Trato.

En los últimos Halloween, y de forma inesperada, llamaron niños a mi puerta pidiendo “truco o trato”. Lo digo porque, aunque veíamos muchas calabazas y murciélagos en las calles, no era habitual que los niños recorrieran el vecindario en busca de golosinas.

Al principio eran pocos y yo no estaba preparada ni acostumbrada. Aquí celebramos la noche de la castanyada y los dulces típicos son los panellets, así que, al oír el timbre y responder “trato” sin saber si era lo que tocaba, acabé reuniendo caramelos de regaliz, magdalenas o bombones que tenía en casa. La cara de aquellas brujas y esqueletos infantiles mostraba decepción: “¿Dónde vas con un caramelo de regaliz?”.

Hace unas semanas, de compras, vi una bolsa enorme de caramelos y piruletas. Y, no sé cómo, me acordé de Halloween y de que iba a estar en casa. La compré y la coloqué en una cesta de mimbre, en el recibidor.

Fui atendiendo el timbre: grupos de cuatro, de dos, con sus padres, todos disfrazados. Les decía “¡trato!” y salía con la cesta repleta. Se les encendía la cara al llenar sus bolsas con aquel surtido dulce y colorido. Seguí recibiendo tandas de pequeños grupos hasta que se corrió la voz de que en el barrio había una casa donde sí abrían y daban caramelos.

Efecto llamada.

Antes de que llegaran a la puerta, los oí: alborozo, gritos, excitación. Muchos niños. Se arremolinaron a mi alrededor para coger caramelos de la cesta, en esa euforia que solo tienen los niños. Me quedaron unas pocas piruletas y el contagio de su alegría.

Me hizo más ilusión a mí que a ellos.

El año que viene me disfrazaré. ;-)

Tantas cosas y una sola.

Una mudanza lleva asociada una actualización del inventario de tu vida.
En las cajas, rotuladas con una máquina de etiquetas, hay objetos: los que sacaste o descolgaste porque ya no quedaban bien en el salón; aquellos de los que te cansaste pero, por ser de aquel viaje, no te atreves a tirar; y otros que guardas porque te los regalaron personas que te importan. Muchas cosas nunca saldrán de esas cajas.

También hay papeles, textos, cartas, teléfonos viejos, CDs y DVDs.
Clasificas y etiquetas, cada caja con lo suyo, hasta que llegas a las fotos.

Álbumes de fotos, de las de antes: de papel.
Son momentos irrepetibles; sentimientos que aparecen sin control, mezclados: melancolía y alegría, añoranza y sonrisa.

Son muchas cosas acumuladas en los años vividos. A ratos gana la tristeza por quienes ya no están y no sabrán de esta mudanza; pero, al final, cuando los recuerdos se aposentan, te queda una sola cosa: la sensación de que esta vida ha estado bien.
Cierras la última caja. Pegas la cinta. Apagas la luz. Y lo agradeces profundamente…

Crónica de una orquídea anunciada.

No sé si es que no aprendemos o si queremos hacer de esto una tradición en mi casa. Yo digo: «No quiero orquídeas; se me mueren todas», pero, cada año, sin hacer caso a mis indicaciones, tengo orquídeas. Y, en esta ocasión, dos.

Me siento culpable solo con verlas ahí, envueltas en su papel de regalo, tan lozanas y bonitas. Su vida está en mis manos y se acabará, seguro, bajo mis cuidados. Pero quien me las trae lo considera un ejercicio de perseverancia: «Esta vez vivirán y las flores rebrotarán», me dice. Lo celebro, porque siempre es motivador que alguien tenga confianza en ti, pero, en mi interior, me siento una serial killer de orquídeas, porque ya llevo un número considerable de fracasos.

Busco la vida media de la planta y me encuentro con esto: «Una orquídea, con los cuidados adecuados, puede vivir entre 10 y 15 años o incluso más, llegando a vivir décadas o incluso más de un siglo en algunos casos excepcionales, como una Phalaenopsis de más de 100 años. Su longevidad depende en gran medida de las condiciones ambientales y del cuidado especial que se les brinde».

A ver si me redimo con estas dos, o con una de ellas, que ambas es demasiado optimismo…

Jardines que fueron.


Saludo a una vecina en la panadería. No tenemos mucho trato, pero durante años nos hemos intercambiado frases corteses.
Es una mujer mayor, agradable y educada, que habla con un marcado acento francés que la hace aún más encantadora. La llamábamos “la francesa”, aunque su nombre es Marie.
Se va a vivir a Francia, a su pueblo natal, y ha vendido la casa.

La noticia me impacta : la casa de la francesa ha sido un mito en mi vida. Ella pasaba horas en el jardín y desde allí nos saludaba. Ni la casa ni el jardín son grandes, pero todo encaja: los pilares del porche con la glicinia enredada, los maceteros de terracota velados por el tiempo, el lila suave que colorea la tarde. Hay laureles, lavanda y romero; algún granate entre los arbustos.
El limonero ya es enorme, como el roble bajo el que se adivina un sillón. Plantó rosales, hortensias y varias clases de jazmín. El aroma te invade al pasar.

