Las hice con una app que imita el efecto de aquellas fotos instantáneas. Las tenía en una carpeta olvidada con la etiqueta de «Fotos viejas» y ya tocaba ir eliminando cosas del portátil.
El arrastra penas es«eso» que te distrae durante un segundo y te aleja de las penas.Sea lo que sea «eso»…
No importa el lugar, el estado, el propósito. Grande o microscópico. Fácil o costoso. Rápido o lento. Lo valioso es llegar.
Las diferencias nunca nos separan, siempre nos mejoran.Viva la diferencia.
Esta casa está en Ibiza aunque se nieguen a admitirlo…
El protagonista de la foto es el peine. La hice en Chicago.
El espíritu artesanal del que escribe un blog. Cualquier “expresión” en el ciberespacio es artesanía. O por lo menos, así era hasta que llegó la IA.
Otra vez las camelias. Cuando florecen, en invierno, siempre la misma foto. Y un post…
Me fascina esa “casi” perfección de la flor. Me sorprende cada año.
Cada pétalo nace ligeramente girado respecto al anterior y sigue un patrón matemático. El ángulo entre ellos ronda los 137,5°, conocido como ángulo áureo. Es el mismo que aparece en girasoles.
No es casualidad, es eficiencia.
La planta coloca cada nuevo pétalo donde menos interfiere con el anterior. Así optimiza espacio y luz.
Lo que vemos como belleza es, en realidad, organización biológica muy eficaz.
Y sí: la naturaleza es bastante buena haciendo geometría y belleza.
Hoy, 20 de febrero, se celebra el Día Mundial de los Camarógrafos y los Fotógrafos.
Feliz día a todas las personas que se dedican a ello de forma profesional, a quienes lo practican por hobby, a los maestros y a los genios… pero, sobre todo, a quienes, con una cámara al hombro, se adentran en conflictos armados, zonas devastadas y revueltas sociales. Con sus fotos y vídeos —a menudo exponiendo su integridad física— nos informan, construyen memoria visual y nos ayudan a comprender una realidad que, en estos tiempos, resulta cada vez más difícil de descifrar.
Hoy, su transmisión de lo que sucede, sin tapujos ni filtros, vale más que nunca. Porque en 2026 las imágenes pueden recrearse, modificarse, manipularse o falsearse con una facilidad y un realismo inéditos gracias a la IA, hasta el punto de confundirnos.
Por eso, la mirada humana detrás de una cámara es, muchas veces, la única garantía de que lo que vemos ocurrió de verdad. No son robots ni algoritmos. Están allí. Y nos lo muestran.
Ruinas de Guernica tras el bombardeo (26 abril 1937)
Foto : Bundesarchiv, Bild 183-H25224 / o. Ang., “Guernica, Ruinen” (1937). CC BY-SA 3.0 DE (vía Wikimedia Commons).
Este cuadro empezó como empiezan muchas cosas buenas: sin plan y con los restos de una pulsera de Formentera encima de la mesa. De esas que compras “porque sí” y luego te acompañan meses, para llevar la isla atada a la muñeca.
La miré y pensé: esto no es una pulsera, esto es una ola. Siempre me ha gustado mucho esta palabra en catalán : ona.
La pegué sobre un fondo blanco roto, limpio para que respirara. La pulsera dibujaría su propio trazo, su ona…
En invierno, los plataneros se quedan como esqueletos elegantes: ramas desnudas, cielo limpio y esas bolas cargadas de polen, esperando la primavera.
Estos días se han balanceado con frenesí por el episodio de viento fuerte que hemos tenido en la zona. Mirando su baile, de repente vi algo blanco colgado en lo alto de las ramas.
De lejos era un trapo. Una camiseta. Una sábana pequeña… Y durante unos segundos —qué fácil es esto— pensé: una señal. Una de esas señales tontas y necesarias que una se inventa para esperanzarse.
Me pareció una bandera de la paz. Un deseo. Una señal del futuro… pero hice zoom.
No era tela. Era plástico.
Una bolsa atrapada entre las ramas, una “enseña” blanca que no debería estar ahí.
