Te sientas a la mesa. El primer contacto es amable. Pides algo de beber. Llega un platito de aceitunas y la carta. Agradeces que no sea un QR. En DIN A4 se lee mejor que en el teléfono.
La carta es grande, y no solo de tamaño. La oferta desborda: entrantes fríos y calientes, ensaladas, arroces, pescados y carnes. En cada apartado, opciones a mansalva.
Cuando algo te apetece, lo marcas mentalmente; dos líneas más abajo aparece otra tentación. Ni siquiera has salido de «Entrantes» y ya dudas.
Sigues, porque quedan muchas propuestas por descubrir. La abundancia, más que abrir el apetito, lo divide.
Terminas la lectura empachado de posibilidades, y aún descubres una hoja suelta: «Sugerencias del día». Diez más.
Mejor cartas cortas: la elección es más amable y, si hay pocos platos del día, suelen ser, de verdad, del día.
Lo escribió Baltasar Gracián, un autor barroco del Siglo de Oro español : Lo bueno, si breve, dos veces bueno. (*)
(*) Baltasar Gracián (1601–1658). Aparece en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647), dentro del aforismo “No cansar”. La forma completa es: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo».
El chocolate es uno de los protagonistas indiscutibles de las celebraciones de Semana Santa y Pascua en muchas partes del mundo. Su presencia está ligada al final de la Cuaresma, un periodo tradicional de ayuno y abstinencia que concluye el Domingo de Pascua.
El chocolate, considerado un placer o lujo, simboliza la recompensa y la alegría del renacimiento.
La forma más común de celebrarlo es a través de los huevos de Pascua de chocolate, que se regalan en países como Alemania, Francia, Italia, Suiza, Reino Unido, Estados Unidos o Canadá. En los países anglosajones, es típico que el conejo de Pascua «esconda» estos huevos para que los niños los encuentren en una divertida búsqueda.
En España, especialmente en regiones como Cataluña, la Comunidad Valenciana o Aragón, destaca la tradición de la Mona de Pascua, que ha evolucionado de un pastel con huevo cocido a elaboradas figuras de chocolate.
En Italia son típicos los uova di Pasqua rellenos con sorpresa, mientras que en Francia también se elaboran figuras de campanas, gallinas y conejos.
Vayas donde vayas, el riesgo de sobredosis te acompaña…
Una teoría muy aceptada es que la pasta, en su forma más reconocible, llegó a Europa a través de los árabes durante la conquista de Sicilia en el siglo IX. Los árabes ya elaboraban una forma de pasta seca llamada «itriyya», que podía almacenarse durante largos periodos de tiempo y hervirse cuando se necesitara.
Sicilia, bajo control árabe, se convirtió en un importante centro de producción de trigo y fabricación de pasta seca. La pasta árabe era perfecta para el clima cálido del Mediterráneo porque podía secarse al sol y almacenarse para largos viajes.
En la Edad Media, la pasta se popularizó en Italia, especialmente en regiones como Nápoles y Sicilia, debido al acceso a trigo duro (triticum durum), que era ideal para la producción de pasta seca.
La pasta se convirtió en un alimento básico por su durabilidad y facilidad de transporte.
En el siglo XII, se establecieron fábricas de pasta en Sicilia y otras partes de Italia. Esto ayudó a la pasta a convertirse en un alimento clave en la dieta mediterránea, y los italianos comenzaron a perfeccionar la técnica de hacer pasta, creando las formas y variedades que conocemos hoy.
Se estima que más de 500 millones de personas consumen pasta de manera regular en todo el mundo. Italia, siendo el país donde la pasta es más tradicional y parte integral de la dieta, consume alrededor de 25 kg por persona al año.
Todo este rollo, porque nos han regalado un bellísimo pack de pasta con un mensaje : “SOULFOOD”.
He dudado entre dos variades de limones: el Interdonato y el Amalfitano sfusato. Finalmente, creo que es el que proviene de la costa de Amalfi por su tamaño y sus características.
