Arte con mosca.

Este es uno de los últimos cuadros que he pintado. Además de las texturas, me dio por hacer puntitos con una pintura de relieve.

Al principio, todo iba bien. Estaba en la mesa, en el exterior, concentrada en los puntos a la luz del sol, cuando apareció la mosca.

Una mosca artista, con una clara preferencia por la pintura de relieve. Allí estaba ella: si no se posaba en los puntitos, lo hacía en mi mano. Mis aspavientos para ahuyentarla hicieron que mi precisión (ya precaria por sí sola) y mi concentración fueran disminuyendo a una velocidad de vértigo.

La intensidad del punto la ha elegido la mosca. El punto torcido es idea de la mosca. La mosca es coautora del cuadro.

Y punto.

Rayos y luciérnagas.

Hay noches de verano que se agradecen. Esta fue una de ellas: un espectáculo que no esperaba y que no voy a olvidar.

A lo lejos, en las montañas, una tormenta eléctrica de una magnitud que no había visto nunca. Rayos con formas increíbles, iluminando el cielo. Muy lejano, el rumor de los truenos. Mientras tanto, al frente, en el campo, una multitud inusitada de luciérnagas, danzando en su cortejo amoroso.

Lo diferente fue la grandiosidad, la cantidad: rayos que parecían no tener fin, luciérnagas que cubrían el campo entero.

Yo, en el porche, sin saber hacia dónde mirar. Y durante un rato magnífico, solo pude pensar en la belleza, incluso en una tormenta.

El grillo intermitente.

A mí el grillo me gusta. Ya lo he dejado caer otras veces en este blog: es un sonido que me relaja y me conecta con el verano, las vacaciones, el descanso.

Este año el grillo dejó de cantar muy pronto. Me sorprendió su habilidad y rapidez para encontrar pareja, aunque me alegré por él. Al cabo de unos días lo vuelvo a oír. Pienso que será otro colega grillo, pero pronto vuelve a quedarse mudo. Este año el romance de los grillos va viento en popa…

Y reaparece: el grillo, o el grillo nuevo. O es intermitente, o vienen por aquí porque saben que encontrarán el amor. Pero, tras una observación exhaustiva, me doy cuenta de que el grillo enmudece en las noches de pico de calor. Se esconde y se protege. Como nosotros.

Creo que están desconcertados.

Para complicarlo más, el eclipse. Estaba sentada, acompañada del grillo, esperando «sentir» el fenómeno porque no podía ver ni el sol ni la luna. Cuando la oscuridad apareció de repente, bajó la temperatura y se levantó una brisa muy agradable: el animal enmudeció. Hubo un silencio profundo y se encendieron las luces solares.

A los pocos minutos, volvió a cantar.

Y ahí sigue, si la próxima ola de calor se lo permite.

Calor infernal.

Este año me quedo con una sola palabra para resumir el verano: calor. Le añadiría el adjetivo «infernal». Las tórridas temperaturas continuadas han cambiado el verano, y parece que para siempre.

En el pueblo, en las paredes de piedra, ya empiezan a aparecer las unidades condensadoras de los aparatos de aire acondicionado. La piedra fría que conservaba una temperatura agradable en el interior, y las noches ligeras que refrescaban el ambiente, son ya cosas del pasado. Los horarios de las reuniones de calle han cambiado radicalmente: nadie sale con ese calor.

En la costa, el concepto «chiringuito en la playa» tiene otro matiz: son pocos los locales con interior y refrigeración, así que esas comidas veraniegas —mirando el mar, bajo la sombra del cañizo— se convirtieron en experiencias incómodas. Las cartas y los menús, a modo de abanico, en movimiento constante. Los ventiladores, moviendo aire caliente.

Los paseos, las caminatas, todo en horario milimetrado para que no te atrape el calor. Las noches tropicales, sin estar en el trópico.

El agua del mar, caliente. También la de las piscinas. Todo ha sido el calor, el calor, el calor.

