Kintsugi .

El Kintsugi  (en japonés: carpintería de oro) o Kintsukuroi  (en japonés: reparación de oro) es una técnica de origen japonés (S.XV) para arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia. 

Yo lo he hecho con un jarrón chino. Si, uno de esos grandes jarrones, llenos de colores brillantes y figuras de dragones en relieve. Uno de esos que nadie sabe dónde ubicar… Este llegó a mi vida hace muchos años. Mi padre era médico y un paciente muy agradecido con su atención, le regaló un jarrón chino en los años 70. En aquella época, era un objeto de decoración muy valorado. En nuestra casa, el jarrón chino nunca cuajó, pero, mi padre, que le tenía especial estima a la familia que se lo había regalado, no tuvo el valor de deshacerse de él u ocultarlo. Estaba en un rincón de su despacho. Disimulado…

Así que aquel jarrón, nos fue acompañando en las mudanzas y los cambios de domicilio hasta el momento en el que mi madre, ya cansada de aquel festival de colores brillantes y lacados y aprovechándose de mi independencia,  me pidió que me lo llevara. Mi padre me dijo : “Pero no lo tires”.

En mi casa, estuvo escondido en un trastero, acumulando polvo y años…

Un día de esos de “orden y concierto”, me puse a arreglar el trastero y apareció el jarrón. Seguía sin gustarme, pero, el tiempo, le había dado un valor incalculable. Una cualidad diferencial importantísima: mi padre, ya no estaba con nosotros y ese jarrón chino , me conectaba a él, a nuestra historia. No pude tirarlo. Lo hice mío con pintura de pizarra, que siempre se puede eliminar y lo coloqué en mi despacho. Sé que, a mi padre, le hubiera gustado…

Hace unos días, se rompió. Mi familia consideró que ya había llegado el momento de decirle adiós, pero, de nuevo, yo me vi incapaz de deshacerme de él. Y, entonces, leí un artículo sobre el Kintsugi.

Vuelve a estar en mi despacho, pintado de blanco pizarra y con una intervención en pintura de relieve color oro, para ser fiel al concepto del Kintsugi . Cuenta una historia, llena de afectos y dice , en blanco y oro,  lo mucho que echo de menos a mi padre.

Y, quiero decirte, que no, no lo he tirado…

 

Dos cosas prosaicas y la IA.

1) La secadora.

Cada vez que limpio el filtro, me asombra la cantidad de pelusa que se acumula. Es el desgaste de las fibras textiles por la fricción durante el secado. Me da la impresión de que se pierde demasiada fibra. Algo falla en este sistema…

Con esta idea en mente, le pedí a la IA que escribiera un texto de terror donde la pelusa se convierte en un monstruo, una ilustración y un vídeo de 10 segundos.

El monstruo.

Al principio era solo una mota gris en el filtro de la secadora. Pero creció. Se alimentó del polvo, del pelo caído, de fibras invisibles.

Una noche, la masa esponjosa se arrastró por el suelo, trepó la cama y cubrió el rostro de Clara. Ella no despertó.

Dicen que la pelusa sigue allí, expandiéndose en rincones oscuros, esperando su próxima víctima.

El video da miedo…


2) La lavadora.

El minuto final de la lavadora es de las cosas que más me irritan cuando espero que termine. Ese temporizador es una mentira.

Según la IA, el «minuto final» dura más porque el software ajusta el tiempo según distintos factores:

  • Nivel de humedad: Prolonga el ciclo si la ropa sigue húmeda.
  • Desequilibrio de carga: Pausa para redistribuir la ropa.
  • Control de temperatura: Espera que se enfríe antes de desbloquear la puerta.
  • Drenaje: Se asegura de que no quede agua residual.
  • Optimización energética: Ajusta el ciclo para mayor eficiencia.

Esa fase final está diseñada para mejorar el resultado, así que puede extenderse mucho más de un minuto…

El portal espacio-tiempo.

Dicen que si te quedas mirando el «último minuto» de la lavadora, el tiempo se rompe. Al principio parece normal, pero pasan cinco… diez minutos… y sigue marcando 1:00.

Empiezas a oír voces: «La toalla sigue húmeda…». El tambor gira como un vórtice interdimensional, y el filtro de pelusas se convierte en un portal al más allá.

Cuando finalmente la pantalla marca «FIN», no sabes si pasaron minutos… o siglos.

Nunca mires el minuto final. Es la trampa perfecta del universo.

Todo lo que habéis leído y visto se ha hecho en pocos minutos…

Caminando…

Me gusta caminar. No es nada nuevo. De joven, había días en los que no cogía la moto para ir a la facultad y hacía el camino andando. No era mucho, unos tres cuartos de hora, pero resultaba placentero, sobre todo a la vuelta. Si ya había anochecido o casi, veía los pisos iluminados, las diferentes estancias, y fantaseaba con las vidas que se adivinaban allí.

Ahora acostumbro a unificar recados y hacerlos todos andando. Lo he convertido en una rutina. Al principio, llegaba a casa con las bolsas colgadas al hombro, y el camino se volvía penoso al final. Pero evolucioné hasta comprar un carrito de la compra, un artilugio que nunca había tenido en mi vida. Todo un descubrimiento. Es simple, pero muy funcional.

Modelo RADARBULLE de IKEA.

