Romance.

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Ya sé que pensaréis que padezco algún tipo de obsesión. Sin conocerme, igual me tildáis de maniática, o neurótica, o esas otras etiquetas que utilizáis cuando algo no se ajusta a los parámetros normales. Pero a mí me da igual. Siempre he creído que nadie puede medir la normalidad. ¿Cómo van a hacerlo si todos somos diferentes?…

Mi diferencia, lo que me aparta de ese patrón de los seres humanos normales, es algo que no hace daño a nadie. Ni siquiera a mí misma. Al contrario, me reconforta. No entiendo por qué mi cuñada me mira de esa forma tan extraña cuando me apresuró a ubicar la pila de revistas de decoración, en el lugar exacto de la mesita de centro. ¡Me encanta la decoración!

Colecciono todas las publicaciones sobre el tema y me encanta dejar unos ejemplares con lo que más me ha llamado la atención en mi preciosa mesa de centro (es un antiguo telar restaurado). Mis cosas, deben estar situadas en las coordenadas exactas. En los lugares correctos. Soy yo la que determina cual es la posición de las revistas, los platitos incas, el jarrón japonés, las velas aromáticas, el mando de la televisión… Mis libros están ordenados por orden alfabético del autor y con un suborden por tamaño del ejemplar para no desequilibrar la armonía de la estantería… Mis víveres están clasificados por tipo y fecha de caducidad y todas las latas y envases deben situarse con las etiquetas en la zona frontal.

Todos los objetos están en dónde deben estar en La República Independiente de Mi Casa. Y cómo bien dicen los señores de IKEA, mi casa es m-i   c-a-s-a y si quiero tener el cajón de la lencería ordenado por tonos cromáticos y ocasiones de uso (para diario, para sexo, para la regla, para ir ceñida, para el gimnasio…), lo tengo. Y punto. ¿Qué más da? Así que cuando llega mi cuñada, de exuberantes piernas rematadas por tacones que joroban mi preciosa tarima y se sienta en mi sofá, no sin antes lanzar los cojines (que le molestan) aquí y allá, debo contar hasta diez para no volver a colocarlos en su sitio. Cuando se pone a manosear mis revistas que deja por encima de la mesa, encima de los platitos incas, me sumo en un estado zen para no lanzarme sobre ellas (las revistas) y volverlas a apilar en la esquina derecha del cuadrante inferior… Nunca consigo que esas técnicas de relajación surjan efecto y acabo marcando de cerca a mi cuñada, reubicando todos los elementos y sintiendo su mirada de “estás como una cabra” en mi nuca.

Y este extraño día que estoy pasando, me hace pensar que mi cuñada puede estar en lo cierto. He perdido la chaveta en algún lugar del camino…

Todo ha empezado esta mañana. He abierto el cajón de la cubertería para coger la cuchara de dimensiones perfectas para mi cappuccino, cuando he observado que había un tenedor en el compartimento de los cuchillos. ¿Qué hacía un t-e-n-e-d-o-r en el lugar de los c-u-ch-i-ll-o-s.? Es más, ¿Qué hacía un cubierto mal puesto en un cajón de mi cocina? Inmediatamente, he alargado la mano para coger el tenedor y ponerlo en el lugar correcto. He notado un leve tirón y una cierta resistencia por parte del tenedor, así que me lo he puesto a la altura de los ojos y lo he observado con atención. Lo he agitado en el aire y he comprobado que todo era normal. Cuando lo he dejado en el cajón, me ha parecido que el cuchillo se había desplazado hacia la derecha, así que también lo he colocado bien. Al cerrar el cajón, he oído unos sollozos tristes y desesperados. He mirado hacia el televisor, que creía que estaba apagado. Y lo estaba. Los sollozos se habían convertido en un llanto desgarrado y provenían del cajón. Parecía increíble, pero…abrí el cajón y el llanto cesó de repente.  El tenedor había avanzado posiciones y ya estaba con las cucharas. El cuchillo se había desplazado hacia el extremo del compartimento. ¡Qué raro! pensé en ese momento. Me habré equivocado al ponerlo antes– me dije mientras volvía a poner el tenedor rebelde con los otros tenedores…

Estaba dejando mi taza, perfectamente limpia, en la estantería de las tazas de por la mañana, sección colores fríos (me había decantado por la azul), cuando escuché unos quejidos entrecortados… y el llanto, de nuevo.

