Me duele la espalda.

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Me duele la espalda. Estoy sufriendo… Nunca me había dolido tanto…

Estoy desesperada y eso me hace cometer imprudencias. Como ahora mismo… Estoy en la Plaza de los Remedios, buscando a un hombre. ¡Qué locura, por Dios! Dicen de él ,que cura todas las dolencias y yo necesito que alguien me ayude. Las calles que circundan la plaza están oscuras, muy oscuras y empiezo a tener miedo.

Oigo unos pasos y, de la oscuridad, emerge un hombre vestido con una túnica. No puedo dejar de observar esas estrellas brillantes, que decoran el raso azul . Levanto la vista y veo que lleva unas gafas grandes y…esa melena rubia de bote ¡Oh, no! Me siento decepcionada. Es terrible que mi potencial sanador sea un imitador de Rappel. Le quita credibilidad. No quiero ni imaginarme la posibilidad que lleve un tanga de leopardo, debajo de esos ropajes…

Me hace un gesto con la mano y lo sigo, recorriendo esas calles tenebrosas. ¿Pero qué hago aquí? me pregunto pero, entonces, algo me presiona la espalda , tira hacía abajo y me hunde en el intento. Duele.

Estoy aquí por el dolor. Quiero que me lo quite.

Al final de nuestro camino, hay una curva pronunciada que esconde un paraje maravilloso. Me sorprende el cambio repentino de texturas, pero no le doy muchas vueltas. Tampoco al hecho que estoy siguiendo a un tipo que va disfrazado de Rappel. La luz natural de las cientos de estrellas que titilan en el cielo, son suficientes para iluminar el hermoso jardín de margaritas. Hay miles y parecen sonreírme. En el centro de ese estallido floral, hay una caravana. El hombre me dice que vive allí y me invita a entrar.

Empiezo a caminar entre las margaritas, en dirección a la caravana que ya tiene la puerta abierta. Una luz blanca, suave pero radiante a la vez, se escapa del interior. En el mismo instante que rozo las flores, desaparece la sensación de inquietud que me ha embargado en la Plaza de los Remedios. No sé cómo pero estoy descalza y siento la hierba fresca bajo mis pies.

El hombre ya no se parece a Rappel. Viste una camisa blanca y unos jeans y también va descalzo. Me explica que cada Carnaval, le toca disfrazarse de un vidente famoso. Sonríe cuando me indica que el año anterior le tocó Paco Porras. Es una explicación lógica al extraño atuendo con el que me ha recibido . Lo que no la tiene, es que yo esté descalza, en medio de este campo de margaritas pero…no pregunto. No digo nada. Presiento que mi espalda va a estallar de un momento a otro. Tengo ganas de llorar.

Entro en la caravana. Todo es blanco , hasta el sofá en el que me invita a sentarme. Lo hago. No importa que este en medio de la nada , con un hombre desconocido . Lo único importante es sentarme en ese sofá blanco.

Lo hago con mucho cuidado. Mi espalda está rígida. Mi alma, también. Y me siento sola. Cuando me acomodo contra el respaldo, siento una extraña brisa que refresca el ambiente. El aroma de margaritas me envuelve.

El hombre me mira a los ojos y , de verdad, me ve. Y lo ve todo. Me pide que lo deje salir. Que se lo entregue. Cada vez estoy más cómoda y mi columna vertebral empieza a ser moldeable. Me duele menos.

Lo saco. Le hablo. Lo digo todo. Se lo doy. Comparto lo que me pesa, lo que me hace hundir los hombros. Poco a poco, pacientemente, saca la pesada losa de mi espalda.

Ya no duele. Las flores me regalan el alivio.

Ya no duele.

La caravana no está. Ni el hombre. Sólo yo, mis pies descalzos y este gran prado lleno de margaritas…

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(…)

El despertador interrumpe mi sueño. ¿Margaritas? Me desperezo con lentitud : estiro mis brazos, estiro mi cuello y, por fin, estiro mi espalda. Es flexible y responde . Se alarga, cruje y reposa.

Abro la ventana . El cielo parece transparente y hay una luz preciosa. Siento, de repente, que no puedo desaprovechar este día. Estoy aquí y es hoy.

De camino a la cocina, en busca de mi café,  me tropiezo con el sofá beige mortecino que decora mi salón. Me golpeo el pie, en el meñique  y siento un dolor intenso que interrumpe mi estado flower power pero, cuando me agacho para frotarme mi dedo pequeño y dolorido, mis manos se enredan con una margarita prendida en el dobladillo del pijama.