La corteza es gruesa y protege su interior por lo que es muy rico en aceites esenciales. Con este tipo de limón se elabora el típico licor de la zona, el limoncello.
Muy diferentes pero bonitos y aromáticos. Viven todos juntos, en el mismo árbol y sin ningún problema.
Un alegato a la diversidad . Hay que aprender del limonero…
Laalbahaca sibaritaha llegado a los 15 cm aproximadamente. Es el momento de realizar una poda de hojas… Si no se poda, la planta se hace más alta, florece más rápido y pierde más capacidad de regenerarse. En realidad, es su ciclo natural: crecer, florecer, producir semillas y reproducirse pero, en este caso, con intervención humana y tijeras de podar en ristre, quiero que la planta se ensanche, no florezca y produzca más hojas.
Para mis sofritos de tomate para la pasta, la cojo fresca… ¿Qué hacer con la albahaca que he podado? Lo más habitual es lavar y secar bien las hojas cosechadas y congelarlas. También se puede aromatizar aceite, pero, esta vez, me he decidido por la sal.
Sal de albahaca. Se mezclan las hojas (siempre limpias y secas) con sal gorda y se tritura todo. Lo extendemos encima de una lámina de papel de horno y la dejamos secar a 150º durante 5 minutos. Pasado este tiempo, la removemos y le damos otro toque, misma temperatura, mismo tiempo. Después se deja enfriar y tenemos el condimento preparado.
Lo hemos probado en un tomate abierto con una pizca de sal de albahaca y aceite.
“Tomar un café” es uno de esos ritos encantadores que nos hace más sociables, más amigos y, claro, en un primer impulso me vas a decir que sí. Quedaremos en mi casa, te haré pasar a mi salón y te dejaré sentado en mi nuevo sofá color chocolate.
Un poco de música suave enriqueciendo la atmósfera, te hará sentirte cómodo. Tendrás ganas de hablar de la vida, de lo transcendental o, simplemente, de lo que es superfluo, pero nos hace reír.
Mientras comentamos la jugada, me oirás trastear por la cocina. Sacaré mi vieja cafetera de puchero de uno de los armarios y, tú, sorprendido, me preguntarás por mi máquina de espresso de diseño. Sí, la de las capsulitas. Yo te responderé que he vuelto a mis orígenes y que te estoy preparando el mejor café del mundo en la vieja cafetera de mi abuela. Te distraeré, describiéndote los orígenes que he elegido para esta mezcla de granos: un poco de Kenia, Brasil y un toque napolitano…
A los pocos minutos de encender el fuego, empezarás a sentir la fragancia sutil del café que se hará más insistente, más poderosa. Ya estarás absolutamente relajado y dispuesto a que nos conectemos con este ritual del tomar el café… Entonces, la cafetera alcanzará su punto místico, al borde de la ebullición y se pondrá a cantar La Traviata. Sí, no lo has leído mal: La Traviata de Verdi.
Serán unos compases que tú no oirás…
Lo descubrí el día ese tan famoso en el que se fue la luz. La avería general afectaba a mi calle y la voz automática del Servicio de Atención al Cliente, me informó que tenía para cinco horas sin suministro. Esperaba visita así que empecé a pensar como iluminarnos…
Busqué la linterna y no encontré la linterna. Tampoco di con las velas de emergencia que todos, todos, tenemos en casa así que recurrí al precioso velón de vainilla que me regalaron para mi cumpleaños que me había resistido a encender para no perder la delicada forma cubista en la que estaba esculpido.
La cocina se iluminó tenuemente con la suave luz de la llama y un aroma dulzón de vainilla se esparció por la cocina. Me apeteció un café. Un rico espresso, de esos aromáticos y cremosos. Un Blue Mountain sería una buena elección, pero miré mi preciosa máquina de café, de diseño, con sus capsulitas y totalmente muerta y borré de mi mente la idea del café. Pero la idea se imponía en mi cabeza: café, café, café….
