Día Internacional de los Asteroides (International Asteroid Day). Proclamado por la ONU, conmemora el evento de Tunguska ocurrido el 30 de junio de 1908 en Siberia, donde un asteroide explotó en la atmósfera y arrasó una gran extensión de bosque. El día busca concienciar sobre el riesgo de impactos de asteroides y la necesidad de vigilancia espacial.
Día Internacional del Parlamentarismo. Este día busca resaltar la importancia de los parlamentos y el diálogo en las democracias. En 1889 se creó la Unión Interparlamentaria (UIP), una organización internacional de parlamentos nacionales. La fecha fue proclamada oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2018.
Pues bien, ves en la tele cómo parlamentan los parlamentarios del Parlamento español, cómo no parlamentan los mandatarios internacionales… y cada vez tiene más sentido lo del impacto de un asteroide.
He encontrado un disfraz y una varita mágica. Recuerdo perfectamente el día en que mi abuela me regaló este vestido de hada. Causé sensación en una fiesta de disfraces…
Mi precioso vestido llamaba la atención porque parecía de verdad. La pedrería brillaba, y los hilos dorados de los bordados de flores y corazones lucían en mil destellos. La seda era suave y liviana. Los demás disfraces parecían más de “plástico”, con encajes rígidos y rasos con electricidad estática.
Miro la falda abullonada y aquel corpiño de mil colores, y me doy cuenta de que el disfraz sigue siendo precioso. Es una pena que mi cuerpo exceda la talla, porque mi mente aún conserva algo de aquella niña. Acaricio la seda y, entonces, recuerdo las palabras de mi abuela. Llegan a mí con precisión, casi textuales. El vestido es un verdadero vestido de hada, y la varita…
La varita es real. Funciona, vamos.
La he cogido y la he movido en círculos. Tres, para ser exactos. Mientras se ejecuta el movimiento, se debe recitar “Fru-Fru” seguido de lo que se desea conseguir. No lo he hecho, porque esta vez he recordado las instrucciones de la abuela: solo se puede utilizar una vez en la vida.
Jugueteo con la varita… Pensaré en ello. Si la uso, no debo olvidar que lo que pida se cumplirá de forma literal. Eso me lo recalcaba mucho la abuela: L-i-t-e-r-a-l.
Enciendo la televisión. Están dando las noticias. Casi 300 millones de niños viven atrapados en países afectados por la violencia y los conflictos armados. Aparecen imágenes de niños en Gaza, en Sudán, en Ucrania… Más imágenes de niños en balsas, en el mar, atemorizados. Señores con corbata hacen números: cuántos pueden entrar, cuántos no dejarán ni acercarse, cuánto costarán los que logren cruzar, qué países bombardear, qué guerras librar…
Pienso en esa frase de Mafalda: “¡Paren el mundo, que me bajo!” En la tele, misiles en directo. Sí, definitivamente me quiero bajar.
Me concentro en la varita. Y trazo los tres círculos.
Y en el tercero digo: “Fru-Fru”. Y cuando voy a añadir ese “algo” que debo pedir, mi mente —traicionera—, que ha estado repitiendo esa frase “¡Paren el mundo, que me bajo!”, toma el control, y son esas palabras las que conducen mi deseo.
Las recito, mientras el círculo se cierra.
La varita chisporrotea, y siento que todo se detiene. Y que yo salgo, expulsada, hacia el espacio exterior.
El verano astronómico empieza mañana, 21 de junio.
Nos queda un día de primavera…
A las 22:42 de mañana comenzará el solsticio de verano, el momento en que el eje de la Tierra está más inclinado hacia el Sol en el hemisferio norte.
Será en ese instante, en ese momento exacto. Y… adiós, primavera.
Le he pedido a la IA que me diseñe un ritual inventado para el último día de primavera.
Al atardecer del último día de primavera, toma una rama de romero o de laurel. Sumérgela en un cuenco de agua. Piensa en:
Algo que agradeces.
Algo que dejas atrás.
Algo que deseas para el verano.
Salpica unas gotas al suelo y guarda la rama como amuleto estival.
Lo ha llamado “Bautizo de la luz” y me ha preguntado si quería que inventara una leyenda para el ritual. Le he dicho que sí.
Dicen los viejos pescadores, los pastores de montaña y los campesinos de los olivares que la última tarde de primavera es la más pura del año. El sol, al llegar a su trono más alto, derrama su luz más limpia sobre la tierra. Si en ese instante tomas una rama viva —de laurel, de romero o de cualquier planta fuerte— y la sumerges en agua clara, atrapas un reflejo de esa luz sagrada. Las gotas que caen después al suelo bendicen las cosechas, protegen los hogares y preparan el alma para el fuego del verano. A ese sencillo rito lo llaman El Bautizo de la Luz, y quienes lo practican aseguran que la buena fortuna les acompaña hasta el próximo solsticio.