Decido que voy a cambiar el sofá. Voy a comprar uno de color blanco.

Me pongo la margarita en el pelo y sonrío.

Ya no duele.

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NB : Las fotos son de Unplash.

El Concurso .

Algo se apoderó de mí. Una corriente de energía maléfica , me recorrió la columna vertebral, de arriba abajo y mis manos cobraron vida propia.

El cuchillo me parecía un arma poderosa .Enfebrecida por ese poder maligno que me estaba absorbiendo, me relamí en el proceso. Introduje el filo, haciendo saltar la carne tierna y hurgué, removí y agujereé hasta que me pareció que la hendidura era lo suficiente profunda.

Para que quedara más grotesco, encajé una dentadura postiza de vampiro, en la  herida recién abierta…Necesitaba más… Cogí dos chinchetas de filo muy puntiagudo y las clavé para dar forma a las cuencas oculares.

Repetí la operación hasta tener la cantidad suficiente y, después, limpié el cuchillo de la materia orgánica pegajosa .

Mientras hacía desaparecer los restos, me prometí a mi misma que este iba a ser el último año…

Creedme, ya estoy harta de las modas , de los Halloween’s y del estúpido concurso de “Calabazas Creativas” que organiza Paqui, del Departamento de Contabilidad. Cada año me lía : » Presentáte, que tú tienes mucha gracia».  Y aquí estoy, con mi calabaza…

Yo , que soy más de Castañas y Panellets…

Juro que será la última…

Un sofá blanco…

Encontré el sofá el lunes pasado por la noche. Lloviznaba suavemente …Tan delicada era la lluvia que parecía no mojarte pero la leve capa de agua que escapaba del cielo, estaba muy, muy fría. No había sido buena idea bajar la basura a aquella hora de la noche , en pijama y con las zapatillas mullidas de estar por casa…pero de eso, me di cuenta más tarde. Mucho más tarde.

Fueron escasos los minutos que invertí en depositar mis escombros en los recipientes adecuados .Mi espíritu reciclador (Reciclator, era cómo lo llamaba en mi intimidad interior) me ayudaba a realizar un exhausto proceso selectivo de todos mis deshechos y llevaba mis bolsas ya clasificadas para tal menester. La última bolsa a depositar era la del papel, y para ello tenía que desplazarme en línea recta, los diez metros que ocupaban cada uno de los containeres de cada una de las cosas que debíamos separar para su reciclado… Aceites, pilas, vidrio, papel, plástico , orgánico, cápsulas de café, spray…

Los lunes, a partir de las nueve de la noche, se podían sacar todos los muebles y trastos viejos, ya que había un servicio de recogida habilitado para todo el vecindario. Normalmente, me encontraba con ese triste espectáculo del colchón lleno de manchas de origen desconocido ( o mejor , desconocerlo ), o ese mueble de fórmica desconchado, o una silla de mimbre desecha… pero, esta vez, lo que vieron mis ojos fue un imponente sofá de tres plazas que parecía brillar a la luz de la luna.

No sé si serían las gotitas de agua , ya escarchadas sobre la tapicería o mi imaginación que me jugó una mala pasada, pero el sofá , brillaba. Te lo juro. Me atraía como un imán…Al acercarme y observarlo con detenimiento, pude comprobar que no tenía ningún desperfecto y que ni siquiera el color blanco deslumbrante se veía mermado. ¿Quién tiraría un sofá nuevo, por Dios?. Pensé en mi pobre armatoste del IKEA , lleno de manchitas irrecuperables y pequeños surcos allí donde mi cuerpo  lo había moldeado y en , ese momento, Reciclator, mi férreo espíritu reciclador, apareció con toda la furia que poseen los espíritus furiosos. No es una redundancia… es mucha furia.

Esa es la única explicación posible para que yo sola pudiera cargar el sofá de tres plazas y entrarlo por la puerta de mi casa ( ya sé que vivo en la primera planta pero…¿Tú has visto ese sofá?). El Reciclator me dio fuerzas divinas  y no sólo dejé el  sofá en mi salón, precioso y brillante si no que bajé mi pobre dos plazas ( color marrón chocolate) y lo dejé en la zona de los trastos viejos.

Lo estaba admirando, felicitándome por mi buena suerte y apreciando lo bien que quedaba frente a mi televisor. Estaba empapada y dejando un charco de agua , gracias al poder de absorción de mis mullidas zapatillas de estar por casa. Me daba miedo acercarme al sofá para no mancharlo… Entonces apareció mi gata, dándome la Bienvenida tras la expedición nocturna de “Tirar la basura y encontrar un sofá”.