Desde pequeña, he vivido el” tomar café” como un rito sagrado. Íbamos a un tostadero, dónde mi padre elegía según los orígenes. Lo compraba en grano, ya que consideraba imprescindible molerlo instantes antes de ponerlo en su cafetera. Este grato recuerdo que casi huelo, me hizo recordar que tenía la vieja cafetera de mi abuela en el fondo de un armario y ¡Funcionaba con mi cocina de gas natural! No necesitaba la dichosa luz. La lavé y la llené de agua. ¿Y el café? Miré las cápsulas, miré la cafetera. Me dediqué a rasgarlas e ir llenando el viejo cacillo con el café de George.
Mientras la cafetera iniciaba la ebullición, cogí mi móvil, que milagrosamente estaba cargado, y llamé a mi cita. Tenía mis esperanzas puestas en que, por fin, había encontrado a alguien interesante y con posibilidades de un futuro común. Me saltó el buzón de voz, al mismo tiempo que la cafetera empezaba a cantar La Traviata. Yo también salté. Primero estaba asustada y después, más tranquila al ver que el viejo cacharro lo único que hacía era tatarear el Brindisi. Me acerqué y con todo el valor que pude reunir, abrí la tapa. El café, caliente y especiado, aparentaba una normalidad absoluta.
Entonces, mi teléfono empezó a sonar. Era él. Para entonces, la cafetera ya se había callado y mi imaginación volvió a encarrilarse hacia la normalidad.
– ¿Cuándo vendrás? Se ha ido la luz, pero se me ocurren cosas maravillosas que podemos hacer totalmente a oscuras.
-. Dentro de un ratito. Tengo mucho trabajo– me respondió él.
La cafetera silbó el inicio del Brindisi.
No le di importancia.
– ¿Me echas de menos?
– Sí, muchísimo–.
Y fue acabar la frase y la cafetera, ya absolutamente lanzada, subió el volumen.
La Traviata en su máximo apogeo. Parecía que había una orquesta sinfónica en mi cocina…que sólo oía yo. Fue colgar el teléfono y la cafetera, enmudeció. Me serví un café y vertí el resto en una jarrita de porcelana. Revisé el interior del viejo pote, buscando el ingenioso mecanismo que hacía que sonora la música. Nunca he sido muy de máquinas, así que tampoco me sorprendió no encontrar nada.
El hombre con el que hablé duró dos meses en mi vida. Me abandonó y me partió el corazón. La cafetera tuvo algo que ver, evidentemente. No pude volver a guardar la reliquia de la abuela y, poco a poco, recuperé la vieja tradición familiar del rito del café. Dejé de hacer colas para que me vendieran las capsulitas cómo si fuera caviar y localicé pequeños tostaderos artesanos donde podía experimentar con diferentes blends ysiempre que nos apetecía un café lo hacíamos en el viejo puchero.
Y el viejo puchero me cantó tantas veces La Traviata que tuve que admitir que había una relación causa-efecto. Si mientras se hacía el café, si yo le hacía una pregunta a quien estuviera conmigo, El Brindisime decía si la respuesta era verdadera o falsa. Si me estaba mintiendo, yo oíaLa Traviata.
Ya llevo bastantes relaciones finiquitadas por mi cafetera-polígrafo.
Ahora entiendo porque mi padre la escondió durante todos estos años en el garaje, en una caja de cartón. Es un chivato de la mentira. De todas las mentiras: las transcendentales y las superficiales y eso es peligroso. Es más fácil vivir ignorando la verdad, creedme.
Yo soy adicta a esa cafetera. Puede ser que también sea adicta a la verdad, pero no siempre toda la verdad es importante. Sí, si lo que quieres saber es si te quieren, pero no si la pregunta es si te queda mejor ese nuevo corte de pelo. No puedo evitar someter a todos mis amantes a la prueba de La Traviata. Ni a mis amigos. Ni a la familia. Podría dejar que las cosas fluyeran naturalmente y volver a conectar mi máquina de café espresso en cápsulas, pero no puedo. La cafetera de la abuela me supera…
Si vienes, te invitaré a catar un increíble blend de un torrefactor artesano. Te encantará. Me lo envían desde Roma. Esperaré que el aroma te llegue al cerebro y te preguntaré…
Libiamo, libiamo ne’lieti calici che la belleza infiora. E la fuggevol ora s’inebrii a voluttà. Libiamo ne’dolci fremiti che suscita l’amore, poichè quell’ochio al core Omnipotente va.