Es un jardín salvaje y mediterráneo. Una maravilla.
Y esa es su pena: dejarlo.

Marie dice que la casa no le importa, aunque allí haya sido feliz. Lo que le duele es el jardín. Se necesitan años de cuidados para armar ese puzle de flores, arbustos y árboles; solo el tiempo y la dedicación logran esa armonía de colores y perfumes.
En unas semanas, otras personas ocuparán la casa y ella está muy disgustada: se ha enterado de que quieren arrancar la trepadora del porche porque, dicen, favorece roedores e insectos.

«Si pudiera, me llevaría el jardín conmigo», nos dice antes de despedirse, amablemente, como siempre y para siempre.

La casa de la francesa ya no será la casa de la francesa.
Al atardecer, cuando retiren la glicinia, el porche dejará de teñir de lila la pared y el jardín, por primera vez en años, ya no nos saludará.

El grillo.

Todas las noches de esta semana me acompaña un grillo. Es un sonido que no invade, que deja espacio , que reconforta aunque sea un chirrido.

En verano era otra historia. Entonces eran las cigarras, con ese zumbido implacable que lo que llenaba todo. No había silencio, ni respiro. Como si quisieran recordar que el calor no perdona. Aquello no era compañía o evocación veraniega, era estruendo.

Quizá por eso ahora agradezco tanto al grillo. Porque su voz no me molesta. Porque no me recuerda al calor que aplasta, sino a la calma que queda cuando por fin refresca.

Me gusta este inicio de este otoño…

La mella.

He tenido la suerte de tener en mi vida, a un hacedor de cucharas de madera de boj. Ahora, que ya no está con nosotros, cada pieza que tengo, cada una de esas cucharas y espátulas , torcidas y hechas con la débil agilidad de unas manos ya muy viajadas, se convierte en un tesoro único. Una pieza exclusiva de una serie de Edición Limitada.

Algunas las convertí en cuadros, para que estuvieran en mis paredes, recordándome la grandeza de la máxima sencillez, pero, el resto, son piezas funcionales en mi cocina. Utilizo mis utensilios artesanos de boj, cada día…

Una de las espátulas, se me ha roto. Justamente, es la que se concibió para remover las migas pero que yo he utilizado para muchas cosas (incluso de alcanza-cosas de los estantes más altos).

Me la miraba, allí tendida, con una muesca que la hace inviable para cocinar y me ha parecido preciosa. Esa mella, es parte de una historia. De una vida. Es un objeto que tiene muchísimas cosas que contar: desde el inicio, cuando era una rama de boj en el Pirineo Aragonés hasta el momento que se empieza a dar forma, se convierte en cuchara y llega a mis manos, viviendo en mi cocina durante muchos años.

Así que seguirá entre mis utensilios, de manera testimonial, para que no se me olvide que el tiempo pasa, que hace mella, que ya tengo mi lista de los que no están, pero, también, que tengo la suerte de almacenar todas esas vivencias en una despensa emocional para cuando necesito alimentar el alma.

Sí, dejo la espátula en el bote, for ever.

Mella

  1. Rotura o hendidura en el filo de un arma o herramienta, o en el borde o en cualquier ángulo saliente de otro objeto, por un golpe o por otra causa.
  2. f. Vacío o hueco que queda en una cosa por faltar lo que lo ocupaba o henchía, como en la encía cuando falta un diente.
  3. f. Menoscabo, merma, aun en algo no material.

 

La noche en que conocí a un Premio Nobel de Literatura…

Estoy preparando una mudanza y me he dedicado a clasificar los libros y ponerlos en cajas. Hay algunos que son muy especiales para mí y, dos de ellos, me han hecho evocar una experiencia única.

La noche que conocí a un Premio Nobel de Literatura…

Camilo José Cela (1916-2002) Nobel de Literatura, Marqués de Iria Flavia, Senador, Miembro de la Real Academia de la Lengua Española y Gran Provocador.

Sus novelas son joyas literarias en las que Cela, pule y cuida nuestro idioma y lo hace con virtuosismo, ajustándolo con precisión y sencillez :

“Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y, sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y destinarnos por sendas diferentes al mismo fin : la muerte”.

Esta es una exquisita micro porción de La familia de Pascual Duarte, su primera novela de éxito. Después vendrían otras novelas La Colmena, La Catira ,Madera de boj, etc. ; libros de viajes como El Viaje a la Alcarria, Del Miño al Bidasoa, Judíos, moros y cristianos ; narraciones breves recogidas en Apuntes Carpetovetónicos  , obras de teatro, cientos de artículos periodísticos…

Una personalidad destacada en la prosa española y reconocida a nivel internacional, con la concesión del Premio Nobel de Literatura (1989). 