Y me sigue pasando lo del fantaseo. Voy con los cascos, oyendo música, y ahora que es invierno, cuando el sol ya se pone, veo las luces de los pisos. El fulgor azulado de las televisiones me hace pensar en alguien sentado en un sofá o un sillón, pendiente de la pantalla. Pero las luces que más me gustan son las de las cocinas: focos, lámparas colgantes, fluorescentes que se intuyen detrás de las cortinas o se ven directamente desde ventanas desnudas. Hay trasiego. Apago la música y escucho los sonidos de la cocina. Llegan aromas, a veces apetecibles, otras no. Veo personas moviéndose por la estancia como en una coreografía, estirando los brazos, removiendo lo que haya en la sartén. Imagino las vidas de las familias, de las parejas, de los solitarios que habitan allí.

Pienso en positivo. Son imágenes bonitas. No tiendo al drama, que bastante hay ya en el mundo. Pero el otro día, en mi fantasía, apareció una pregunta: ¿qué hemos hecho?, ¿qué han hecho todas esas almas para que el gobierno mundial del planeta esté en manos de gente que, si algo no aporta, es luz? Todo lo contrario, imponen la oscuridad.

Sigo caminando , arrastrando mi carrito y vuelvo a la música . Escucho la voz luminosa de Chiara Civello cantando Il Mondo.

Il mondo
Non si è fermato mai un momento
La notte insegue sempre il giorno
Ed il giorno verrà.

Me consuela un poco…

Surrealismo.

Nunca antes había estado en esta situación. Mi labor como investigador de campo ha sido elogiada por mis superiores y respetada por mis competidores. Soy uno de los genios más destacados del sector.

Las misiones en las que he participado han sido arriesgadas. En muchas ocasiones, mi vida ha estado en peligro. Por eso no entiendo cómo, después de las condecoraciones, los aplausos y la admiración, ahora estoy encerrado en el Centro de Reordenamiento Cerebral.

Desde que el planeta perdió la memoria—histórica, cultural, moral… toda—he viajado a ciudades abandonadas para documentar su estado y evaluar la posible reubicación de la población. Hace años que vivimos bajo tierra, desde que las radiaciones solares se volvieron mortales. Pero ahora sabemos que el sol se ha estabilizado y podemos volver a plantearnos la vida en el exterior.

Aunque nadie recuerda el pasado, conservamos conocimientos básicos. Un compendio de conceptos que hemos reaprendido.

Documenté un hecho imposible: vi un buzo. Un buzo en una ventana.

El conocimiento básico es claro: buzo significa agua, no ventanas ni aire. Pero sé lo que vi. Estoy seguro de que el buzo estaba en la ventana.

Ahora estoy aquí, injustamente retenido por desordenamiento cerebral.

Y aún no les he dicho lo del huevo que piensa…

Detalle de la fachada del Museu Teatre Dalí (Figueres)

Pareidolias.

La pareidolia es un fenómeno psicológico en el cual el cerebro humano percibe formas o patrones reconocibles ,especialmente rostros o figuras , en objetos cotidianos, texturas, formas abstractas o elementos naturales donde en realidad no existe tal figura intencionalmente.

Troncos sonrientes.

Nubes que parecen peces…

Este fenómeno ocurre porque nuestro cerebro está programado evolutivamente para reconocer caras y patrones familiares, facilitando la comunicación social y la supervivencia.

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Son cosas que parecen otras cosas, como estas…

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Esa famosa serie distópica es hoy.

Tiempos sombríos y extraños.

Parecen irreales, como si viéramos capítulos de una serie de éxito, con grandes efectos especiales. Una de esas distópicas, repleta de tópicos recurrentes:

Ocurren cosas que, al principio, parecen insignificantes.


Los protagonistas se acostumbran a guerras y cadáveres, incluso de niños.

El planeta sigue consumiéndose sin que nadie logre detener su degradación.


Locos y payasos llegan al poder. La gente observa, pasiva, consciente de que debe actuar como sociedad, como humanidad, pero no lo hace. No sabe cómo. Solo mira. Incrédula.

Anuncian que un meteorito se acerca a la Tierra con cierta probabilidad de impacto.


La probabilidad aumenta.

Mientras siguen en sus guerras , carecen de tecnología para evitar la colisión, como hizo Bruce Willis, en Armageddon.


El meteorito impacta.


La humanidad se extingue.

El planeta renace. Surge otra humanidad, teóricamente más consciente y feliz.

Me viene a la cabeza el dicho: La realidad supera la ficción. Y así estamos. Los eventos reales pueden resultar más sorprendentes, inverosímiles o impactantes que cualquier historia imaginada.

De nuevo, recurro al querido Bruce . Necesitamos un giro de guion urgente y contundente, como en El sexto sentido, para que esta temporada de nuestra serie tenga un final verdaderamente bueno. Bueno para todos.

Ojalá.

Art Revolution.

Se han coordinado en secreto.

Nadie sabe nada, nadie ha oído nada…


Las calles de las ciudades y pueblos, han amanecido con obras de arte en sus paredes.

Colores y símbolos por la paz, para contagiar esperanza , para compartir la belleza.


Para que nadie olvide que somos muchos y no estamos solos.

#ArtRevolution

La ventana triste.

Desde esta ventana se ven unas montañas preciosas. Hubo un día, en el que alguien podía asomarse y deleitarse con las vistas.

La ventana parece estar triste.

Pregunto en el pueblo por esa casa.

Cosas de familia. Nadie se ha puesto de acuerdo en como repartir la herencia y, al final, la casa se ha venido abajo.

Y, sí, esa ventana está triste…