De las Crucíferas (Col, Coliflor, Repollo, Coles de Bruselas, Col Rizada, Col Morada, Col Lombarda, Brócoli, etc.)
Ya la conocían los egipcios, también los griegos y más tarde, los romanos.
Durante el imperio romano, la col (o repollo) se consideraba un alimento milagroso. Lo que ahora llamamos “alimentos inteligentes” o “súper inteligentes,” ya los tenían fichados los romanos.
La realidad es que la col tiene muchas vitaminas (A, C y D). También magnesio y potasio. Mucha fibra y poca grasa y nos mantiene hidratados. Una maravilla medicinal en formato natural. Se puede administrar sin receta.
El único inconveniente es que las crucíferas están preparadas para defenderse en caso de una amenaza de ataque. De un depredador de su hábitat o de un humano con una olla de agua…
En sus tejidos tienen unas sustancias (glucosinolatos)llamadas precursoras de sabor. Contienen azufre y nitrógeno y cuando las muerde un animal o las cortamos con nuestro cuchillo, estas dos sustancias se liberan y se mezclan y se inicia una reacción que genera ese desagradable olor. Lo hacen para ver si te vas y las dejas en paz.
Al procesarlas (hervirlas, hacerlas al vapor, etc.) desaparece el aroma. Eso sí, si te pasas de cocción sus compuestos de azufre se transforman en trisulfuros y estos son los responsables del olor fétido y persistente a col recocida. Hay que cocinarlas en su punto y ventilar la cocina
Estas son coles que tengo plantadas. Como está haciendo calor para la época del año, no estoy consiguiendo grandes resultados alimentarios, pero si unas crucíferas preciosas para hacer fotos.
Sobre todo, después de haber llovido y con esas brillantes gotas de agua en la superficie. Me acabo de enterar que las hojas de la col son impermeables. Su superficie está cubierta de unas columnas microscópicas de cera que forman una cutícula pulida por la que resbalan las gotas. Y, como todo en la naturaleza rezuma perfección, esto es para que, al deslizarse las gotas, limpien las hojas de polvo que impide captar la luz del sol para realizar correctamente la fotosíntesis.
En la mesa, debajo del cañizo , viendo el campo… Estoy con una amiga y hemos puesto los mantelitos individuales, los vasos con agua y zumo. También pa amb tomàquet y una tabla con embutido de la zona. Ni nos hemos sentado que se acercan unas avispas revoltosas. Primero hay dos pero, después, el número se dobla. Yo , las temo. Mi amiga, también. Dando saltitos y haciendo aspavientos con un trapo, hemos conseguido sacar los platos , los vasos, y el pan. La tabla, ha sido más difícil. Les encanta la sumaia…
Más bandadas de trapo y ya lo tenemos todo pero nos siguen al interior. Hemos cortado un trozo de sumaia y lo hemos dejado en la mesa, a medio sol, debajo del cañizo… Allí dónde debíamos haber estado nosotras…
Me convierto en una urbanita extasiada ante el gigantesco tamaño de los calabacines de un pequeño huerto en el Alt Empordà.
En mi esquema mental, eso que veo es un prodigio. ¡Madre Mía!
Entonces, el pagès que está al cuidado me dice que esos calabacines tan enormes son los peores de la cosecha. Son tan grandes porque se han pasado de rosca. No se han cosechado en el momento oportuno.
Me señala uno pequeño, un poco mayor que los que encuentro en el mercado y me dice : Ese está a punto de caramelo.
Y para que se entienda mi admiración por el calabazón ( entendereís que no lo puedo llamar calabacín), los he fotografiado con un tenedor como referencia…