Y, finalmente, lo peor sin duda: los desgarradores incendios que han asolado el país. Se me partía el alma viendo imágenes de la naturaleza ardiendo, sabiendo que solo el agua podía detenerlos.

Ahora esperamos la lluvia. Una que sea buena y benigna, que apague, que refresque, que haga nacer nueva vida y que nos haga olvidar el maldito calor infernal de este verano… hasta el siguiente.

Lo único bueno: casi no me han picado los mosquitos que cada año me atacan de forma despiadada.

El eclipse

Todo el mundo recuerda dónde estaba y qué hacía el 12 de agosto de 2026, a la hora del eclipse solar. Siempre pasa con las catástrofes: queda una huella permanente que marca el inicio de los tiempos que vienen después.

Yo estaba en el pueblo, con la familia, en un punto en el que el eclipse iba a ser parcial. Nosotros no esperábamos gran cosa y tampoco envidiábamos a los que habían colapsado las carreteras, habían subido a lo más alto de los edificios, montes y pequeñas montañas, o ocupado playas, en manada.

Todos llevábamos las gafas reglamentarias, no tanto porque fuéramos a ver gran cosa, sino como excusa para otra fiesta de verano. No estábamos en una zona privilegiada para grabarlo con el móvil y subirlo a Instagram, como hacían otros, pero tampoco nos importaba.

A la hora acordada, nos sentamos en un prado, con refrescos, cervezas y bocadillos, y esperamos a sentir —que no ver— el gran eclipse solar.

Notamos una luz crepuscular más intensa de lo habitual y más oscura. Los pájaros y los insectos enmudecieron. Incluso se callaron aquellas cigarras que nos habían acompañado todos los días de forma incansable. Todo enmudeció.

Todo el verano quejándonos del calor insoportable, y de repente, la temperatura bajó un poco y se estaba bien. Cerré los ojos un momento, noté ese aire fresco en la cara por primera vez en semanas, y pensé —sin darle ninguna importancia— ojalá esto no se acabara nunca. Ojalá siempre hubiera un eclipse, cada día, para darnos un poco de tregua en ese ambiente tórrido.

Estuvimos un rato allí, sentados, disfrutando de la merienda-cena, de la música y de esa noche de verano, sorprendentemente fresca.

Al llegar al pueblo, nos empezaron a entrar mensajes y WhatsApps porque en el prado no había cobertura. Los teléfonos no paraban de hacer clinc, clinc, clinc… Pusimos la tele y nos enteramos de eso que los mensajes habían anticipado: la sombra del eclipse no se había retirado. La luna y la tierra siguieron girando con normalidad, pero la sombra que tapaba el sol se había convertido en una pantalla fija. Oímos muchas teorías, unas de científicos cualificados y otras de los opinólogos de todo un poco, que no tenían ni idea pero ya hablaban de misterios sobrenaturales o intervención de alienígenas dispuestos a acabar con nosotros.

Lo cierto es que la sombra no se iba. Los primeros días no nos preocupamos mucho, pero ya en casa, en esa noche continua, empezamos a tener miedo.

La noche en que bajé los edredones del altillo, hacía ocho días del eclipse. Los repartimos sin decir mucho y pusimos la calefacción por primera vez en nuestras vidas en pleno mes de agosto, y vi el termómetro de la calle marcar 2 ºC, con el mes aún en el calendario.

Un par de semanas después, paseando por el barrio, vi la fuente que hay en el parque infantil con una fina capa de hielo en el borde. Había leído sobre lagos helándose en las noticias, en titulares fríos y lejanos; tocarlo con mis propias manos, notar cómo el hielo se resistía a romperse bajo los dedos, fue distinto. Lo hizo más real y más desesperanzador.

Sin luz no había fotosíntesis, así que la vegetación ya llevaba tiempo muriendo, y pronto empezó a hablarse de colapso en la cadena alimentaria. Empezamos a acumular alimentos enlatados y en conserva, como todo el mundo, y el colapso social llegó casi al mismo ritmo que el frío: primero las tiendas vacías, luego las colas, luego los turnos vigilados para repartir lo poco que quedaba.

