Ciclos.

De todo lo bonito que había para fotografiar, como este callejón, a mí me dio por el solar en ruinas que, supongo, en breve se convertirá en un bloque de pisos.

Me gustó ese color azul celeste desvaído. Y el ocre, destacando entre la desolación…

Llámame rara, pero vi belleza en los signos del pasado tan evidentes en esas paredes… Supongo que si algún día vuelvo, veré un edificio —ya no sé si bonito o feo— del que saldrá una madre atareada con sus niños, mientras en el piso tercero una mujer riega los espléndidos geranios de su terraza…

Ciclos.

La melodía de la casa.

Mudanza.

Mi partitura hogareña, a la que estaba acostumbrada, la reconocible de siempre, ha cambiado.
La puerta del trastero, con una nota especial, sostenida al cerrarse.
Ese extraño «cloc» que se oía de vez en cuando y parecía provenir de la parte trasera del lavavajillas.
La madera del suelo, con un tenue crujido al pasar, sobre todo en el pasillo que llevaba al recibidor.
Las persianas del comedor que, al bajar, acababan en un traqueteo flamenco.
El suave tic-tac del reloj de la cocina.
Los pasos rápidos de la vecina, yendo a sacar la ropa de la lavadora, y el posterior fru-fru, con olor a suavizante, al tenderla.
Fue música preciosa.
Ahora empieza otra partitura.
Nuevas melodías por aprender…