Abrí el cajón y se hizo el silencio. El maldito tenedor, había quedado perpendicular al hueco de las cucharas y los otros tenedores. Me enfurecí. El tenedor, por lo que fuera, se rebelaba al orden preestablecido. Me prometí concederle una última oportunidad –dijo el maestro Zen– y lo coloqué con una fuerza superior a la que era necesaria, en el puto compartimento de los putos tenedores. Y cerré el cajón con delicadeza, para evitar posibles desplazamientos no deseados.

Y venga el lloro… He pasado el día intentando olvidar el episodio del tenedor. He ido a comprar al mercado del barrio y cuando he llegado a casa, me he visto obligada a entrar en la cocina. Tenía que colocar los productos frescos en las repisas del refrigerador correspondientes (las había etiquetado con mi Dymo) y no podía romper la cadena de frío. Me he sentido aliviada al comprobar que sólo se oía el zumbido de la nevera. He organizado mi compra y he necesitado un cuchillo para cortar la malla de las naranjas. Cuando he abierto el cajón: ¡El tenedor con los cuchillos!

Si en algún momento se me había pasado por la cabeza que había algo raro en el cajón de mi cubertería, ahora se veía confirmado.

El tenedor se movía-autónomamente- por el cajón.

Pero lo que más me impactó de este descubrimiento, no es que se moviera… No. Lo más importante era que rompía mi estructura del orden de mi casa (“casa” incluye el cajón de la cubertería). Para comprobar mi teoría de que el tenedor tenía vida propia, lo cogí, le dije “Ahora verás” y lo puse en su sitio. Fue cerrar el cajón y oír los sollozos. Abrí el cajón y cogí, de nuevo, el tenedor insumiso, lo miré con asco y lo tiré al cubo de la basura. Alguien lloraba, cada vez con más fuerza, en mi cocina. Tenía que acabar con él. Bajé la bolsa de basura y la tiré al container. Satisfecha con mi acción de pura venganza hacia el tenedor, entré en la cocina. Ya no era un lloro, eran alaridos desgarradores…

No entendía nada. ¿No había exterminado al tenedor? Abrí el cajón y…tengo que ir más rápido. No me quedan fuerzas y el tiempo se acaba, por lo menos para mí.  Me he extendido demasiado explicando cómo he llegado hasta aquí y por qué tengo un cuchillo viviente (que no para de llorar desconsoladamente) clavado en mi pecho.

Ha sido un crimen pasional. El cuchillo y el tenedor se amaban locamente y no podían soportar estar separados. El exilio forzoso al que condené al tenedor despertó al monstruo interior del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado insertado en el centro de mi corazón. Mi final está siendo mucho más terrible ya que el cuchillo solloza, grita y llora por su tenedor perdido.

El llorón era el cuchillo…

Noto que esto ya se acaba… Por lo menos, dejaré de oír a este cuchillo quejica…

Yo lo único que quiero, en estos segundos de lucidez, es dejar clara mi última voluntad.

Que este cuchillo sea entregado, como herencia, a mi cuñada.

Gracias.

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NB : Este es uno de los “Objetos Sencillos que tienes en casa”...

 

 

Los Hacedores de Dificultad.

Tiempo de lectura : 3 minutos.

El mensaje era muy breve y se autodestruyó a los pocos segundos : Aislar a los Hacedores De Dificultad”.

Mi departamento es el que se ocupa de “lo fácil” y de “lo difícil”. Además de los patrones estadísticos de las vidas difíciles y fáciles que hay en el planeta, también controlamos a los Hacedores. Nos ocupamos de los Hacedores D (Dificultad) y los Hacedores F ( Facilidad). Los Hacedores de Facilidad, no nos dan ningún problema. Suelen ser personas muy flexibles , que saben negociar y que tienen como objetivo poner las cosas fáciles a los demás. Los neutros ( que ni fácil, ni difícil) suelen ser muy resignados y silenciosos. Los Hacedores de Dificultad son los problemáticos.

Estos sujetos son capaces de hacer difícil, la cosa más fácil del mundo. Según su nivel y capa de intervención, los que van creando dificultades a su paso, son más o menos peligrosos. Hay niveles muy superficiales como, por ejemplo, el que va poniendo pegas a todos los lugares que decide el grupo de amigos para ir a tomar una copa pero también está él que con sus continuos obstáculos se carga una relación familiar. Viene a ser lo de hacer una “montaña de un grano de arena”. Según dónde esté ese grano, la cosa puede ser dramática…Ya no te digo si se ocupan del gobierno del mundo…

Hacía tiempo que estaba oyendo todo tipo de rumores: “Van a cargárselos a todos. Hay demasiados”,”“Están buscando a todos los Hacedores D, de todos los niveles y los van a enviar a una isla desierta para que , juntos, se dificulten la vida unos a otros” cotilleos y habladurías… Nosotros no habíamos recibido ninguna orden formal de la cúpula hasta… hace una semana.