Se detuvo al ver aquel objeto que no le era familiar, en el centro de nuestros salón. Lo olisqueó, recorrió su perímetro, lo volvió a olisquear… Entonces toda ella se arqueó dramáticamente y dejó que su suave pelaje se levantara , en plan puerco espín. Y mira que eso es raro. Missy es ( perdón, era), una gata amistosa y muy cariñosa. Nunca se había mostrado así ante nadie ni nada …

Bueno, miento. Una vez  me dejaron al cuidado de un amable cachorro de pastor alemán , durante apenas 48 horas y Missy ( nunca he sido original para esto de los nombres, lo sé) se volvió loca pero… nunca más, la verdad. Eso me tenía que haber hecho sospechar pero… ¿Cómo iba a pensar yo…? …

La cogí en mis brazos y acaricié su cabecita peluda. – Tranquila , solo es un nuevo sofá– le murmuré al oído…

Esa fue la última vez que la toqué…¡Pobre Missy!.

Ya con la urgencia de sacarme el pijama y las chorreantes ( y mullidas zapatillas), la lancé suavemente al centro del sofá blanco y brillante .Y , ¿qué pasó?… Se oyó un gran “Flop” y Myssy desapareció como engullida por el maldito sofá.

No te puedes imaginar que espanto. No me saco ese “Flop” de la cabeza.

Grité su nombre pero el sofá no me devolvió a Missy. Aterrada, cogí un libro que tenía encima de la mesa. No te creas que uno cualquiera… Era el tocho de los “Pilares de la Tierra”. Bien grande y hermoso…y visible. Lo tiré al sofá y ¡desapareció!. Lancé un cenicero, un jarrón de Murano ( especialmente feo . Ese que me había regalado mi cuñada), el mando de la tele ( si ya sé que eso fue una estupidez) y , por fin, las chorreantes y mullidas zapatillas… El sofá se lo zampó todo. No dejó ni las migas…¿Entiendes ahora por qué te llamo pidiéndote ayuda?. Llevo una semana en una habitación de hotel, esperando que llegué de nuevo el lunes y pueda volver a sacar el sofá maldito del salón de mi casa…

Sólo se pueden tirar los trastos viejos el lunes por la noche y yo sola, no podré sacarlo…

¿Puedes venir a ayudarme?…

 

Foto : Sofá diseño de Lila Lang.

Cantando…

Su armónica voz atraviesa la calle y entra por mi ventana. Después, se desliza en mi cerebro, suavemente, haciéndome abandonar el mundo de los sueños. Unooo, Doosss, Treess, Cuatrooo, Cincooo.

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 En el seisss ya suelo estar despierta. En el doooceee me estoy tomando mi café matinal, reposadamente, esperando el treeecee y la espectacular cadencia del quiiiinnnce

Tras el veintiuuuno, ya estoy duchada y vistiéndome para salir de mi pisito. Recuerdo la sensación de bienestar que me invadió cuando el agente inmobiliario me enseñó aquel coqueto piso de alquiler. Era un tesoro. Luminoso, pequeño, precioso. Precisamente lo reducido de su tamaño era uno de los inconvenientes para su renta rápida, pero a mí me iba bien y la terracita interior tipo Soho, acabó por convencerme.

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El mismo día de la mudanza y ya firmado un alquiler para diez años, el amable agente inmobiliario me advirtió de la presencia de una vecina un tanto especial. “Te va a cantar las cuarenta “, me dijo con una sonrisa extraña. Pasé todo el día un tanto nerviosa. ¿Habría una inquilina agresiva? ¿Ese era el motivo de que aquel pisito mono y a buen precio estuviera libre?

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 Treintaytrrrreeeessss. Oigo el treinta y tres, es mi número preferido sin duda alguna…La respuesta al enigma llegó por la mañana. A las ocho en punto, la hora en la que tengo programada mi alarma en el iPad, una voz dulce y armoniosa me despertó. Por el tipo de edificio y cuestiones de resonancia, el canto parecía estar en el interior de mi piso. Uno, dos, tres y así hasta el número cuarenta. Mi vecina cantaba los cuarenta números con un magnífico tono de soprano.

Ya me he acostumbrado y, confieso, que me gusta…

Cuarentaaaaaaa.