Yo, por si acaso, lo haría. Y si puede ser, a las 22:42. Estos algoritmos van a gobernar el mundo, y mejor estar a buenas: que vean que les hicimos caso…
Todo empezó tontamente. Una frase, un viral en Twitter: “Vendo mi voto”.
¿Quién iba a pagar por un voto? Los partidos políticos ya sabían cómo conseguirlos gratis: una mentirijilla por aquí, una promesa tentadora por allá, una amenaza de lo que vendría, muchas luces, colores y fanfarria, y, sobre todo, el hartazgo de la gente al saber que seguían tomándolos por tontos… Mira, se iba a votar o no, dependiendo de los planes de ese día. No era importante.
A los partidos poderosos ya les iba bien esta desafección. A mayor abstención, mayor reparto de beneficios; mientras, los pequeños partidos se veían condenados a la invisibilidad.
Pasó el tiempo y dejamos de votar, pero tampoco pasó nada, ya que, con los afiliados a los partidos poderosos, ya tenían cupo para seguir ocupando escaños. Pero, con los años, los “miembros del partido” fueron desapareciendo. Ley de vida.
Y, entonces, llegaron unas de esas Elecciones de Comunidades Mancomunadas Federadas Autónomas Co-Dependientes, y a uno se le ocurrió poner en venta su voto. Cuando publicó su tuit (con una foto arregladita en la que ponía “Vendo mi voto”), no sabía que a los partidos súper poderosos no les cuadraban los números y que tenían que conseguir un número concreto de votos para poder seguir en… política.
Como fue el primero, se forró. Tuvo sus momentos de duda y de pensamientos trascendentales acerca del valor moral de su voto, pero… el valor, traducido en euros, le daba para salir del agujero en el que estaba metido. La maldita crisis eterna…
La noticia se extendió y, de repente, la gente se dio cuenta de que poseía un “algo” (por no poner derecho u obligación) en desuso que tenía un valor real. Así que empezaron a vender sus votos…
Y, claro, hubo una “burbuja” del valor de los votos. Todos creían que su voto valía 1000; después, resultó que no les daban más de 30.
Esa burbuja fue la que permitió hacer los cambios y tomar las medidas necesarias que —si no es en situación de crisis— nadie se atreve a tomar.
Y, por fin, se cambió el sistema político y el sistema electoral… Y cambiaron los políticos…
El “Vendo mi voto” fue el principio de estos tiempos…
Hoy, nadie vende su voto. Ahora vale tanto que no existe dinero suficiente para comprarlo.
He tropezado con un gato (negro, claro) y he roto un espejo al intentar evitar pasar debajo de la escalera que alguien ha decidido dejar en el pasillo.
En el desayuno, he derramado la sal al darme cuenta que la había puesto en el café.
He dejado unas tijeras abiertas sin querer y también he abierto un paraguas dentro de casa.
Solo falta que , Jason, el gato del vecino, aparezca por el jardín con máscara de hockey y un machete.
En fin, supersticiones tontas de un viernes 13 cualquiera…
Nadie sabía qué hacía exactamente aquella mujer de la bicicleta rosa. En la parte trasera llevaba una cesta de mimbre blanco, aparentemente vacía. Cada mañana pedaleaba frente a mi ventana, dejando tras de sí un aroma dulce, como de canela, azúcar o caramelo.
Iba erguida, con porte regio, aunque lo rompía esa alegre melodía que silbaba o canturreaba según el día. Al principio pensé que iba a algún sitio, pero pronto descubrí que daba vueltas en círculo. Era extraño, sí, pero su amabilidad y el perfume que dejaba nos hicieron acostumbrarnos a ella.
A veces se detenía, comprobaba el interior de la cesta y seguía. Un día no aguanté más y pregunté qué miraba allí dentro.
—Llevo mi amor —me dijo con una sonrisa luminosa—. Al salir de casa había más de una tonelada. Ahora me quedan… ¿veinte kilos?
—¿Y tu amor se gasta?
—No mengua. Lo esparzo. Está en las calles, en los árboles, en los semáforos…
—No lo veo —admití—, pero huele muy bien.
—Hoy huele a vainilla salvaje —dijo antes de marcharse, lanzándome un beso—. Hay un montoncito debajo de tu ventana, por si lo necesitas.
Su locura, encantadora y a la vez triste, me provocaba una gran ternura.
Seguí viéndola pasar por mi ventana. Me sonreía con cariño y yo le devolvía la sonrisa. Cuando se alejaba, debía sacudirme esa extraña sensación de pena que sentía por ella.
Pero una mañana ocurrió algo extraordinario.
Un hombre llamó a mi puerta.
—¿Es suyo este montoncito de amor?
—No, es de la señora de la bici rosa.
—¿Dónde puedo encontrarla?
—En cinco minutos pasará por aquí.
