Día Internacional de la luz.


Hoy, 16 de mayo, es, según la UNESCO, el Día Internacional de la Luz.


Un día fantástico para recordar el apagón que vivimos recientemente en todo el país.

Nos pilló en el coche y con la radio puesta, así que estuvimos informados desde el primer momento, escuchando a científicos y expertos serios que nos transmitieron confianza.

Serían unas horas, paciencia… pero la luz volvería.

Ya en casa, localizamos la vieja radio a pilas y sacamos las linternas para tenerlas a mano al anochecer. Las luces solares del exterior nos vinieron fenomenal…


Durante el día, sin mayores problemas, la espera se hizo más llevadera de lo previsto. Los libros de papel fueron buenos compañeros, la radio redescubierta y los niños del vecino jugaban con la pelota…Pero al llegar la noche, con la oscuridad total en las calles, se evidenció la importancia de la luz.

Me hizo pensar en ese momento histórico de la humanidad, cuando el hombre descubrió el fuego.


Viviremos, casi en directo, los grandes hitos que se acercan: desde la curación de enfermedades hoy incurables hasta la exploración de otros planetas pero ese momento, el de la primera chispa, solo podemos recrearlo.

Imagino una noche cerrada, sin luna. Oscuridad profunda, no como la de las calles el día del apagón, sino más negra e intensa.
Un grupo de homínidos, probablemente Homo erectus, se refugia en la entrada de una cueva. De repente, un rayo cae sobre un árbol seco y lo incendia.

Lo que ven es luz pura. Un fulgor que rasga la noche y convierte lo invisible en visible.


Supongo que el primer sentimiento fue el terror ante lo desconocido, pero después, la fascinación absoluta.

Con el fuego, llega la luz en la noche…

Estoy pensando en escribir este post, cuando en casa vuelve la luz.


Y, como buen Homo sapiens, me pongo a bailar con los brazos alzados y una linterna girando en círculos sobre mi cabeza, como si invocara al sol, celebrando el regreso de la luz con una danza primitiva.


I love postales.

¿Recordáis las viejas postales? Fijaos que digo viejas, aunque sería más apropiado decir esas postales en desuso, pero no puedo evitar pensar que ya son de otro tiempo, de otra forma de vivir.

El otro día vi a unas turistas , comprando postales . Ya me pareció raro verlas curioseando, emocionadas con lo que había en el expositor rotatorio: postales. Tras elegir unas cuantas, preguntaron dónde podían comprar sellos…

O sea: iban a escribir una postal y enviarla por correo.

Recuerdo aquellos viajes en los que uno se afanaba en la elección y en el texto. Aquella sensación triunfal de poder decir “Yo he estado aquí y me lo estoy pasando muy bien” (no existen muchas en las que se escriba lo contrario), y esas jugadas de Correos que permitían que tú llegaras mucho antes que la postal a su destino.

También me llega esa alegría al recibir las de los otros. Primero mirabas el remitente y te leías aquellas líneas. Después, le dabas la vuelta y admirabas esas imágenes de Florencia o de alguna playa caribeña.


Ahora te comunicas de otra forma. Haces una foto con tu iPhone y la envías por WhatsApp. Publicas en Instagram, Facebook o X, o actualizas tu blog, casi haciendo una crónica en directo del viaje. Todo es más fácil, más rápido.

La tecnología nos ha permitido entrar más en el detalle e, incluso, ampliar la lista de destinatarios. Pero en el camino, hemos perdido el ritual. Algo había que sacrificar…


Dejadme que lo idealice: pasas un buen rato eligiendo las imágenes que describen el paraíso en el que estás (en las postales, todo es muy bonito). Compras los sellos y te vas a un pequeño bar en la playa. Allí distribuyes las postales y escribes. Piensas lo que vas a poner y lo haces con cuidado, sin equivocarte. Cada una tiene un mensaje diferente, y es posible que en alguna incluyas un dibujito.

Piensas en las personas a las que se las vas a enviar y les dedicas tu tiempo y tu cariño.

Una vez las tienes preparadas, pones los sellos (si puedes, pedirás un vasito de agua para humedecerlos; sabemos que si los chupas, te queda un sabor desagradable en la lengua) y los vas colocando, sabiendo que harán su trabajo y las transportarán por esos mundos postales hasta llegar al lugar indicado.

Y sabes que quien la reciba detectará tu afecto en el momento en que vea esa firma enrevesada y ese:

“Nos lo estamos pasando muy bien. Esto es precioso”.


El ritual ha pasado a ser a golpe de clic y teclado táctil. Es lo que toca en este tiempo digital aunque, como pude ver el otro día, la postal se niega a desaparecer.

Decido que, en mi próximo viaje, reivindicaré la postal manuscrita. Ya verás qué sorpresa se llevan algunos.


✉️ ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que escribiste una postal?



Por buscar una explicación…

A todo lo que pasa en el planeta.

Desde lo más cruel a lo más grotesco.

Es un juego cósmico y somos el tablero.

Y ellos, van pasando pantallas.

Cualquier otra explicación, da miedo…

No es elástica.


En física e ingeniería, el término elasticidad designa la propiedad mecánica de ciertos materiales de sufrir deformaciones reversibles cuando se encuentran sujetos a la acción de fuerzas exteriores, y de recuperar su forma original una vez que estas fuerzas desaparecen.

Preferiría que fuera elástica.

Que los tirones no la deformaran. Ni las roturas. Ni los arañazos…

Y que no cambiara por los golpes.