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NB 1 : Expresión coloquial

Cantar las cuarenta:  se utiliza cuando alguien amenaza con reñir o abroncar a otra persona por algo que ha hecho, y normalmente con tanta razón que el regañado no tendrá excusa para defenderse ante las acusaciones recibidas.Su origen data de un juego tradicional de cartas español: el tute. En el juego,  el jugador que logra el caballo y el rey del palo (oro, copa, espada y basto) debe cantar en alto los 40 puntos obtenidos. Durante el juego , la expresión “te voy a cantar las cuarenta” , se usa también para amenazar a los otros jugadores con la posibilidad de lograr la máxima jugada.

NB 2 : Las fotos son de un estudio en Brooklyn …

 

Tampoco importa si vuelve…

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Se ha puesto su viejo abrigo de lana verde. Es de un tono apagado, igual que el color de su pelo, de su piel…

Como cada tarde, está sentada en un banco del parque que hay frente a su casa. A su lado, hay un termo con un poco de chocolate caliente que le ayuda mitigar el frío por dentro, cuando se desliza por su garganta y , por fuera, cuando lo abraza con sus manos para infundirse calor.

No hace nada. Al principio, esperaba pero fue pasando el tiempo…Ahora, ya no espera. Sólo observa.

Sus ojos registran los gestos, las voces, el paso de los caminantes. De vez en cuando, se queda ensimismada con los pájaros que se posan en las ramas del sauce bajo el que está su banco o en el fluir de las hojas secas, que caen en suave cascada pero… lo que más le interesa son las personas.

Esa pareja de amantes que camina, con las manos entrelazadas. Ese susurro, a medio camino entre el oído y los labios que se transforma en un suave beso.

Esa madre y sus tres niños que juegan entre la hojarasca y que ella observa, a su vez, embelesada. El más pequeño, se acerca a ella y le entrega un ramo de hojas secas, bellamente dispuestas en un ramillete. La madre sonríe, lo abraza y desordena los rebeldes rizos de aquella criatura diminuta.

Su mirada se posa en la mujer que llora en el banco de al lado. Esa mujer. No la ha visto sentarse pero sus lamentos llegan, arrastrados por el viento, y la mira. Sostiene en sus manos un papel arrugado, que de vez en cuando, alisa y vuelve a leer y entonces, el llanto se transforma y es más profundo, más desesperado.

Abre el termo y se sirve un vasito de chocolate caliente. Se lo bebe para entrar en calor pero no disfruta de la seda dulce y cremosa del cacao, ni de la sensación reconfortante que recorre su cuerpo pero que ella, no siente. La mujer que llora se levanta y camina. Pasa junto a la madre que sigue jugando con sus niños, rodeada de risas.

Ellas, sienten. Ella, sólo observa.

Ya atardece. El termo ya no le da calor. Ya no queda chocolate y nadie pasea por los caminos.

Hoy, tampoco vendrá. No lo esperaba porque ella ya no espera, sólo observa,  pero se levanta, sabiendo que debe volver a su casa vacía antes de que la noche invada el parque.

Ya han pasado tres años desde el día que la encontró en aquel banco, desgarrada de dolor. Había conocido el amor y la felicidad intensa, pero en un doloroso instante lo había perdido todo. Cuando la llamaron y le dieron la triste noticia,  dejó caer el teléfono y empezó a llorar. Salió a la calle, incapaz de soportar estar en su hogar destrozado y empezó a correr hasta llegar al parque. Extenuada, se dejó caer en el banco. Ese banco…

Y apareció aquel hombre vestido de negro con su extraño maletín. Se sentó a su lado y le ofreció la posibilidad de no volver a sentir jamás. La tomó de la mano y, al instante,  notó que su alma dejaba de dolerle.

Puedo hacer que sea así para siempre”, le dijo mientras ella se apartaba de su caricia, asustada. Entonces, al cesar el contacto, el dolor intenso de la pérdida volvió a ella y la sacudió con violencia.

Dolía tanto, mucho, más.

Él le tendió la mano de nuevo y ella se aferró a él, dispuesta a aliviar el desgarro. Pensó que ya lo había sentido todo, lo bueno y lo malo. Lo que la colmaba y lo que la dañaba. Y era tanto el dolor infinito que no quería volver a sentir.

Nada.

Ese nada total y absoluto.

No le soltó la mano. Ella aceptó y el hombre la besó suavemente. En el instante que sus labios se posaron en los suyos y su respiración se fusionó, notó como la tristeza la abandonaba.

En ese momento, no le importó que también se fugara la alegría…

Cuando abrió los ojos, el hombre de negro había desaparecido. Y, ella… Ella ya no sentía nada.

Nada.