El encuentro de esas dos personas fue delicioso. El aroma a vainilla saturaba el ambiente. La señora de la bici rosa fue desacelerando el pedaleo cuando vio al hombre que me acompañaba. Se paró, puso el caballete y se lanzó a sus brazos. Se besaron y se abrazaron sin dejar de reír.
—¡Has encontrado mi amor! —dijo ella, colgándose de su cuello.
—Lo he visto por todas partes… incluso bajo esta ventana.
Me regalaron la bicicleta y se fueron calle abajo, felices.
Nunca los volví a ver. Me dijeron cómo debía esparcir mi amor, pero no lo hice… al principio.
Hasta que una mañana lo vi: un montoncito de corazones rojos bajo mi ventana. Bajé al trastero, cogí la bici. La cesta estaba llena. Salí a la calle.
Soy esa mujer que pasa por delante de tu puerta. Esa que no sabes qué es lo que lleva en su cesta. La extraña loca que pedalea en círculos…
Pero no te preocupes. He dejado un montoncito bajo tu ventana…
Cuando el terapeuta abandona la habitación 216, siempre le invade una extraña inquietud. Recuerda la sonrisa del paciente, su serenidad, el buen rollo que desprende…
“Aquí se está muy bien. No tengo que preocuparme por nada: tengo ropa limpia cada día, tomo un buen desayuno y, después, paseo por el jardín. A veces me siento en el banco que está más al sur y pinto. Me gustan los árboles que se ven en la lejanía. Ya he hecho varias series de cuadros de esos árboles…
Por la tarde, me siento en el sofá (que es comodísimo, por cierto) y leo un libro, veo la televisión o hago una segunda caminata por el sendero de las flores. Me encanta ese camino: está plagado de geranios, rosas y margaritas…
Los lunes y viernes tengo la terapia. También me gusta. Es una gran oportunidad para hablar con alguien interesante, y usted lo es.»
Es un caso difícil. La terapia tiene como objetivo que recupere el equilibrio, pero le está planteando un dilema ético: la curación será a costa de cercenar su optimismo.
Si puede, que el caso es grave…
«Doctor, no entiendo por qué me dice que, si me pongo bien, saldré pronto. Pero… ¿por qué voy a querer salir? Y, si salgo, pues tampoco pasa nada. Ahí fuera hay un mundo bellísimo.»
NB: El exceso de optimismo se denomina “optimismo tóxico”. Como todo lo que nos rodea y con lo que interactuamos, el exceso es negativo. No nos permite desarrollar una conducta adaptada. Las expectativas que nos creamos son irreales y bajamos la guardia ante los peligros y amenazas del entorno. Ni ser optimista se libra de la mesura…
Sócrates introdujo la mayéutica: cuestionar y escuchar para llegar a verdades compartidas. Fue el primer gran ejemplo de diálogo público con fines ético-políticos.
Nos situamos en la época clásica de la antigua Grecia (500–322 a. C.), cuando conversar era un arte.
Si apareciera hoy, más de dos milenios después, se encontraría con un escenario que, al principio, podría parecerle prometedor: millones de interlocutores dispuestos a opinar en las redes, diversidad de voces, temas infinitos sobre los que debatir.
Pero pronto lo veríamos mosqueado.
Descubriría que la mayoría no dialoga, sino que repite. Que lo que triunfa no es la reflexión. Y que la “verdad” no se busca, se escoge según el grupo al que perteneces. Como en una nueva versión de su caverna, la gente se rodea de ideas que confirman lo que ya piensa y reacciona con hostilidad ante cualquier disidencia.
Sócrates luchaba contra el dogmatismo haciendo preguntas incómodas. Hoy, sus preguntas serían invisibilizadas por algoritmos o directamente denunciadas. Su perfil sería cancelado o sepultado bajo una avalancha de haters sin argumentos (aunque entre ellos se contradijeran).
Pediría volver a su época lo más rápido posible, harto de un mundo donde su célebre frase “Solo sé que no sé nada”está más viva que nunca, pero con otro sentido: no sabemos nada pero creemos que lo sabemos todo…
Nuestro cuerpo es un ingenioso artefacto capaz de hacer cosas maravillosas, pero… algo está fallando en el tema de la termorregulación, o homeostasis.
La termorregulación, o homeostasis, es la capacidad que tiene nuestro organismo para regular su temperatura. El objetivo del sistema es mantener el cuerpo entre 35 y 37 °C. A esta temperatura, el cerebro se encuentra en su zona de confort y puede controlar las funciones metabólicas fundamentales.
Si detecta que nuestra piel está por encima de ese rango, se activan los sistemas de “refrigeración”: sudamos, nos ponemos rojos (vasodilatación periférica: los capilares y vasos sanguíneos se ensanchan hacia la zona más externa del organismo para liberar el calor) y nos ralentizamos para consumir menos energía…
Debemos cooperar para ayudar a nuestro “sistema de refrigeración”: buscamos la sombra, el agua fresca, los baños refrescantes… Sobrellevándolo.
Y así estamos estos días, con la termorregulación loca…