Voy por una carretera, allí donde antes había un pinar.
La circulación es ahora más fluida y ordenada. El recorrido se ha acortado.
Todo son ventajas para los seres que circulamos por allí. Pero hemos eliminado el pinar. Hemos borrado el verde.
Un color de por sí sereno para el ojo humano; un color que nos conecta con la naturaleza, que transmite frescor, calma, vida.
Un color que, poco a poco, iremos perdiendo en su versión natural.
Disfrutad de este verde, mientras aún lo tenemos.
Nota : Estas son fotos propias que he utilizado en este blog, menos la última : “Museo de los Colores Perdidos”. Voy a empezar una colección , porqe seguro que hay más…
La NASA permite escribir palabras con imágenes reales de la Tierra tomadas por los satélites Landsat. He elegido PAZ.
Aparece formada por paisajes vistos desde el espacio: ríos, costas, montañas o desiertos que, por azar y belleza, recuerdan a letras. Si haces clic sobre cada imagen, puedes descubrir la localización exacta de donde fue captada.
Es muy emocionante esto de la misión Artemis II y la solitaria nave Orión, rumbo a su encuentro con la Luna. Tenemos información exhaustiva en todos los medios sobre cada detalle de esta misión, y nos llegan imágenes increíbles.
Esas fotografías somos nosotros. Todos nosotros. La humanidad entera, salvo los catorce seres humanos que ahora mismo están ahí arriba.
Esa preciosa esfera de azules, ocres y verdes, con luces radiantes y auroras boreales, suspendida en el espacio oscuro e inmenso. Nuestro envase. El que nos contiene.
Me quedo con las palabras de Víctor Glover, el piloto de Orión:
“En medio de todo este vacío, de todo esto que es prácticamente nada, a lo que llamamos universo, tenéis este oasis, este lugar hermoso en el que podemos existir juntos”.
Habría que mandar a más de uno al espacio sideral para que lo entendiera. Esos que amenazan con destruir civilizaciones. Y, si aun así no lo ven claro, que se queden orbitando, for ever.
Estos días hemos tenido episodios de viento intenso en la zona donde vivo. Ha sido impresionante ver los árboles moverse en un zigzag violento y continuo. Palmeras centenarias —o casi—, pinos de troncos muy gruesos y copas frondosas… Todos, meciéndose a su pesar. Esa virulencia impone respeto y, también, temor ante las fuerzas extremas de la naturaleza.
Un viento entre 14 y 28 km/h suele ser beneficioso: transporta el polen, limpia el aire, refresca el ambiente y aligera la respiración. Pero los golpes por encima de los 80 km/h han arrancado plantas y árboles, han volcado macetas, han hecho trizas toldos y han inclinado semáforos. No se podía salir a caminar: cualquier elemento colgante o en suspensión se convertía en amenaza.
Y me ha hecho pensar en la radicalidad. En la polarización. En los extremos hacia los que, como sociedad, nos empujamos —o nos empujan— con una facilidad inquietante. Ninguno es bueno; al contrario, todos dañan.
El viento moderado, en forma de brisa, es una maravilla: mueve sin romper, limpia sin arrasar. Su versión más radical, en cambio, es destructiva. Sacude estructuras, desordena la vida y puede hacernos daño.
Y da miedo preguntarse hacia dónde nos empuja el viento…
En serio. Ayúdanos a humanizar este mundo del revés. Métete en redes, viralízate y haz que la gente piense , entre meme y meme, antes de opinar. Pon la empatía en trending topic, deja en evidencia la estupidez y conviértete en la voz del momento, con tu ironía y tu dulzura, sin necesidad de insultar.
De tanto decirme que vivo en las nubes, he decidido ir a una inmobiliaria de nubes para ver qué tienen en alquiler.
No lo tengo fácil.
Cada vez más gente se va a vivir a las nubes y los precios van al alza, a una velocidad vertiginosa.
La compra está descartada: no se puede comprar una nube. No hay manera de inscribirla en el catastro ni de ubicarla en el mapa y, entonces, no se pueden cobrar impuestos; así que solo hay alquiler y el llamado «turístico», por días e incluso por horas.
Me parece que me voy a elegir esta gordota de la derecha. Tengo una vista espectacular del cielo azul, sin otra nube indiscreta que me incordie…
Nos avisan de que en la casa del pueblo hay dos enjambres. El primero, en lo alto , entre la fachada y el interior: el tejado vibra con un ir y venir de abejas. Hace tiempo que vemos el trasiego pero como nunca han accedido a la vivienda y están en las alturas, nos acostumbramos a verlas. Este año, han llamado la atención de los que van un par de semanas al pueblo. El segundo enjambre ocupa el pequeño granero que, en los últimos años, se convirtió en taller de cucharas y utensilios de boj. Allí no podemos entrar.
El pueblo está aislado; quienes quedan han movido hilos, pero ya no hay nadie cerca que pueda sacar los enjambres. Tras varias llamadas, doy con una asociación de apicultores. A los dos días me telefonea un joven: me sugiere que, si el de lo alto no molesta, no lo toque. «Déjalas. Es un honor tenerlas en casa», dice. Me pide que le envíe un vídeo del granero para intentar salvar y trasladar el otro.
Quien se ocupaba del taller —apicultor aficionado— le habría gustado esa opción. Pienso en él y en los mayores que nos han dejado. Entendían la naturaleza y el pueblo, y cuidaban ambas cosas. Tenían un acuerdo entre amigos con un vecino que tenía caballos: dejaban que los caballos estuvieran en uno de los campos, porque así se limpiaba el terreno de rastrojos y maleza. Cuando los herederos empezaron a gestionar todos aquellos asuntos desde Madrid, Bilbao, Zaragoza y Barcelona, pensaron que era una buena opción alquilarle el campo al vecino de los caballos. Él apeló a su acuerdo con los abuelos, pero no hubo consenso y se llevaron los animales a otro campo. Ahora nosotros, urbanitas de despacho, tenemos que ocuparnos de que alguien desbroce las eras para minimizar el riesgo de incendio.