Un escalofrío recorre su cuerpo al recordar pero es una reacción física. No hay ningún sentimiento… Se levanta por fin y camina hacia su casa.

Hay algo minúsculo, diminuto, casi ahogado entre esa masa de insensibilidad que le hace observar a esa pareja de enamorados, a esa madre con sus hijos, a esa mujer que llora…¿ Qué habrán sentido? Y esa misma pieza microscópica de su alma, es la que insiste en observar pero…esperando.

Esperando al hombre de negro con su extraño maletín para pedirle que le devuelva su sentir aunque… No importa que él no haya vuelto por allí.

Tampoco importa si vuelve…

N.B: La incapacidad para identificar las emociones y expresarlas, es un desorden neurológico denominado Alexitimia.

El autobús dorado que solo veía el abuelo.

Recupero este texto  del 2011…

Es tierno… Para contrarrestar a La Asesina del Pollo … ; – )

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Rogelio Rojo Reja había nacido en el autobús número 27 de la Línea 2 , casi llegando a la calle Balmes de Barcelona. Y digo casi, porque el conductor tuvo a bien parar el autobús, en medio de la calzada , a un semáforo de esa calle y ayudar a la madre de Rogelio a dar a luz ..

Rogelio, que así se llamaba el señor conductor , fue el que sostuvo los delicados hombros de Rogelio Jr y lo giró y estiró y lo sacó del interior de su madre para darle la bienvenida al mundo, en un autobús viejo y desvencijado. El niño lloró como un poseso, inundado sus pulmones del aire que había en el autobús, rodeado de los escasos viajeros que hacían la ruta del 27, a las 5:30 a.m . En aquella mañana fría de invierno, Rogelio se convirtió en una anécdota enternecedora que explicarían a sus hijos y a sus nietos. Siempre recordarían la oscura madrugada en la que vieron nacer a un niño en un autobús…

Rogelio nunca se sintió diferente por haber nacido en un autobús. Desde muy pequeño, había hecho la misma ruta con su madre una y otra vez y sabía el lugar exacto en el que había hecho su aparición estelar en el planeta. Incluso, antes de que desguazarán el autobús , el tío Rogelio, su chofer durante tantos años, había conseguido los dos sillones en los que su madre lo había parido . Los conservaban en el garaje, bien lustrados y brillantes.

El día que cumplía 18 años, Rogelio estaba en la esquina, a unos metros de la calle Balmes ,donde el tío Rogelio había estacionado el vehículo y él había nacido, celebrando su mayoría de edad. Hacía dos años que faltaba su madre y desde su desaparición aquel ritual de ir a aquella esquina y observar la circulación, la calle y a las personas que caminaban había cobrado un sentido diferente. En aquel lugar se sentía conectado a ella…Estaba ensimismado, reflexionando sobre que decisión tomar en su vida en ese momento tan trascendental. Quería estudiar derecho en la Universidad pero también le atraía la Sociología. Estaba hecho un lío. Además, la chica por la que bebía los vientos iba a hacer Psicología y esa facultad estaba en el mismo edificio que la de Sociología y…Sus ojos detectaron un destello. Un autobús ascendía por la calle, en dirección Balmes y el sol incidía en la carrocería de forma que parecía envuelto en un halo dorado. Rogelio lo contempló fascinado y casi se le detuvo el corazón cuando vió cómo el autobús estacionaba en la esquina. No se abrieron las puertas, ni había nadie en su interior. En el lateral que quedaba frente a su mirada, había un gran anuncio de relucientes letras y luces de neón que decía: “Derecho en la Autónoma”. El autobús reemprendió la marcha y se perdió calle arriba mientras Rogelio recuperaba la respiración sabiendo, ya , que iba a estudiar la carrera de Derecho. Y en la Autónoma.

Al año siguiente, el suceso se repitió. Apareció el autobús dorado con un mensaje concreto : «Quédate en España». Y Rogelio rechazó una beca para un intercambio en una ciudad europea que se vio arrasada por un terremoto. El epicentro se produjo en las inmediaciones de la Facultad de Derecho…

Año tras año, Rogelio acudía a aquella esquina el día de su cumpleaños y año tras año, el anuncio del autobús le guiaba en las decisiones que debía tomar . Escogió un trabajo en un bufete pequeño aún teniendo la posibilidad de trabajar en uno de renombre. Al poco tiempo, el gran bufete se vio afectado por un gran escándalo que hundió la carrera de los abogados que allí trabajaban. Su despacho ganó reconocimientos internacionales en temas de Derecho Medioambiental y Rogelio se convirtió en una figura de gran prestigio en este campo. Se casó con una finlandesa, enamorada de la ecología ,aunque a punto estuvo de dejarla escapar…pero el anuncio del autobús le mostró hasta el anillo de compromiso que debía regalarle. Rogelio conoció el amor y tuvo dos niños preciosos, Rog y Elio, que lo hicieron inmensamente feliz.