Han sido unos días de locura pero ya lo hemos hecho.

No nos ha costado nada identificar a los Hacedores de Dificultad. Los más leves, han sido liberados pero los de niveles profundos, han sido interceptados. Todos. Para detectarlos, sólo hemos entablado un diálogo y hemos introducido una propuesta “fácil” a consensuar .Cuando el sujeto D, complicaba el argumento y daba vueltas en círculo, ¡zasca!, los cazábamos con nuestro Caza-Dificultosos especial.

dificultosos

Están todos en una isla de difícil acceso y con una geografía también, muy difícil. Es difícil cazar y difícil pescar. Los árboles son tan altos que es muy difícil llegar a sus frutos. La tierra es árida y es difícil de cultivar. El clima, caprichoso, no da tregua y dificulta la vida en general… Los Hacedores de Dificultad intentan constituir una República Independiente y Democrática en la que todos pueden decidir sobre las normas que regularan su convivencia en la isla pero, de momento, no han llegado a un acuerdo. Todos son dificultades.

A día de hoy, están juntos e incomunicados.Aislados.El grano ya no se puede hacer montaña.

Misión Cumplida.

Ha sido fácil…

 

 

 

 

Sueño-Deco.

Me despierto en una casa que no es mi casa pero que yo creo mi casa. La sensación es muy rara .

cama

El dormitorio, lleno de color ,no tiene nada que ver con el que yo creo que es el mío, de colores crema y blanco roto. Minimalista y soso…En cambio, las sabanas coloristas, la caja decapada que hace de mesita de noche, las flores,…todo aquello me pertenece. Estoy segura.

Me levanto de la cama, mullida y cómoda. Estoy confusa y expectante .Mi cuerpo está descansado y me dice que se duerme muy bien en…mi cama. Sé qué dirección tomar sin dudar. Aquella es mi casa…aunque no la conozca ( que sí).

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Al entrar en el lavabo, el detalle de la estrella me conforta. Es de suponer que en todas las dimensiones, me gustan las estrellas…

En la cocina, el desayuno está servido. Me espera.

desayuno

De nuevo, los colores me impactan. No dudo en tomarme unos croissants y un cappuccino. Algo me dice que voy a necesitarlo…

Tras el desayuno, me doy una vuelta por esta casa que no es mi casa. Estoy en la playa. Genial!

casaplaya Me detengo en la buhardilla con ganas de tener un libro en mis manos y todo el tiempo del mundo…sofa

Llego a una habitación en la que hay un sillón lleno de cojines y unas maletas. Todo es precioso. Me podría acostumbrar a vivir aquí… Prendido del respaldo, hay un sobre con mi nombre manuscrito.Leo la nota que contiene. No debo olvidar que esto es un sueño…¿verdad?.

cojines

“ Si te sientas en este sillón, aquí te quedarás para siempre. Si eliges las maletas, seguirás tu camino”.

maletas

Entiendo que en este sueño de una casa preciosa que-es-mía-pero-no, debo tomar una decisión. Puedo sentarme en esta preciosa butaca y dejar que el tiempo pase, en este lugar hermoso que, ahora , me pertenece pero…miro las maletas y me digo. ¿Por qué parar aquí? ¿Por qué no seguir caminando?…

…¿No es ese el gran secreto de la vida?

No me hace falta más. Elijo la maleta de color violeta y me digo que sí puedo elegir, de verdad, ahora quiero montaña.

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Y me despierto, de nuevo, en una cama diferente pero que yo reconozco. Es otra de esas camas mías.

Inspecciono mi casa de ahora.

ventanas

Hay flores y…estrellas.

flores

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Veo, complacida, que hay una hamaca en el jardín.

hamacas

Y a lo lejos, un precioso camino arbolado…

camino

Y un butacón con una mantita.

sillon

Y …unas maletas…

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Una mantita de ganchillo.

colcha

 

Me cobijo bajo la manta de ganchillo y cuento hasta tres.

Uno, dos, tres…

Ya he desaparecido. No estoy. Los que estaban conmigo, levantarán la manta y no encontrarán nada. Un espacio vacío. Una huella de mi cuerpo, aún tibia, marcada en el sofá pero yo…no estaré ahí.

Habrá unos minutos de desconcierto. Palparán los cojines del sofá, incluso los sacarán buscando un mecanismo que, aunque oculto, les proporcione la dosis de lógica para explicar cómo es posible que antes estuviera ahí y, ahora, ya no.

Ya no estoy.

