La gaviota.

Esta casa está en el barrio de Prati, en Roma, en la orilla derecha del río Tíber. 

Está decorada con pinturas de pájaros en los frisos. 

Y coronada por golondrinas. 

El amor por las aves se hace tan evidente en su fachada, que he estado varios días, pensando que la gaviota que estaba posada en el techo era una escultura. La veía siempre. Inmóvil. En la misma posición.

Me gusta el edificio y los detalles que lo hacen peculiar, así que decido hacer las fotos.

Y entonces, le hago zoom a la gaviota.

Parece que se mueve. Y lo hace. Y como si supiera que la estoy fotografiando, alza el vuelo.

No era una escultura…

Via Margutta.

Via Margutta es una calle pequeña, con galerías de arte y tiendas de antigüedades.

Allí vivieron Federico Fellini, Puccini, Anna Magnani o Picasso. 

Al número 110 esta calle, llegó Pablo Ruiz Picasso en 1917 e instaló el estudio donde pintaría los decorados del ballet ‘Parade’. 

En el número 51, vivía Joe Bradley en la ficción.  Gregory Peck fue quien le dio vida y enamoró a Audrey Hepburn en la película ‘Vacaciones en Roma’. Y en la La Fontana delle Arti en 1953, la actriz se refrescaba en las pausas del rodaje. 

Es paralela a la Via del Babuino, la calle que va de la Piazza del Popolo a la Piazza di Spagna.

Artistas y arte.

Roma diversa.

No es mi primera vez en Roma y, aun así, no ha dejado de sorprenderme su belleza de piedra y esa triste decadencia que, a la velocidad que va, puede ser su perdición. La Ciudad Eterna será la del pasado, la del presente está sucia, desordenada, dejada y duele en el alma. Pero es tal su potencial que, entre basura, gente durmiendo en la calle, obras y caos circulatorio, pervive esa magnífica vivencia inmersiva en el arte y la historia. Es fascinante en su contradicción. 

Éramos multitud recorriendo el Trastevere, el Coliseum, el Vaticano, La Via del Corso o Condotti arriba y abajo, Piazza di Espagna, la Fontana di Trevi… Todo lo que es mito turístico que sí, es turístico, pero también mítico. Me llevé la cámara de fotos y me encontré a muchos como yo, pero minoría entre smartphones y palos de selfie. Tengo en mi fototeca las fotos más típicas, pero como ya son millones y millones las que se han hecho del mismo sitio, en el mismo plano y mejores que las de esta aficionada, voy a publicar otras fotos.

Esta foto es de la pared que da, frontalmente, a la Fontana di Trevi y anuncia la temática del comercio que acoge: “Tipografía”.

La puerta al viejo taller de impresión está en el lateral. Ese día, estaba abierta de par en par y se veía a dos ancianos, que hablaban tranquilamente sin reparar en los turistas que pasaban por ahí, sentados ante un viejo escritorio, casi desaparecido bajo montones de papeles, pero en la que destacaban dos tazas de café. Al fondo, las también viejas máquinas de impresión, que parecían de la época de Gutenberg. En el escaparate, con una pátina de polvo, un vasto ejemplo de invitaciones de boda, menús, tarjetas… 

Esta foto os la tenéis que imaginar. No la hice por respeto a esa conversación íntima, que trasmitía cercanía y sencillez, tan contradictoria con la riada humana que pasaba por delante en dirección a la famosa fuente.

Aquí un modesto y minúsculo negocio de take away

Take & vai.

Ese “vai “fantástico de Gino…

¿Preparados para dar otra vuelta al sol? 

Foto de Selvan B en Unsplash

Este año, completaremos la ruta en 366 días por lo que tenemos año bisiesto. Me alegro por todos los que cumplen años el 29 de febrero, como mi amiga Mercè, que, además, calcula su edad de cuatro en cuatro años. Es joven de forma totalmente objetiva y eso, no se le puede negar. Las cosas como son.

Foto de Drew Tilk en Unsplash

Además, y si todo va bien, veremos doce veces la luna llena. Y cuatro, serán superlunas. Este año , que está a punto de llegar, quiero hacer una foto de cada luna llena y espero, poder escribir que las cosas, por aquí abajo, están mucho mejor. 

Ese es el deseo para el 2024:  que nos vaya mucho mejor. A todos y en todos los cielos desde los que se ve la luna.

¡A por esa nueva vuelta al sol!

Foto de Behnam Norouzi en Unsplash

Observación.

El petirrojo que visita mi casa es antisocial. En temporadas anteriores, se dejaba ver, se acercaba peligrosamente al humano encandilado y, sobre todo, se dejaba hacer fotos.