Vendió las acciones que había heredado cuando se lo indicó el autobús y consiguió una considerable fortuna. Dejó su trabajo en el momento indicado y se dedicó a escribir. El título de su primera novela, basada en una trama de desastres medioambientales que fue best-seller mundial, también fue cosa del autobús…

Pasó el tiempo, sus hijos se casaron y su querida esposa falleció. La pena lo dejó agotado , hasta que el autobús le anunció que volvería a ver a su finlandesa y que estaba bien. Tuvo tres nietos a los que les explicaba la historia de su nacimiento en el número 27 de la Línea 2, a unos metros de la calle Balmes y que lo acompañaban, el día de su cumpleaños, a ver el autobús dorado que sólo veía el abuelo

Rogelio envejeció rodeado de cariño y nunca dejó de acudir a su cita de aniversario. Los niños ya habían crecido y ya no les divertía aquello de estar en la esquina, viendo al abuelo con aquella gran sonrisa y la mirada perdida, mirando algo que nadie podía ver así que llegó un día que Rogelio volvió a ir sólo, sin hijos ni nietos .

Lo vieron feliz cuando los abrazó y se despidió. Nunca más supieron de él.

Los que estaban en aquella esquina , no repararon el aquel anciano de gran sonrisa y semblante sereno, que se esfumó en el aire como por arte de magia. Nadie vio el autobús dorado que se paraba en la esquina, con un gran anuncio que decía : “Bienvenido.” Ni se percataron de cómo Rogelio subía a él y se abrazaba a los viajeros. Su madre, el tío Rogelio y su querida finlandesa…

A unos metros de la calle Balmes, el autobús se perdió en el horizonte…Dejó una estela dorada pero…casi nadie la pudo ver . Los que sintieron aquel destello momentáneo , aseguran que era el autobús número 27 de la Línea 2.

La Bicicleta.

bici

No escaparas.

Oí su voz estridente a mi espalda y corrí más, más y más… Sólo tenía que llegar al punto en el que me habían dejado el vehículo para la huida. La calle estaba muy oscura y era estrecha. Oía mi respiración, oía sus resuellos.

Entonces, a lo lejos, me pareció ver la ventana con el enrejado de hierro …Llegué a la bicicleta con el ímpetu de la carrera. Vi que era de carretera. No el tipo holandés, con el cuadro bajo. No. Ni siquiera era uno de esos modelos urbanos de alquiler. No. Era una bicicleta de carretera, de las de verdad.

Visualicé lo que iba a pasar antes de que sucediera. Mil veces me había caído al no conseguir que mi pierna pasara por encima del puto cuadro triangular. Alcé la pierna, topé con aquella pieza tubular, pasé por encima y poco a poco, como a cámara lenta, fui cayendo hacia el suelo con la bicicleta entre las piernas.

Te tengo.

Lo miré a los ojos. Nunca pensé que tendría ese aspecto ni que al final me atraparía. El plan para escapar del destino había fallado estrepitosamente. Había estado a punto, pero… la bicicleta era de carretera…

Foto de Anárion Photo

 

Rojo

He encontrado una vieja carpeta con un texto que escribí en 1990.  : Rojo .

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El protagonista de ROJO se llamaba Eusebio.

El hombre, habitante de un pequeño pueblo, tenía una debilidad cromática. Todo lo que le rodeaba era rojo…. Vestía de rojo, su casa era roja, los objetos ( tazas, botas de vino, vasos, etc.) también rojos.

Vivía de crear tallas de madera que pintaba de rojo, sólo bebía vino tinto , comía alimentos “rojos” y no se pudo casar nunca porque quería que su futura esposa vistiera de rojo el día de la boda… Aún con esta debilidad por el color rojo (“Roja es la sangre, rojo el corazón. ¿Qué hay más importante que el rojo color? Rojo es el amor, roja es el alma. ¿Aún dudas que el color rojo no tiene importancia?” Tela la frasecita que puse en boca del protagonista), Eusebio era feliz. Nadie en el pueblo lo marginaba o lo trataba diferente por esa manía con el rojo. Al contrario, era una persona  muy querida por sus vecinos…

El relato, de 11 páginas mecanografiadas, sigue con la llegada al pueblo de un nuevo médico tras la jubilación de su predecesor.  Y ahí llega el Doctor Juan Blanco ;- )… Se queda maravillado con la supuesta patología (“La monomanía cromática” ) de Eusebio y lo convierte en su sujeto de estudio. Lo somete a mil pruebas y , a medida que las va realizando, Eusebio,  extenuado va perdiendo vigor… Se va marchitando.