Y que no se encogiera de sufrimiento.

Aunque es esa característica de ser moldeada lo que la hace tan bella.

Si fuera elástica, volvería a su forma original una vez pasada la virulencia del sufrimiento o el éxtasis de la felicidad. Seguiría igual de… ¿redonda?, ¿cuadrada?, ¿triangular?, ¿con forma de estrella?, ¿tipo humo incandescente?…

Y es que no sé qué forma tiene, pero sí sé que el alma no es elástica.


Incomparable.

Esta foto está generada por IA

Es muy aproximada a la que le he mostrado, la de verdad.

Pero mientras yo fotografiaba este olivo precioso, oía el canto de los pájaros , sentía el viento suave y olía a hierba y flores ya que acababa de llover…

Nada puede mejorar la inteligencia natural

Hay que bailar más…

Mañana es el Día Internacional de la Danza.

Una de las artes escénicas más hermosas .

“La danza es la expresión perfecta de la emoción humana a través del movimiento” así la definió Jean-Georges Noverre, bailarín y coreógrafo francés, considerado el creador del ballet moderno.

Aunque soy una amante del clásico, me sirve cualquier tipo de danza.

Incluida esa danza privada, el baile desenfrenado y arrítmico con el que te dejas llevar cuando suena tu canción favorita y nadie te ve.

En ese instante, el cuerpo deja de ser un objeto y se vuelve un instrumento de expresión pura.


No importa cómo te vea el mundo. El placer está en moverte por y para ti, en soltar la mente y dejar que el alma hable en un idioma que no necesita palabras.

Bailar así conecta con emociones profundas y libera endorfinas, la hormona de la felicidad que mejora el estado de ánimo.

Hay que bailar más. Es terapéutico.

Contracorriente.

Menos mal que hay gente que no sigue al rebaño, que no compra ideas en oferta.

Gente que dice “¿y si no?” cuando todo el mundo dice “claro que sí”. A veces se equivocan,pero muchas otras, hacen que el mundo avance. Porque para que algo cambie, alguien tiene que atreverse a pensar diferente. A ir contracorriente.

No hacen ruido por gusto, simplemente no encajan en los moldes . Son ovejas negras, mirlos blancos, girasoles que miran hacia otro lado. Porque si todos miramos en la misma dirección… ¿quién ve lo que nos estamos perdiendo?

El cuadro de los peces es el único real. Es el más imperfecto. Tanto la exposición como el resto de obras está generado por IA.

El “ti-tu, ti-tu”…

Creo que la zona cercana a la ventana de mi dormitorio tiene una acústica increíble para insectos y pájaros. Por lo que sea, debe reunir las condiciones físicas y ambientales adecuadas para que los sonidos se amplifiquen.

Lo que me tiene desconcertada es que atraiga a criaturas de cantos monótonos, monocordes y continuos. Me pasó con la cigarra del verano y, ahora, repito con el carbonero común de la primavera.

Este precioso pajarillo emite un canto tipo “ti-tu, ti-tu” para atraer pareja y marcar territorio. Lo hace a una hora temprana, cuando más silencio hay en la calle.

La intensidad es máxima, y se ha venido arriba.
El carbonero común que resuena en mi ventana a las seis de la mañana no es común. Se cree que es un Pavarotti con plumas…

No es mi intención silenciar a la naturaleza, pero, si no encuentra pareja pronto, le agradecería que cambiara de horario y lo retrase un par de horas.

Lo malo es que no sé cómo decírselo.
A ver si encuentro el código oculto en el “ti-tu, ti-tu”…

Piedra, cincel y martillo.

En estos momentos, muchas de las cosas que pasan y pasarán en el mundo, dependen de un señor que firma actas pomposas y presidenciales, con unos rotuladores que, después , regala como souvenir.

Lo más curioso es que ese rotulador es un producto de la economía globalizada. Posiblemente lo ensamblaran 100% en su país, el de este señor, pero es casi inevitable que , participen muchos países, en la fabricación de ese y casi todos los productos que compramos cada día en el mundo.

La situación es paradójica.

El rotulador que se esgrime como arma de nacionalización y enfrentamiento , es un producto fruto de estos tiempos modernos en los que todo está interconectado.

Una solución adecuada, acertada y en consonancia con el mensaje sería una piedra , un cincel y un martillo. Todo materia prima del país. Se tardará más en firmar las actas, hasta es posible que durante este tiempo , se cambie de opinión y se prepare otra piedra para firmar otra cosa.

Y se hace ejercicio físico.

Todo ventajas.

Componentes de un rotulador.
Tintas/pigmento: Del país y otros químicos que pueden venir de China, Alemania o India.
Plásticos : Posiblemente de Asia, aunque moldeados en el país final.
Puntas (fibras): Posiblemente, de Japón o Corea.

El bosque.

Photo by Evgeni Evgeniev on Unsplash

Desde arriba, el bosque se ve precioso. Copas frondosas, árboles de todos los colores, un cielo azul al que le puedes dar un mordisco… Un espacio, desde el que, ni queriendo, puedes ver lo que hay abajo.

Photo by Casey Horner on Unsplash

Desde esa altitud privilegiada, se toman decisiones y se gestionan los recursos del bosque y de la gente que lo habita.

Photo by Tuce on Unsplash

Y, allí abajo, la gente hace malabarismos para cuidar su bosque.

Y, allí arriba, los árboles no dejan ver el bosque.

Llámalo bosque, llámalo mundo…