Lo inquietante no fue la bolsa, sino lo bien que imitaba la paz desde lejos.
La próxima vez que vea algo blanco en lo alto de un árbol, volveré a pensar —por un segundo— que es una bandera de las buenas, la única buena. Y luego no haré zoom.
Comparto mis propias fotos en Unsplash, pero lo que de verdad disfruto es compartir las de otros. Me los imagino frente a la escena —o construyéndola—, cámara en mano, saboreando el instante y el resultado.
Esto es una muestra de gente que hace fotos inspiradas en la Navidad.
Llegó de otras latitudes, hace siglos, viajando de mano en mano. Con el tiempo se adaptó a cualquier clima que no fuera de frío intenso o muy húmedo. No la veremos en Canadá ni en Singapur, pero cualquier clima semiárido le sienta de maravilla a esta planta suculenta.
No sabía si el frío del invierno y la tramontana la harían sentirse cómoda, pero, contra todo pronóstico, decidió quedarse en casa. Aprendió a doblarse sin romperse, a guardar agua y paciencia, a dividirse para llenar nuevas macetas o para regalar. Siempre en forma, creciendo, multiplicándose.
He visto que sus hojas se tiñen de morado y pensé que el aloe había enfermado, pero no: es un truco químico de una planta perspicaz, pigmentos que produce cuando el frío, el viento y el sol se pasan de intensidad. Ese color funciona como protector y, más que un problema, indica que la planta está activa y a gusto.
Grandes, pequeñas, en flor: todas comparten el mismo mensaje.
Troncos que se bifurcan en ramas pero que son columnas. Sostienen una bóveda que recuerda a una capa llena de hojas pero es piedra y arquitectura.
La luz parece la del sol , atravesando los árboles pero son vidrieras que crean efectos naturales preciosos.
Gaudí quiso que el interior de la Sagrada Familia fuera como pasear por un bosque.
No buscaba un espacio solemne y oscuro, sino vivo y orgánico , donde la naturaleza fuese el gran templo . Así, arquitectura, estructura y luz se funden en una experiencia casi vegetal, que envuelve al visitante en silencio .
Hace unos días me preguntaron por la Sagrada Familia de Barcelona. Quienes lo hacían venían de otros países. Estaban aquí por motivos de trabajo y querían conocer esta maravilla arquitectónica.
La pregunta me hizo pensar: yo estuve en esta prodigiosa obra de Gaudí en visita escolar, hace muchísimos años. Recuerdo vagamente el interior. El exterior lo veo de uvas a peras, cuando paso por allí en coche. La vista siempre me sobrecoge, pero cuando el semáforo se pone en verde sigo adelante y la olvido.
Así que este fin de semana he ido a la Sagrada Familia. Con la cámara colgada al cuello, me he convertido en una turista en mi ciudad. ¿Cuántos de vosotros vivís en ciudades con lugares emblemáticos que habéis visitado una vez —normalmente en período escolar— y ya lo habéis dado por supuesto y tachado de la lista de “cosas que hay que ver”? ¿Cuántas colas habéis hecho, en viajes a otros países, para entrar en museos, catedrales y edificios históricos, y no lo habéis hecho donde vivís o tenéis cerca?
La experiencia me encantó.
Yo, que voy a la búsqueda de estrellas, pude deleitarme con la estrella de la Torre de la Virgen María. Gaudí la pensó con una coronación que no fuera de aguja o mosaicos. Quería una estructura de luz. La interpretación contemporánea de esta idea ha sido una estrella de doce puntas que corona la torre, a 138 metros de altura. Mide unos 7,5 metros, pesa 5,5 toneladas y combina acero inoxidable y vidrio texturizado hecho en Cataluña.
De día refleja el sol; de noche brilla desde dentro con LED blancos y se ve desde media Barcelona.
La estrella simboliza la luz que guía, la Estrella de Belén según Gaudí. Su colocación en 2021 marcó la primera torre terminada en décadas y anunció la recta final del templo, incluida la futura torre central de Jesús (2026) y la finalización total para 2033.
Es una estrella preciosa.
Y tiene un séquito de estrellas pequeñas girando a su alrededor..