El clímax del relato es la escena en la que Eusebio Rojo es observado como un conejillo de indias en un congreso médico. El Doctor Juan Blanco ya ha conseguido la fama al etiquetar y describir esta nueva patología y aun viendo que el pobre Eusebio está cada vez peor, sigue utilizándolo.

El pueblo entero, vestido de rojo, irrumpe en la sala de la ponencia y rescata al pobre hombre. Evidentemente,  a las pocas semanas de retomar su vida, vuelve a ser el Eusebio de siempre.

El relato acaba así:

El Doctor Juan Blanco se instaló en un confortable piso de la ciudad. Su vida había cambiado : entrevistas en la radio, publicaciones en las mejores revistas científicas, conferencias en la Universidad… Incluso estaba preparando la publicación de su primer libro…

Llegó a su piso muy entrada la noche. Sacó las llaves de su gabardina blanca. Ante sus ojos, apareció un gran salón: paredes blancas, sofá blanco, cuadros blancos, chimenea blanca…

Se sentó en su sillón blanco de piel y se sirvió , en un vaso blanco, un poco de leche fresca.

Recordaba las palabras de su mujer. ”Qué manía tienes con lo blanco! No paro de limpiar” Ni tan siquiera el día de su entierro se había puesto una corbata negra…

Sumido en sus recuerdos, el Doctor Juan Blanco se introdujo en las blancas sábanas de su cama blanca y se quedó profundamente dormido…

Pues bien, este relato fue ampliamente analizado por un escritor profesional ( muy amigo de Cela y al que le debo haber conocido al Premio Nobel). Su opinión me hizo comprar,inmediatamente,  el María Moliner e intentar  aprender a escribir . Junto con el relato, he encontrado su carta ya muy maltrecha ( se ha quedado pegada en la carpetita de plástico en la que ha estado guardada 26 años) y no puedo evitar reproducir lo que aún se lee…

Pura nostalgia…

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Chubasquero amarillo, botas azules.

Aviso Urgente: Se busca mujer de mediana edad, ataviada con un chubasquero amarillo y unas botas de agua de color azul.

Zona Puerto.

Paciente del Centro Psiquiátrico Luces.

Telef….

Donde yo vivo, llueve muy poco. Tan , tan poquito que no es necesario tener unas botas de agua . Esta se evapora, rápidamente y tamiza la tierra pero no la encharca…Nunca , jamás, he necesitado unas botas de agua así que considero un fenómeno inexplicable , la irresistible atracción que sentí por esas , las de color turquesa… Me sorprendí a mi misma, babeando delante del escaparate de aquella tienda de prendas de segunda mano. Vintage, me corregiría mi hermana…

Cuando entré, decidida a probármelas, un chubasquero de un color amarillo estridente captó mi atención. Era de mi talla y me lo puse, mientras me calzaba las botas de agua. La imagen que me devolvió el espejo del probador, era impagable. Estaba a medio camino entre un pescador y un payaso… Ridícula en esta tierra seca… No obstante sentí que me daba igual y que tenía que adquirir ambas piezas. Lo hice. Es más, salí de la tienda “vintage” con ellas puestas…

De camino a casa, me encontré con una vecina especialmente odiosa, conocida por saber todo de todos y de todo y criticar a destajo a esos todos. Me inspeccionó, observándome de arriba abajo y con voz despectiva me preguntó por qué llevaba un chubasquero. Sin dar tiempo a articular mi respuesta del cerebro a la boca, me oí decir : Por qué me da la gana, señora. La vecina, tiesa como el palo de una escoba, me respondió que me quedaba horrible y que hacia el ridículo, en un día tan radiante. Y me pasó lo mismo. Mi voz se activó y dije : Me da igual lo que tú creas, vecina cotilla. Seguí caminando, haciendo un extraño chof –chof con mis botas de agua y un suave frus-frus con mi chubasquero. Deseé llegar a casa y , como por arte de magia, me encontré a las puertas de mi edificio…

En el rellano de mi casa, me estaba esperando mi hermana. Por la postura defensiva, supe que su visita era problemática. Me acerqué a ella y me lanzó su discursito habitual sobre asuntos domésticos. Su voz me llegaba lejana. Sentía como todo lo que me decía, me resbalaba literalmente…A su inquisitoria pregunta ¿Me estás escuchando? , mi voz renovada la invitó a irse y le confirmó que lo que me estaba diciendo no me importaba ni lo más mínimo. Un pimiento, para ser más exactos.

