que el dichoso pollo es excelente y ese es su poder pero… les he encontrado el punto flaco del suquet... Y mi arma, ha sido un tupper.



Esclavos de la moda, de los modelos corporales, de lo que es «socialmente » aceptado o de lo políticamente correcto.
Es uno de esos indicadores subjetivos que nos dicen el grado de «felicidad» de los habitantes de un país ( satisfacción y longevidad) y la eficiencia ecológica asociada a la consecución de la calidad de vida que nos hace felices. Lo que viene a ser , más o menos, lo contentos que estamos con nuestro estilo de vida y la carga al planeta que supone el tener este estilo de vida. La fórmula que da el HPI (Happy Planet Index) es la siguiente :
Los «años felices de vida» engloban la esperanza de vida del país en cuestión y la percepción que tenemos acerca de nuestra satisfacción o calidad de vida ( o sea, ¿eres feliz como vives?). Este indicador se divide por la «huella ecológica» que es la relación entre nuestra calidad de vida y los recursos que obtenemos del planeta para estar así de contentos. Se mide en el número de planetas que necesitariamos como inversión ecológica .


Si estás muy , muy cerca de un elefante y te preguntan qué ves cuando lo miras, unos responderan que la cola, otros que la trompa, otros verán la piel rugosa pero… solo verá el elefante al completo el que está más distanciado, el que observa todos los elementos a la vez … Es simple pero funciona.






Ya hemos recibido el nuevo Catálogo IKEA 2010. Con una tirada de 175 millones de ejemplares , en 25 idiomas para 35 países se convierte en la tercera impresión del mundo tras la Biblia ( primera posición) y Harry Potter ( la segunda).