Este año, juega conmigo. Lo veo desde la ventana de la cocina. Siempre está visible cuando no tengo la cámara cerca o mis manos no están operativas así que esta mañana, he montado un puesto de observación delante de la ventana. Un taburete, la cámara y paciencia. Lo he visto entre los árboles y volando muy deprisa y en diagonal, sin tiempo para el disparo.

Paciencia.

La mañana es especialmente silenciosa y, mientras espero al petirrojo, me invade una sensación serena. Percibo como debe ser la experiencia de los profesionales de la fotografía de aves. El otro día, vi un reportaje y el fotógrafo explicaba la sensación de calma mientras esperaba en uno de los observatorios naturales y, la satisfacción cuando conseguía las fotografías, bellísimas e impactantes. 

No tiene nada que ver mi cámara (esos teleobjetivos son increíbles), ni el lugar (la naturaleza en su caso, mi cocina en el mío) pero los dos tenemos un taburete y estamos esperando que el pájaro aparezca. Hay un punto de emoción cuando parece que lo puedes enfocar, pero cuando ya casi lo tienes, vuela. Es lo que tiene tener alas.

Paciencia.

Lo detecto entre los árboles. Ahí es dónde debe estar su casa. Una mancha rojiza lo delata, pero no se muestra para la foto. Finalmente, lo pillo. No como me gustaría, pero se aprecia su pecho rojo. 

No se me ha acabado la paciencia, pero si el tiempo de observación. Se me ha agotado la batería y tengo que hacer cosas y, como era previsible y muy al estilo Murphy, cuando paso por delante de la ventana, lo veo perfectamente, muy fotografiable, quieto en una rama, de frente, mirándome directamente. Le hago una foto mental. La única que puedo hacerle…

Pues eso, el petirrojo es antisocial y gamberro. Y lo sabe.

NB: En cambio, el mirlo, que no me interesaba, no ha parado de posar….

Pobre abeto.

Me regalan un mini abeto navideño. Al principio, creo que es de plástico porque está completamente recubierto de nieve artificial (esa que se hace con poliestireno, que es otro tipo de plástico) pero, al tocarlo, descubro que es un abeto natural. 

Se han pasado con el poliestireno y aquello parece una nube de algodón que tapa y asfixia al árbol. Me he pasado un buen rato desenganchando esa nieve de mentira que tan mal conjunta con esta Barcelona de temperaturas casi primaverales. Lo he hecho con cuidado porque me iba llevando pinaza y ramitas que, sorprendentemente, olían a pino. Aún ha quedado algún rastro del plástico persistente.

Finalmente, lo he trasplantado a una maceta que decoré hace años y que estaba olvidada en el trastero. El título de esta maceta y de un cuadro que la acompañaba era “Flores Marcianas”. Le pega, la verdad, porque ese pobre abeto tenía una pinta un poco marciana…

Poinsettia’s Killer.

Me he enterado que la Poinsettiaes de origen azteca y que su nombre , cuetlaxochitl, significa «la flor mortal que fallece y se marchita como todo lo que es puro».  Aunque sea un renegar de su origen, me alegro que se quede en «Flor de Pascua» porque es muy difícil pronunciar cuetlaxochitl.

Foto de Charlotte Cowell en Unsplash

El diplomático Joel Robert Poinsett, embajador de Estados Unidos en México de 1825 a 1829, conoció la también llamada Flor de Nochebuena cuando una Navidad,  visitó  la Iglesia de Santa Prisca, engalanada con las flores . Poinsett ayudó a difundir la planta, enviando ejemplares a varios de sus amigos horticultores y a muchos jardines botánicos de Estados Unidos y Europa.

Foto de Jessica Fadel en Unsplash

Lo que más me ha llamado la atención,  es que el significado de la palabra azteca: «flor que se marchita».

Foto de Charlotte Cowell en Unsplash

Nunca más me sentiré culpable cuando se me muera la Poinsettia.

Era su destino , pensaré. Y es que este año, voy a batir mi record de Poinsettia’s Killer. No llevan ni una semana, y ya se me están cayendo un montón de hojas y tienen pinta de desanimadas. En fin, como su nombre indica, simplemente siguen su camino…

Packaging reflexivo.

He estado preparando unos regalos. 

Foto de Elena Mozhvilo en Unsplash

Me he dedicado a sacar todos los plásticos en los que están envueltos o protegidos: sobres, sobrecitos, bolsas, bolsitas y papel burbuja. La cantidad de plástico sobrante es abrumadora. Y digo “sobrante” porque hay más plástico conformando los propios regalos. Ese no lo puedo evitar. El que he apartado para reciclar, simplemente, sobra.