Cogerán la manta, que ya no es mía, y la sacudirán. Mirarán por debajo y por encima hasta que alguien confirme, con total certeza, que yo no estoy allí.

Entonces, se desatará la histeria. Los que estaban conmigo, quedaran marcados de por vida por el suceso inexplicable de “la mujer que desapareció bajo la manta”.

No importa. Me olvidaran y lo superaran…

Mientras, yo, voy saltando de vida en vida…Una vida, otra vida y otra y otra…

Ya es mi décima vez y sigo sin saber dónde estoy. Cuando me cobijo bajo la manta para desaparecer, me siento en una zona intermedia, entre la manta de ganchillo y la realidad, que no sabría describir. La única palabra que me viene a la mente es “aséptica”.

No sé el tiempo que estaré allí. En unos minutos, segundos, horas, días o años apareceré debajo de mi manta, en otro sofá, o en un sillón, o en una cama… En una casa desconocida…

Nadie se preguntará quién soy ni que hago allí. Convivirán con la mujer de la manta, como si hubiese estado en sus vidas,  toda la vida…

Unas veces, he aparecido como madre, otras como amante, como niña, como suegra, como amiga,… En cada lugar, he desempeñado un papel y me he quedado un tiempo pero, tras unos meses y de forma irremediable, me he aburrido con esas personas que para mí, siempre eran desconocidas.

Y aunque me quisieran, yo no las quería a ellas. Así que me envolvía en la manta de ganchillo y me iba a otro lugar. Y punto.

Noto que estoy a punto de emerger de nuevo.

Falta poco.

Mi abuela había tejido esa manta para mí. La había creado para protegerme de los monstruos y de la oscuridad. Si tenía miedo, sólo debía envolverme en la deliciosa pieza tejida a ganchillo y los miedos desaparecían…

Supongo que algo ocurrió en algún momento de mi vida para qué, al cabo del tiempo, fuera yo, y no mis temores, la que desaparecía del lugar. He pensado que podría ser la tendencia a ser cobarde y egoísta que adquirí al crecer y madurar y que mi abuela no tuvo en cuenta al tejer aquella maravilla. No podía prever que aquella niña temerosa y adorable se convirtiera en…mí.

La primera vez, fue desconcertante. Dejé a mi familia y me encontré en otra. Quise volver pero nada de lo que hacía me permitía retornar al punto de partida. Más tarde, descubrí que necesitaba estar rodeada de gente para que funcionara “el viaje”.  Una vez descubierto el mecanismo de activación, en cada viaje me he concentrado en recuperar mi vida y volver a mi sofá, con mi marido pero…no lo consigo. Podría tener que ver con la realidad de mis deseos. Pienso en mi vida monótona. Gris… Y, realmente, nunca me apetece volver. Y sí, sé que lo estará pasando mal… pero…

Cada vez que lo hago, aparezco en un lugar que no conozco,  con gente qué no sé quién es. Sólo una vez, aquella en la que aparecí como la amante de aquel famoso actor moreno y de pelo canoso (del que no puedo decir el nombre) tuve deseos de quedarme allí y de hacer desaparecer la manta pero… me fue infiel con una luchadora profesional…

Siento ese tirón que me lleva al exterior. Percibo el tenue perfume de mi manta de ganchillo. Estoy arrebujada bajo ella, confortada por su calor. De repente, mi cuerpo siente dolor. En los huesos, en las articulaciones… Oigo un ruido, una especie de maullido. Me preparo para sacar la cabeza y observar, por primera vez, el lugar en el que me encuentro. Reconozco la habitación. Es el salón de mi casa, en la que vivía con mi marido. Todo está polvoriento y un tanto descuidado. Abandonado.

Hay, apenas un par de muebles: una mesa y sillas y el sofá del que me acabo de levantar. No veo a mi marido y tampoco hay huellas de que esté por llegar. Aquí no hay nadie. Nadie más que yo.

En la cocina, me sorprendo de mi desorganización. Los platos sucios se amontonan en el fregadero y en la nevera, hay cuatro cosas que si no han caducado, están a punto de hacerlo. Veo cajas de comida a domicilio: chino, japonés, turco, pizza…Oigo el maullido y dirijo la vista a mis pies. Un gato se frota contra mis pantorrillas, encantado de verme. Parece que me conoce. Después, veo otro. Y otro más…

Vuelvo al sofá y me envuelvo en mi manta de ganchillo que ahora está llena de pelos de gato. Me quiero ir de aquí pero…no pasa nada. No hay otras personas…La manta no funciona.

Aquí no hay nadie.

