Y sé que es una medida de tiempo universal y que no hay ninguna duda de que el día 22 llega el otoño a mi entorno, pero yo sigo inmersa en un ambiente más primaveral que de fin de verano.
Será cosa del cambio climático o yo, que empiezo a tener alteraciones de percepción.
No sé, que se lo pregunten a las mariposas de este fin de semana…
Primero pensé que era algo divertido para regalar, pero alguien me dijo : “Está muy bien y es original, pero, además de la receta y la harina, los huevos , el azúcar , etc. , añade un pastel de verdad. Por si acaso…”
Y cuando recordé mis desastrosos intentos de hacer tartas durante el confinamiento, vi claramente que es una buena idea de apoyo. Por asegurar.
Cuando te preguntan ¿Cómo han ido las vacaciones? ¿Qué has hecho? , parece que sea obligatorio responder habiendo exprimido estos días al máximo , haciendo muchas cosas, viendo muchas cosas, en un continuo movimiento sanador post pandémico ( aunque sepamos que esto no ha acabado y de “post” no tiene nada). Pero este año, voy a responder que este verano “he estado”.
Es un estar consciente con el matiz más zen de la palabra. Sumergidos en los paisajes, en la calma.
Es otro año “raro” pero mejor que el anterior . Olvidamos rápidamente que podríamos estar peor y , tal vez, eso es lo que no debemos olvidar vista la cifra de contagios y hospitalizaciones.
Prudencia, responsabilidad y mucho relax.
Cuidaos mucho.
NB : La foto es de la camelia y el olivo que nos han acompañado estos meses en el blog. Sobreviven al calor y a mis cuidados. También se han pedido vacaciones…
Recientemente, he descubierto que la natación, me provoca un estado de armonía. Entro en el «submundo silente»…
En mi infancia, los niños de la familia sabíamos nadar porque en verano estábamos en la playa y nuestros mayores, salían en pequeñas barquitas a buscar mejillones y pulpos. Era primordial que supiéramos nadar porque siempre queríamos acompañarlos
Además de aprender de muy pequeña y exceptuando las clases obligatorias en el colegio, ya de adulta, me he sumergido en el agua con un afán lúdico. Pero algo ha cambiado. Hace muy poco empecé a nadar como ejercicio físico. En vez de remojones remolones , actividad con ritmo . Uno de los problemas potenciales, era la eliminación de la música o la TV tan importante para mí (necesito motivación extra) .
El ejercicio acuático se realiza en silencio así que no sabía si mi interés prosperaría, pero al empezar a tener un ritmo aceptable algo cambió. La mezcla de la ingravidez, el sonido del agua y de mi respiración me traslada a un estado de relajación que no sé describir con palabras. Los pensamientos vuelan, pero , hay un momento que todo se conecta y se desconecta a la vez, haciendo que la sensación de paz sea la dominante.
Cuando acabo, me quedo unos minutos flotando, haciendo el muerto, hasta que mi respiración se acompasa.
Bonnie Tsui, periodista , nadadora y escritora ha publicado un libro titulado “¿Por qué nadamos? “. Es un ensayo que mezcla historia, periodismo y experiencias propias buscando el por qué de ese deseo de inmersión en el agua que hemos tenido los humanos desde tiempos ancestrales.
“Son muchos quienes sienten la atracción del elemento líquido desde edad temprana: ese deslizarse hasta la gozosa inmersión, esa ingravidez creciente, ese acceso privilegiado a un submundo silente.”Bonnie Tsui
Me gustaría que pudierais captar el aroma de este sencillo ramo. No hay casi color: dos capullos de rosa que no huelen a nada, pero… tengo menta, albahaca, romero, salvia y lavanda. Todo recién cortado, con agua y un cubito de hielo.
El perfume de esa mezcla es fresco y embriagador. Me encanta manipular estas hierbas aromáticas, cuando cada semana, las renuevo.
Este ramo es un hábito recurrente. Una manía fragante. No tiene nada de negativo, al revés, pero no deja de ser un ritual personalizado y místico, para intentar que “todo esté bien” en base a una supuesta magia que atribuyo a una acción humana. Que encima, ejecuto yo…
El jarrón lo sitúo junto a una foto familiar en la que hay un ser querido que siempre tiene flores frescas en su casa. Antes, las escogía y las arreglaba ella. Ahora, ya no puede y lo hacen otros, pero, en ese hogar, sigue habiendo un ramo precioso en el salón.
Empecé a poner estos pequeños arreglos florales en mi casa, cuando estuvo en el hospital. Después del alta, lo mantuve como un “hábito recurrente”. Aunque confieso que hay otro motivo, del todo irracional. Lo admito. Será por esas casualidades puñeteras de la vida, pero si hay flores junto a la fotografía, todo va bien.
Llegará el día que todo ese ritual se desmontará, pero, hasta que llegue, me produce una sensación de paz inmensa.
Es más, difícilmente dejaré de hacerlo, aunque la realidad caiga por su propio peso y me arrebate la magia.
Habrá ramo aromático.
Es lo que tiene lo de los hábitos o manías recurrentes y bonitos…
Mi madre es muy fan de los geranios. En su casa, suelen estar siempre florecidos, de muchos colores, con predominio del rosa claro. “Una planta agradecida”, dice.
Lo cierto es que esta planta de origen sudafricano crece a pleno sol, pero también en semisombra. Se adapta a cualquier clima y suelo. En verano precisa de poco riego y ya no te digo en invierno.
Hermafrodita, por lo que no necesita que la polinicen. Florece en primavera y verano, aunque en climas suaves puede dar flores todo o casi todo el año .
Algunas especies son muy olorosas, ahuyentan insectos y se extrae un aceite/tónico con propiedades antisépticas y relajantes.
Además, y esto ni mi madre lo sabía , tanto las hojas como las flores son comestibles.
¿Vale la pena decirle a un amigo que su arroz a la crema de nécoras es un mejunje incomible y crear una situación tensa, cuando lo que menos te importa de ese amigo , es su habilidad en la cocina? Miente. ¿Y por qué le vas a decir a tu amiga que esa camiseta le queda de tortazo visual, cuando ella flota de entusiasmo con esa elección consciente? Miente.
La mentirijilla funciona como un regulador de nuestras relaciones sociales. Hablamos de esas mentiras blancas. Las pequeñas y piadosas. Las otras, ya queda claro que son «negras, malas y enormes». La mentirijilla es un filtro benigno por el que pasar las diferencias de percepciones y dejar que lo importante, lo esencial, salga intacto de las pequeñas batallas de la convivencia humana.
Al principio, en la niñez, somos devotos de la norma del «No mentir» y podemos desmentir tranquilamente. Los niños desarman a los adultos ante las mentiras más piadosas. Más tarde, ya las empezamos a utilizar para conseguir un fin: que no te castiguen ( yo no he sido ), que no te pillen ( estoy estudiando con X. Llegaré más tarde.-Al fondo, la música de la fiesta-). Esta sucesión de mentiras, siguen en nuestra vida adulta: desde mentir con respecto a un dolor para no hacer algo, hasta decirle a alguien que ya tienes un compromiso , sin tenerlo.
Si hacemos un examen de las mentiras blancas y situacionales que decimos al día , nos quedaríamos sorprendidos. Y, a la vez, si nos pusiéramos a practicar un ejercicio total de «verdad» y elimináramos esas pequeñas mentirijillas, podríamos dejar a más de uno derrotado, cuando se podía haber ahorrado el mal trago.
Como todo en la vida, se impone el equilibrio.
El resto de las afirmaciones de este post, pueden ser mentira…