Foto de Katie Azi en Unsplash

En mi afán de crear un packaging sostenible, he envuelto los regalos con papel tipo kraft y los he cerrado cuando he podido, con cuerda y si no, con un poquito de celo. Tengo el tradicional pero ya hay cintas de celo ecológico… Sólo ha sido un poquito. Los lazos y las bolsas también son de papel. 

Foto de Element5 Digital en Unsplash

El plástico forma parte de nuestras vidas- ahora mismo escribo sobre un teclado de policarbonato que es un tipo de plástico- y en muchas de sus aplicaciones, nos ha hecho la vida más fácil, pero, en esa carrera eufórica y un tanto histérica de consumo, hemos ido avanzando hacia un uso desaforado. Así que, vivimos invadidos de plástico. Del que vemos y del que no vemos al que llaman “micro”. Los microplásticos están en los océanos, en nuestro organismo, en el medio ambiente y no deberían estar ahí. Es perjudicial en todos los ámbitos.

He acabado de engalanar los regalos. Dejo las tijeras con mango de plástico, en la caja de plástico donde guardo las cosas de envolver. 

Foto de Marissa Grootes en Unsplash

NB: Solo el 9 % de los desechos plásticos se recicla. El que se desecha como residuo, se suele incinerar, contribuyendo a la contaminación y al cambio climático. O directamente va a vertederos y de ahí…a vete tú a saber.

Se estima que entre 19 y 23 millones de toneladas de desechos plásticos terminan cada año en lagos, ríos y mares. Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Informe “Ahogarse en plásticos. Basura marina”

Foto de Naja Bertolt Jensen en Unsplash

Píldoras navideñas.

Personalmente, creo que aún hay tiempo para la Navidad, pero, no sé qué pasa, que hay como un acelerador de días, escondido en alguna parte, que hará que no me dé cuenta y ya esté aquí.

Para una buena adaptación, ahí va una dosis de fotos navideñas.

Foto de erin mckenna en Unsplash

Foto de Mel Poole en Unsplash

Fotos de Annie Spratt en Unsplash

Foto de Kier in Sight Archives en Unsplash

El abridor.

Hace tiempo que tenía pendiente un día de orden y concierto en la cocina. Sacar todo de los cajones, limpiar, seleccionar y ordenar.

Al fondo de un cajón, encuentro un viejo abridor. Es uno de esos objetos sencillos y viejos que siempre me resisto a tirar. Tiene forma de fruta o hortaliza, porque nunca he sabido que era esa figura de madera. La parte metálica funciona como un reloj suizo de precisión. Hay abridores que se deben reposicionar o con los que cuesta encajar la pestañita en la chapa, pero este no. Se adapta a la perfección y a la primera.

Su ubicación original era junto a la nevera, en una estantería, para que la operación de “coger botella-abrir botella” fuera fácil y ergonómica. A su lado, había un recipiente de latón dónde se tiraban las chapas.

Este abridor con forma desconocida pero amable, lo han tocado muchos amigos.

Ha estado en muchas celebraciones, de las importantes y de las que solo son por reunirse sin motivo alguno. Ha funcionado en verano e invierno. Con cerveza, cola, naranjada, limonadas, agua con gas, bitter y todo lo que se dejara abrir.

No he podido incluirlo en la selección de utensilios que no utilizo para tirarlo porque, es verdad, hace tiempo que fue remplazado por un abridor-imán que está en la puerta de la nevera, pero su uso continuado año tras año, le da la categoría de abridor legendario de la familia.

Lo dejo en la vieja estantería. Por la tarde, con la cocina ordenada y la satisfacción de haber cumplido con mi objetivo a lo Marie Kondo, decido tomarme un agua con gas, con mucho hielo. Veo el viejo abridor, y en vez de utilizar el que está en la puerta de la nevera, abro la botella con él. 

Al oír el chasquido del gas que se escapa, como si de un conjuro se tratara, se abre un mundo ante mis ojos. Son comidas, cenas, conversaciones, fiestas, momentos familiares…Desfilan ante mis ojos, un sinfín de escenas preciosas por la gente que hay en ellas. Cuando suelto el abridor, todo desparece. Me queda una sensación de paz inmensa. También de alegría. 

Cojo otra botella y la abro. Se suceden más momentos felices y agradables que configuran mi vida. Y sigo abriendo todo lo que hay en la nevera, asombrada por la cantidad de cosas que había olvidado y, también fascinada, porque la mayoría de las veces, las cosas más maravillosas son muy simples: conversaciones agradables, emocionantes y divertidas, abrazos, juegos, risas, bailoteos…

No puedo desprenderme del abridor con forma de hortaliza desconocida. Está en la estantería, en el lugar que le corresponde al lado de la nevera y cuando tengo algún momento de bajón, allí me voy y abro mi mente a los momentos felices olvidados.