Nadie más que yo y estos tres gatos…

Paren el mundo, que me bajo.

He encontrado un disfraz y una varita mágica. Recuerdo perfectamente el día en que mi abuela me regaló este vestido de Hada. Causé sensación en una fiesta de disfraces… Aún me acuerdo. Margarita se llamaba la niña que cumplía años…

Mi precioso vestido llamaba la atención porque parecía de verdad… La pedrería brillaba y los hilos dorados de los bordados de flores y corazones lucían en mil destellos. La seda era suave y liviana. Los otros disfraces, se veían más de “plástico”, con esos encajes rígidos y los rasos de electricidad estática…Fui la más admirada de la fiesta.

Miro la falda abullonada y aquel corpiño de mil colores y me doy cuenta que el disfraz sigue siendo precioso. Es una pena que mi cuerpo exceda la talla porque mi mente, aún tiene algo de esa niña. Acaricio la seda y, entonces, recuerdo las palabras de mi abuela. Llegan a mí con precisión, casi textuales.  El vestido, es un verdadero vestido de hada y la varita… La varita es real. Funciona, vamos. De la misma forma que, de niña, no presté atención a aquella disertación sobre las bondades de la varita mágica (estaba ocupada poniéndome el vestido), en aquel momento me pareció volver a estar en la habitación de costura, con la abuela…atendiendo con mucho interés a sus palabras.

He cogido la varita y la he movido en círculos. Tres, para ser más exactos. Mientras se ejecuta el movimiento se debe recitar “Fru-Fru” + lo que quieras conseguir” y no lo he hecho porque esta vez he recordado las instrucciones de la abuela: Sólo se puede utilizar una vez en la vida.

Jugueteo con la varita…Pensaré en ello…Si la pruebo, no debo olvidar que lo que pida se cumplirá de forma literal. Eso la abuela, me lo recalcaba mucho : L-i-t-e-r-a-l.

Enciendo la televisión. Están dando las noticias. Casi 250 millones de niños viven atrapados en países afectados por la violencia, atrapados en conflictos armados. Aparecen imágenes de niños en Siria. Más imágenes de niños, en balsas, en el mar, atemorizados. Señores-con-corbata, hacen números. Los que pueden entrar, a los que no dejarán ni acercarse, lo que costarán los que entran…

Pienso en esa frase de Mafalda : “Que paren el mundo que me bajo”. La corbata no tiembla ni un instante…Sí, definitivamente me quiero bajar…

Mafalda

La varita sigue en mis manos. Me he olvidado de ella. No puedo evitar trazar dos círculos. Cuando lo hago, se esparcen unas bellas chispas multicolores que desaparecen en el aire. Pienso que dibujaré el tercer círculo y recitaré el “Fru-Fru “. Mientras, en la televisión , siguen con las noticias…Conflictos, desacuerdos, corrupción, terrorismo, guerras, hambre,…

Me concentro en la varita. Y trazo los tres círculos.

Y en el tercero digo “Fru-Fru” y cuando voy a añadir ese “algo” que debo pedir , mi mente -traicionera- que ha estado repitiendo esa frase: Que paren el mundo que me bajo , toma el control y son esas palabras las que controlan mis deseos.

Las recito, mientras el círculo se cierra.

La varita chisporrotea y siento que todo se para y que yo salgo, expulsada, hacia el espacio exterior.

Y aquí estoy, flotando en dirección a la luna…

NB: Si alguien encuentra la varita, por favor, que vuelva a poner en marcha el mundo y me deje volver a subir…

 

Bonga & Paco.

bonga

La soledad pesa .

Bonga lo había descubierto recientemente y estaba intentando adaptarse a su nueva situación. Cuando él la repudió, al más puro estilo del clásico macho dominante, ella supo que se quedaba sola. Las otras, aquellas con las que lo compartía, ni se habían inmutado al conocer su expulsión. Había dejado de ser fértil después de tener a su único retoño y él había dejado de reclamarla .Bonga debía haber aceptado las normas del grupo pero, inexplicablemente, había desarrollado una conducta agresiva que no pudo controlar.

Y se había quedado sola.

Sólo le habían concedido unos preciosos instantes para abrazar a su pequeño…La tibieza de su cuerpo la reconfortó  y le dio la fuerza suficiente para caminar, sin volver la vista atrás. Y caminó, sin descanso, alejándose de todos.

Nadie la había preparado para soportar esa losa aplastante de vacío y…de silencio.

Lo que más pesaba  a Bonga, lo que la hacía doblegarse y caminar con la cabeza gacha, era la ausencia de los gritos infantiles, de los gruñidos de los adultos…

El silencio, los silencios.