En el grupo de WhatsApp de la familia les explico mi conversación con el joven apicultor: las abejas del tejado no nos van a molestar. Y es un honor.
Por primera vez estoy en un lugar abierto desde el que la Luna se muestra sin obstáculos. Esta noche, al alzarse sobre el horizonte, ya la encontraré eclipsada, teñida de rojo. El espectáculo tiene algo de místico: la Luna siempre está ahí, indiferente, pero cuando ocurre algo excepcional, sentimos la necesidad de mirarla con más atención.
Público objetivo: siete mil millones de almas.
Me acomodo en un butacón, con la cámara preparada. En la calle, un coche acelera con un estruendo innecesario. Una moto lo imita, como si a sus conductores les fascinara el rugido infernal. Un vecino enciende un soplador de hojas. Es una hora extraña para recoger las hojas…En la terraza de enfrente, bajo una guirnalda de luces, otros vecinos se han reunido entre música y risas, demasiado altas.
De repente, petardos. Los perros ladran con angustia. Un hombre increpa a los culpables y una voz de mujer responde: —Sólo son niños.
Alzo la vista: la Luna ya está ahí. La observo antes de disparar la primera foto. Pienso que, sin tanto ruido, el momento sería perfecto.
Me despierta la humedad y, sobre todo, el silencio. Un silencio absoluto. Me he quedado dormida a pesar del ruido.
Me cuesta orientarme. Miro la cámara, después al cielo. La Luna ya no es roja: luce brillante, con sus tonos grises y azulados habituales. En la terraza de los vecinos, la guirnalda sigue encendida, pero no queda nadie. Debe de ser tarde. Me levanto con cierta inquietud: la ausencia de sonidos me perturba.
Escucho. Nada. Ni coches, ni motos, ni aviones. Ni siquiera los perros.
Al día siguiente, bajo la luz del sol, el silencio me oprime. Ningún trino, ningún motor. La calle conserva su aspecto normal, pero está vacía. Entro en el supermercado cercano: puertas abiertas, electricidad en marcha, estanterías repletas. Nadie.
Salgo de nuevo. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Por qué no se oye nada?
Han pasado más de tres meses.
La electricidad persiste, pero no hay wifi, ni 5G, ni televisión. La radio sólo devuelve un zumbido. No he encontrado a nadie en cincuenta kilómetros a la redonda. Cada día salgo a buscar lo necesario. No me falta de nada. Me distraigo con los viejos DVD que guardaba en una caja olvidada: Los Soprano, A dos metros bajo tierra… Ahora me espera 24horas.
A veces salgo a la calle con una cacerola y una cuchara de madera, golpeando con fuerza, como si alguien pudiera escucharme. El silencio es insoportable. Me salva la música.
Mi única esperanza cuelga en la nevera: un calendario. Tacho los días uno a uno. El 3 de marzo de 2026 habrá otro eclipse total de Luna, aunque no se verá desde España. Me aferro a la idea de que esa noche todo volverá a la normalidad. Si no, esperaré al 28 de agosto, cuando habrá un parcial. Tengo todas las fechas anotadas: iba a escribir un artículo sobre eclipses para mi blog, pero nunca llegué a hacerlo.
Y si tampoco ocurre nada, me quedará el 31 de diciembre de 2028.
Ese día desearé con todas mis fuerzas la normalidad: las personas, el bullicio, los vecinos, los petardos, los perros… Incluso a esos conductores que disfrutan de su rugido infernal.
¡Por fin ha llovido! Ha sido algo rápido. Primero, el sol y ese calor asfixiante que nos acompaña en los últimos días. De repente, la luz ha desaparecido, han surgido nubarrones negros de la nada y ha empezado a llover con fuerza, acompañada de viento.
La lluvia ha durado un buen rato. Cuando ha cesado, el ambiente se sentía mucho más fresco, algo que he agradecido casi con una danza tribal espontánea. Estaba en el campo, así que también he percibido ese olor intenso, casi eléctrico, que llega justo después de la lluvia.
Ese aroma maravilloso se llama petricor. Aún no está recogido oficialmente por la RAE, pero aparece en su lista de neologismos en uso habitual. No la había oído nunca…
El término petricor fue acuñado en 1964 por dos investigadores australianos. Describe el olor agradable que se libera cuando la lluvia cae sobre suelo seco. Ese perfume, tan evocador, se debe a una combinación de aceites vegetales y a una sustancia llamada geosmina, producida por bacterias del suelo.
Sí, este aroma tan característico se lo debemos a una bacteria.
Estas bacterias viven en la tierra y, al descomponer materia orgánica, generan moléculas que se liberan al aire con la lluvia. Entre ellas, la geosmina, con su olor fuerte, terroso, inconfundible.
No es perjudicial para el ser humano. De hecho, tenemos una relación extrañamente íntima con la geosmina: somos capaces de detectarla incluso en concentraciones ínfimas. Evolutivamente, se cree que esta sensibilidad nos ayudaba a localizar agua o tierras fértiles tras la lluvia.
Como curiosidad, los camellos y otros animales del desierto pueden oler la geosmina a kilómetros de distancia, guiándose por su aroma para encontrar agua o zonas húmedas.
Un escritor te diría que es uno de los perfumes más antiguos del planeta: una exhalación mineral, un toque de tierra viva que reconforta. La ciencia te dirá que es la liberación de geosmina.