Ahora estamos esperando que se congele la superficie del océano.

Dicen que están construyendo búnkeres para que podamos vivir bajo tierra, ante la bajada de las temperaturas, y que cultivaremos con sistemas hidropónicos, pero los mayores ya hemos visto muchas películas de catástrofes para saber que no podrán entrar todos.

Cada noche, cuando salgo a la azotea, la luna sigue ahí, llena y serena, indiferente a todo lo que se derrumba debajo. Es la única cosa en el cielo que no ha cambiado desde aquel 12 de agosto.

Es curioso cómo echo de menos el calor asfixiante, las cigarras y el abanico.

Y siento culpabilidad. Porque aquella tarde en el prado, con los ojos cerrados y el frescor en la cara, yo deseé que siempre hubiera un eclipse el día del eclipse. Fue un pensamiento tonto, de los que se te pasan por la cabeza sin querer decir nada. Pero ahora, de noche, no dejo de darle vueltas: ¿y si el universo, por una vez, estaba escuchando? ¿Y si fui yo?

Así que ahora, cada día, a la misma hora en que lo hice aquel 12 de agosto, cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que la sombra se retire para siempre y que nunca más haya eclipses.

Y por si acaso, lo hago con las gafas homologadas puestas, que caen encima de la bufanda que me cubre todo el rostro.

Luna llena sin nombre.

Nosotros, los del Mediterráneo, no le hemos puesto nombre a las lunas llenas. El sistema de los nombres es una tradición específicamente norteamericana, ligada al calendario agrícola y de caza de los pueblos indígenas de esa región, y popularizada después por almanaques estadounidenses como el Old Farmer’s Almanac. En estas fechas se recolectaba la fresa silvestre ya madurada.

A nosotros nos han gustado más las noches. La de Sant Joan, por ejemplo, que abre la puerta al verano con hogueras en lugar de con nombres, y que cae casi en las mismas fechas que esta luna sin nombre.

Mientras los pueblos indígenas americanos miraban al cielo y nombraban la luna por la fresa, aquí mirábamos al fuego y nombrábamos la noche por el santo y el solsticio. Dos formas distintas de celebrar lo mismo: que el verano ha llegado.

Qué bonita esta luna llena sin nombre, en esta calurosa noche de verano…

Consumir antes del otoño.

El verano empezó ayer a las 10:24. Eso dice la astronomía. La meteorología, en cambio, constata que lleva ya un par de semanas instalado.

Llegó sin avisar, sin alfombra roja, pero se hizo notar enseguida, vestido con calor intenso de alta calidad.

Tenemos 93 días y 16 horas para consumirlo, porque el verano tiene fecha de caducidad.

Acaba el miércoles 23 de septiembre a las 02:05, cuando empieza el otoño, siempre que el verano le deje entrar.

Una vez abierto, se recomienda conservarlo en un lugar fresco y paladearlo con intensidad.

Se acerca una tormenta.

Se acerca una tormenta. De nuevo. Esta vez, estaremos preparados. No nos sorprenderá como la primera vez…

Ese día, el de la primera tormenta, me acordé de coger mi paraguas rojo. Mientras me tomaba el café matutino, oí el parte meteorológico, me asomé a la ventana de la cocina y observé unas nubes lejanas que avanzaban hacia mí.

Ese día, el de la primera tormenta, decidí ir caminando a trabajar. Las nubes me sorprendieron esperando el autobús y yo, y los que estaban alrededor, nos quedamos extasiados viendo los colores y las formas que caían del cielo.

Ese día, el de la primera tormenta, casi todos abrimos nuestros paraguas para resguardarnos de esa lluvia de color que, aunque de efectos visuales maravillosos, se nos antojaba extraña. Casi todos… Todos menos una chica joven que extendió los brazos, se descalzó y alzó su rostro hacia el cielo.

Copos y gotas de lluvia multicolor la fueron empapando, mientras ella bailaba y reía y nos animaba a hacer lo mismo. La nube pasó y dejamos de observar a la mujer que seguía riendo, encantada, mirando el cielo ya despejado y luminoso.