Encontró un lugar en el que instalarse. En los primeros tiempos, sobrevivir en su nuevo espacio, había sido su único objetivo. La soledad se paseaba de refilón y el peso, parecía ser más liviano pero cuando ya pudo organizar sus rutinas , se le hizo evidente que él la había castigado con la peor de las penas . Aquello pesaba y su cuerpo se encorvaba más y más, cómo si aquella soledad estuviera adherida a su espalda, hundiendo su columna vertebral.

En una de sus salidas para recoger fruta y semillas conoció a Kunga, otra excluida. Mientras Bonga se replegaba en sí misma, Kunga caminaba erguida, majestuosa. Un día, mientras se relamían degustando miel de un panal recién descubierto, Kunga habló a Bonga de su mascota. Desde que la tenía, el peso de su exclusión era más ligero, su aspecto era lustroso, su pelo brillante. Se sentía más alegre.

Bonga miró a Kunga y lo que vio en sus ojos la convenció.

Iba a comprar una mascota. Para que le hiciera compañía. Para que la ayudara a transportar aquella piedra pesada que le oprimía el alma.

El encargado de la tienda, le sonrió, mostrando una gran cantidad de dientes y encías, mientras le preguntaba qué tipo de animal necesitaba. Bonga le respondió que quería compañía y, por lo tanto, requería de una mascota afectuosa y sociable pero esa respuesta no fue suficiente y tuvo que contestar a todas las preguntas necesarias para encontrar su animal perfecto.

No había pensado si quería macho o hembra que fue la primera cuestión a la que tuvo que enfrentarse. Las hembras podían quedarse preñadas, tenían épocas de celo y la menstruación así que Bonga pensó en descartarlas pero el encargado le indicó que todos los animales disponibles estaban modificados genéticamente y tenían disponibles hembras sin actividad reproductiva. Si deseaba cruzar razas o dedicarse a la cría, también disponían de hembras fértiles. Finalmente, un poco resentida por el comportamiento de sus compañeras de la familia, Bonga se decidió por un macho.

Una vez seleccionado el sexo, tuvo que escoger las habilidades físicas: se decantó por una fuerza y tamaño medio que ella pudiera dominar aunque le aseguraron que con la modificación genética habían conseguido que todos los ejemplares fueran dóciles. El color no le pareció importante y contestó que le era indiferente.

Cuando llegaron al punto de las habilidades, la elección se hizo un poco más compleja. Para cada “soledad”, había un estilo de “compañía”. Bonga tenía que optar entre animales pasivos o activos. Los pasivos eran sumisos y afectuosos. Los activos ofrecían la posibilidad del debate y la sorpresa. Pensó que era mejor uno activo: para poder conversar, jugar, pasear,…

Tras consignar todos los requerimientos de Bonga, el encargado de la tienda de Animales de Compañía se dirigió al almacén. Encontró un espécimen perfecto: tendría unos veinticinco años, músculos definidos y un tamaño medio.  Su piel era muy blanca y el poco pelo que tenía era muy rubio pero la clienta no le daba importancia al color, así que pensó que podía ser viable. Miró su etiqueta clasificatoria y vio que era uno de los más activos que tenían disponibles en la tienda. Su nombre era Paco.

El animal humano lo miraba desde su jaula, sonriéndole y haciéndole gestos con la mano. Siempre que se acercaba a ellos para llevarlos ante el cliente, se hacía la misma pregunta: ¿Cómo aquella especie había podido llegar a dominar el mundo?  No tenían pelo recubriendo su cuerpo, no podían moverse por las ramas de los árboles, comían alimentos cocinados por combustión… ¿Y hubo un tiempo en que los simios eran el escalafón inferior y aquellos hombres, los amos del planeta? Si no fuera por todas las pruebas empíricas que lo confirmaban, nunca hubiese creído que aquella especie endeble pudiera haber dominado a la suya pero tras la Era del Meteorito, la aniquilación de la raza humana casi había sido total. Los simios habían podido aguantar las radiaciones cutáneas gracias al fuerte vello que recubría su piel y su habilidad para vivir en las copas de los árboles y comer sus frutos los habían hecho sobrevivir  a las corrientes de líquidos tóxicos que arrasaban la superficie del planeta.

Se acercó a la jaula del hombre: era un buen ejemplar y podía ser una opción para su clienta. Abrió el candado y cogió la cadena que rodeaba el cuello de Paco para llevarlo hasta el mostrador de atención al público.  Bonga lo examinó con atención. La piel, sin pelo, era muy suave. El humano parecía disfrutar con las caricias que ella le prodigaba y  sonrió con deleite cuando ella lo llamó por su nombre: ¡Paco, bonito!