Ya en casa, recibí varias llamadas telefónicas. Mi ex, mi ex suegra, mi jefe…Quejas, reproches o amenazas…A todos, les indiqué que no tenía ningún interés en lo que me decían. Cada vez que colgaba el teléfono, me invadía un estado de suprema satisfacción.

Me percaté que durante todo este tiempo, no me había sacado el chubasquero…Acaricié el plástico rígido y brillante y pensé que sería una buena prenda para los lluviosos Highlands Escoceses, por ejemplo. Siempre había deseado ir allí. Y, claro, fue abrir los ojos y estar en el centro de un paisaje verde profundo, con unos acantilados preciosos y una lluvia densa que resbalaba por el cuerpo, enfundado en el chubasquero amarillo.

Empecé a andar, sin saber muy bien qué hacer a continuación cuando mi mirada se demoró en mis chorreantes botas de agua…Pensé que en casa, estaría seca y calentita… Y allí aparecí.

Tarde unas horas en darme cuenta … Lo que me ocurría era tan, tan prodigioso que me parecía imposible. ¿Me estaría volviendo loca? Decidí confirmar mis sospechas: Mi ex. Un ser odioso. Sus palabras me irritaban. Todas. Un simple “Hola”. Lo llamé y provoqué su ira. Como era de esperar, su respuesta fue desmesurada y…odiosa . Lo que siempre me dejaba hecha un ovillo, un mar de lágrimas con ataque de ansiedad incipiente, se convirtió en indiferencia. Lo que me decía aquel tipo me traía al pairo.

La segunda prueba fue más divertida . Me imaginé en Nueva York, París y Tokio y…allí estuve.

Así que, finalmente, me di cuenta que el chubasquero me protegía emocionalmente .Lo positivo, lo seguía percibiendo con la misma intensidad pero lo negativo… resbalaba , literalmente. Y, después, estaban las botas. En realidad, un artefacto mágico para tele-transportarse por el mundo…El único inconveniente era que en el lugar al que me trasladaba, siempre, siempre estaba lloviendo pero tampoco era para ponerle pegas al invento.

Hice de mi chubasquero amarillo y mis botas de agua azules, mi uniforme de vida. Sólo me lo sacaba para dormir…

Al final, consiguieron internarme en este lugar. Al llegar , me vistieron con un horrible camisón de hospital pero, tras una semana simulando ataques de pánico, he conseguido que mi terapeuta acceda a realizar las sesiones con las prendas puestas. Cree que estaré más tranquila y relajada.

Se acerca la hora. Oigo a la enfermera . Abre la puerta y deja mi chubasquero y mis botas a los pies de la cama.”En 10 minutos, tienes la sesión con el doctor”. Cierra la puerta.

Ahora , sólo tengo que escoger un destino.

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NB : Este relato lo publiqué en el 2012. Aún están buscando a la mujer del chubasquero amarillo y las botas azules… Si la veis por ahí, no la delatéis…

De 94.000, nefelibata…

María se eleva. Por fin.

Nadie la creía pero…ahí está, caminando entre las nubes…

 

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Decían los especialistas que estaba en las últimas, que ya no vivía en este mundo… “En las nubes”, allí es dónde ubicaban su conciencia y allí es desde donde nos saluda…

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Esquiva la estela de un avión, se pasea por el cielo y entonces, la vemos acercándose a la luna… Ríe. Se ríe de los que estamos abajo, mirándola.

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Aterriza suavemente en el suelo ante la mirada atónita de los presentes. ¿Veis cómo se puede vivir en las nubes?

 

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NB :  El  Diccionario de la Lengua Española contiene 93.111 palabras ( última edición). Dicen que utilizamos una media de 2.000 al día y suelen ser las mismas. Es más, si curioseamos las páginas de un diccionario actual, nos encontraremos con muchas, muchas palabras de las que desconocemos el significado. Una de mis desconocidas es/era “nefelibata”.

Según la RAE : Formación culta del gr. νεφέλη nephélē ‘nube’ y -βάτης -bátēs ‘que anda’, y este der. de βαίνειν baínein ‘andar1‘.

  1. Dicho de una persona: Soñadora, que no se apercibe de la realidad
  2. En inglés: cloud-walker. ; – )