Al día siguiente, el rostro de aquella muchacha apareció en todos los informativos de todos los canales de televisión. Inundó las redes sociales. Fue portada de los periódicos de mayor tirada del país. ¡Aquella mujer era absolutamente feliz! La exposición a aquella tormenta tan especial la había empapado de felicidad, pura y dura.

Hoy hay una alerta a la población mundial de riesgo de tormenta. Se acerca. De nuevo. Nos piden que no cojamos nuestros paraguas. Que nos descalcemos, que nos despojemos de nuestra ropa y salgamos a la calle. Que extendamos los brazos en cruz y que alcemos el rostro hacia la lluvia de color.

Bailar es opcional…

Una luciérnaga.

Cuando estoy en el campo, me gusta sentarme en silencio, sin nada más que hacer que estar. Me deleito con los colores y estoy atenta a los sonidos de la naturaleza. A mejor tiempo, más probabilidades hay de que lo haga por la noche. Apago todas las luces ambientales e intento ver las constelaciones, las estrellas y, de nuevo, las melodías que llegan del bosque.

Hace unos días, observé Venus y Júpiter y escuché algo nuevo que no supe identificar. Me vi obligada a ir a buscar mi teléfono y tirar de apps. Por eso sé que aquellos puntos brillantes eran los dos planetas y que el «tui-tui» lastimoso era de un pequeño búho que la aplicación ya me indicaba que no era habitual por estos lares.

Pero lo que más me impactó fue una luciérnaga. Solo una. Danzando por el campo, hasta que se perdió tras los árboles.

Solo una vez he visto luciérnagas por aquí. Fue una noche de verano, en compañía de una persona muy querida que ya no está, aunque sé que está, de otra forma, en mis recuerdos, en mi vida y muy posiblemente en esa luciérnaga…

Estem bé, estimat.

Los hijos del sol.

O los hijos de la playa…

Hubo una generación —la mía— que vivió un sol más amable.

Los hijos del sol mediterráneo éramos niños que pasábamos el día entero en la playa. Luego, al crecer, seguimos volviendo a ella: para ponernos morenos, como lugar de encuentro por las mañanas, como refugio secreto para romances de verano… Pero lo del moreno era esencial.

El embadurne de entonces se hacía con cremas bronceadoras sin factor de protección que —al menos en teoría— aceleraban el color. Había una crema marrón que te teñía la piel al instante, como si el bronceado pudiera aplicarse a brochazos. También hubo una moda de cremas de zanahoria, de laboratorios varios, con las que una se aseguraba el tono oficial del verano. En aquella época, si me hubiese imaginado a mí misma usando una crema de protección 50, no me lo habría creído.

Estos últimos días de mayo está haciendo calor como si fuera julio. Ha habido un festivo y la playa está abarrotada. Se aprecia un crisol de pieles blancas exponiéndose al sol en busca de ese atractivo tono dorado. Son cuerpos de todas las edades: tumbados, sentados, entregados. Tostándose.

Algo ha cambiado en mí. Puede ser mi cuerpo y su nueva tolerancia al astro rey. O puede ser que el sol ya no sea aquel sol. La exposición directa me molesta y me asfixia.

Me rebozo en protección como si fuera una croqueta. Necesito moverme, necesito el agua y, si me estiro, que sea bajo una sombra fresca y acogedora.

Como mis vestigios de niña de playa siguen latiendo en la memoria, todavía me tienta a veces aquella postura de estirada —vuelta y vuelta, como carne en una parrilla— en busca de un color más integral. Pero basta dejar que el sol me lama la piel durante unos minutos para darme cuenta de que mi relación de amor con él pertenece ya al pasado.

Este es un sentimiento extraño para los hijos del sol: no tomar el sol. A mí me ha costado un tiempo de adaptación, pero ya estoy rehabilitada. Ahora disfruto enormemente del agua y de la sombra de un parasol de brezo.

Ni el sol ni yo somos como antes.

He mutado a hija del agua.