Era muy pálido y poco robusto pero a Bonga le gustó desde el primer momento así que tras completar la transacción, salió de la tienda de Animales de Compañía con su humano bien atado y caminando a su lado.

Había comprado algo más que una mascota .Acababa de adquirir la ilusión de que Paco le hiciera compañía y que el peso terrible que le iba hundiendo el corazón, se hiciera más ligero y sólo le hiciera cosquillas.

Paco le sonrió y Bonga sintió que había acertado…Y con esa sensación de esperanza, se dirigió, cadena en mano,  al centro estético de bonobos para su sesión semanal de despiojamiento.

Cosecha.

Escogí el terreno con mucho cuidado. De todos los campos de la familia, sólo uno era idóneo para el cultivo. Estaba situado al norte de la finca y parecía tener la magia necesaria para que la siembra prosperara… Los días no parecían acabar nunca mientras quitaba la maleza y las malas hierbas y aireaba la tierra bajo un sol abrasador .Trabajé durante meses…

La noche en la que llegó el viento, todo estaba preparado.

Lo sembré, lo cuidé y hoy, he cosechado mi primera Tempestad.

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Notas de cata: Tormenta muy rápida e intensa. Con matices de truenos y trazos de rayos y relámpagos. Si se consume muy fría,  aporta toques de granizo.

La botella negra…

Me encontré la botella negra al ir a tirar la basura. La vi encima de una repisa de la valla de un edificio de apartamentos. Paso por allí delante, cada noche, de camino a los contenedores de reciclado.

Me paré para cogerla y meterla en la bolsa correspondiente, según fuera de vidrio, plástico o aluminio…El tacto, por eso, me despistó…Parecía terciopelo o piel…Suave, muy suave. Tuve la impresión de que alguien la había olvidado allí y la dejé en su lugar. La noche siguiente, continuaba estando en el mismo sitio, así que me aventuré a examinarla debajo de una farola. El material me intrigaba…

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Me la llevé. Es verdad que caminé un poco más deprisa de lo que es habitual y que miré a un lado y otro de la calle para confirmar que no había ningún testigo del…robo de la botella negra.

Ya en casa, la observé con atención. No había nada especial en ella, más que aquel extraño tacto suave y cálido…

 

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Que era un artefacto diabólico, lo supe más tarde. Por casualidad. De verdad que siento lo de Loli … La botella negra es capaz de absorber a todo aquel que posea una personalidad conflictiva: tiquismiquis, tocacojones, yoístas, tóxicos, pesimistas contagiosos, etc,etc… Sólo hay que abrir la botella en su presencia y sólo ellos desaparecen… La forma en la que se introducen en su interior, no deja de tener su encanto. Es en plan un torbellino que se va haciendo minúsculo girando sobre sí mismo y después, ¡puf!, una pequeña porción de gas de nada y para adentro…

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Con lo de Loli me di cuenta de lo que pasaba. Diabólico, ya lo he dicho antes. ¿Y qué hice? ¿Destruir la botella por su peligro potencial?

Pues no.

Después de absorber a diez personas, la primera botella negra dejó de surtir efecto pero al salir esa noche a tirar mi basura, me encontré otra. Cuando se llenó la segunda, apareció una tercera…

Ahora las decoro. Y las voy llenando.

Mi vecindario está ahora lleno de gente amable y maravillosa. Igual que en mi familia. Y en la oficina. Y en el gimnasio. Y….

 

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NB : DIY – Reciclaje de Botella de Ratafía pintada con pintura de pizarra para vidrio. Decorada con rotulador blanco permanente. En las fotografías, primero la botella pintada de negro y después, con los puntitos y flores marcianas. Es la misma botella pero con dos caras distintas.

Premoniciones y un bocadillo.

En la oficina me miran con temor. Se callan cuando entro en el despacho , me observan y retiran la mirada cuando yo les encaro visualmente…Nadie quiere hablar conmigo. Nadie me toca ni roza ninguno de mis objetos… Están asustados…

Sé que es difícil convivir con las premoniciones. Tenemos miedo de lo que desconocemos y queremos desconocer lo que nos da miedo…pero yo no puedo evitarlo.  Es incontrolable. Aparece ese mensaje en mi mente, en una forma verbal inconcreta pero comprensible o una imagen en forma de flash y, entonces, conozco ese algo que va a ocurrir en el futuro. Suele ser un tempo cercano. Apenas minutos, o segundos…. Es el tiempo que me da la premonición. Hay quién las tiene de sucesos que acaecerán unos meses después o semanas o días pero lo mío es más inmediato.

A lo que iba: esta mañana he tenido un episodio. Dicen los expertos que estas experiencias están dentro de la categoría de fenómenos Psi Gamma (no es por alardear, pero eso le da un caché a mis visiones.)

Estaba al teléfono, escuchando la musiquita de la llamada en espera del “Servicio de Atención Al Cliente” de la empresa de hosting en la que está alojada la web de la empresa. Lo había intentado en varias ocasiones y, por fin, me había decidido a aguantar la melodía repetitiva-tipo-hilo-musical-en-bucle el tiempo que fuera necesario ya que necesitaba realizar una consulta urgente. Con la oreja roja y cansada y el cuello rígido al sostener el teléfono con el idem y el hombro durante tantos minutos, he accionado el altavoz del aparato.  Un rato después de melodía repetitiva-tipo-hilo-musical-en-bucle , me ha apetecido comerme mi bocadillo Lo había retrasado, pensando en desayunar tras hacer “la llamada” pero, la eternidad se me hacía demasiado larga… He desenvuelto con cuidado mi pequeño bocadillo. No era un bocadillo cualquiera….

Era uno de esos que te apetecen especialmente. Uno de los que te van a alegrar la mañana. Nada de algo hecho con prisa con un queso bajo en calorías. Mi bocadillo era de jamón de jabugo. Del muy bueno. Una de esas compras capricho. Un regalo de 100 gr de Joselito, cortado muy fino ( casi transparente) que se había servido en la cena y del que habían sobrado unos preciados gramos que , en ese momento, formaban parte de mi excelente bocata. El pan, tostadito y de miga esponjosa. “Sucat de tomaquet”, con sus gotitas de aceite de oliva y la pizca ( casi simbólica) de sal… En fin, no hablamos de un bocadillo, estamos hablando de “ese bocadillo”.

Me lo he mirado con cariño ( y relamiéndome) pero , entonces, he tenido una premonición. Mis ojos vidriosos ( no sé si por el ansia del bocadillo o por el fenómeno Psi Gamma)  : “¿Oyes la música? Llevo más de diez minutos escuchando este li-li-li pero, estoy segura que cuando dé el primer mordisco a mi desayuno y lo tenga en la boca, incapacitándome totalmente para el intercambio verbal, entonces, una voz de persona me saludara y me preguntara que es lo que quiero “

Lentamente, he extendido el papel de aluminio sobre la mesa. Li-li-li . He desenvuelto el bocadillo y desplegado la porción de papel de cocina que me servía de servilleta. Li-li-li. Todo, todo, a cámara lenta. Li-li-li. Con la misma parsimonia, he cogido el bocadillo y he ejecutado un movimiento de arco hacia mi boca. Li-li-li. Con la máxima tranquilidad, le he dado un mordisco y he iniciado el primer segundo del acto de masticar y, entonces… “Hola , buenos días. Soy Iván. ¿En qué puedo atenderle?”.

Esto de las premoniciones es una lata aunque le voy cogiendo el tranquillo ( he conseguido no atragantarme ) pero a mis colegas de despacho,  les ha hecho mucha gracia la deglución ultra rápida mientras Iván, el del Servicio de Atención al Cliente se impacientaba ( encima!!) y han estado un rato riéndose de mis fenómenos Psi Gamma.

Entonces, he tenido otra premonición : se iba a ir la luz de la oficina. Y, de verdad, lo iba a comentar antes de que iniciaran la copia de seguridad en el servidor pero, mira, me he dicho : “Tanto reír, tanto reír de mis Psi Gamma …Pues, ahora, a reiniciar el sistema y a quedarse un ratito más”.

Con mis premoniciones, no se juega.

N.B : Estos gorros de bruja son Mermaiden Creations de California. Una tiene premoniciones, pero con estilo… ; – )

Lugar secreto.

 

 

camino

 

Nadie se para.

Nada se detiene.

No hay tiempo para pensar. Hay que sobrevivir y, eso, nos está consumiendo toda la energía.

Toda.

Tampoco quieren que paremos. Que nos sentemos un minuto, que preguntemos. Que hablemos, que dialoguemos, que tomemos nuestras propias decisiones…No quieren. No les interesa…Pero, lo peor, es que nos han prohibido reflexionar.

No se puede reflexionar. No se puede pensar…

Por eso, esto, es tan importante. Una revolución.

Y, cada día que pasa, se suman más rebeldes.

Gente que sabe dónde está este lugar secreto.

Que llegan, escondidos, furtivamente y se sientan…y piensan.

Una revolución…

 

revolucionario