Mi primer contacto con este escritor es extraño. Mi padre, tenía un libro en su biblioteca que no nos permitía leer. O sea: estaba prohibido. En aquella época se me antojaba un libro muy atrayente. ¿Ya os he dicho que estaba prohibido? Cuando mis padres se iban y nos dejaban solos, nos las apañábamos para localizar y llegar a ese libro: el de las fotos. Y con esos textos oscuros…El título: “Izas, Rabizas y Colipoterras “. Fotografías del Barrio Chino de Barcelona y las prostitutas, clientela y entorno en los años 60. Pequeños relatos de Camilo José Cela, acompañando las fotos de Juan Colom. Aún hoy, me produce una cierta sensación de que estoy leyendo algo prohibido.

Más tarde, tuvimos que leer a Cela en el colegio.  Siempre me gustó La Familia de Pascual Duarte, así que no fue mucho problema. 

En los 90, tuve el inmenso placer de conocer personalmente al flamante Premio Nobel de Literatura (aunque para mí siempre sería el “señor que había escrito el libro prohibido”).Me gustaría explicarlo con humildad y con la emoción que me produce, ahora, rememorarlo. Hace muchísimo tiempo que no recordaba esa noche especial. Y es que me sorprende pensar que viví esa experiencia de una manera más o menos normal y, ahora, muchos años después, me parece una pasada. El tiempo da un baño de brillo especial a según qué recuerdos, supongo.

En esa época, para mí en la Universidad, me atreví a enviar un relato a un Concurso en Valencia y gané. Para ser más exactos, compartí el primer premio con un afable escritor, ya mayor y retirado en Castellón , después de muchos años de trabajo en Ginebra, en El Club del Libro Español de la ONU . Ese hombre fue mi mentor y maestro en mis primeros pasos en esto de escribir. Eran tiempos de correo manuscrito, de envíos de mis cuentos, escritos a máquina, que él me devolvía corregidos y con asesoramiento.Un día, me llamó por teléfono para invitarme a una “cena de gala” en su casa, para homenajear a su gran amigo Camilo José Cela. ¿? Aquello me sonó galáctico.

Recuerdo a mi pareja, alquilando un esmoquin. Mi padre, más emocionado que yo, también con el suyo.Yo misma, con un chal de seda (de los que sólo te ponías si ibas de boda y siempre te lo dejaba alguien que tenía uno bueno). Aquella casa, imponente. El jardín iluminado y Camilo Jose Cela sentado en un butacón de mimbre, saludando a los invitados. Después, mi amigo me lo presentó y le habló de ese premio compartido. De ese momento recuerdo instantes de la charla agradable , los consejos y que el chal me resbalaba continuamente por los hombros… Fue muy amable y prometió enviarme un libro dedicado.

Al cabo de un tiempo, recibí un paquete. Dentro, había un libro , con una nota “De parte del maestro” y una dedicatoria.

 

Ni que decir tiene que fueron tiempos de leer mucho a Cela y que tengo una especial debilidad por él. Será por esos dos libros únicos y llenos de recuerdos : el libro prohibido y “mi” libro dedicado.

Fue una gran noche.

Spoiler : fue espectacular.

Me hubiese gustado que la hubieses visto como yo la vi: el cielo encendido, el aire quieto, la luz perfecta.

La banda sonora de cigarras , muchas , y el trino de los pájaros.

El horizonte parecía derretirse en calma.

No es lo mismo desde una pantalla, lo sé, pero era demasiado bello para no compartirlo.

La taxista feliz.

Después de una mañana de recados, caminando por una Barcelona casi humeante, con el abanico maltrecho de tanto vaivén en cada semáforo, decido coger un taxi para volver a casa.
Al sentarme, me envuelve el alivio inmediato del aire acondicionado. Todo está impecable. Huele a limpio, a recién estrenado.

La conductora me ofrece una botella de agua y me pregunta qué ruta prefiero.
—La que tú quieras —respondo, agradecida.
Afuera, el asfalto arde bajo los 36 °C; adentro, se está casi demasiado bien.

Pronto iniciamos una conversación. Ya recuperada del calor, dejo que fluya. Soy de palabra fácil y curiosidad viva, así que en poco rato sé más de lo previsto. Pero no es un monólogo denso ni egocéntrico. Al contrario: sabe escuchar, sabe reír, sabe compartir. Y, sobre todo, irradia felicidad.

Es una taxista feliz.

Primero fue enfermera durante 21 años. Después, dueña y cocinera de su propio restaurante durante otros 15. Más tarde, tras separarse de su pareja de toda la vida, 35 años, dejó la hostelería. En el reparto de bienes, se quedó con el taxi.

Tiene dos hijos ya independizados. Y ahora, por fin, se siente libre. Conduce, charla, disfruta: hace lo que le gusta.
Todo en ella transmite una ligereza contagiosa. Sin drama, sin lamentos. Con humor, gratitud, y esa rara habilidad de saber jugar con la mano que la vida le ha repartido.

Cuando bajo del taxi, me siento fresca, animada… y sonriente.
Y me doy cuenta de algo: igual que uno puede contagiarse de pesimismo, también puede impregnarse de alegría.

Esta taxista lleva cinco años recorriendo las calles de Barcelona y, si te la cruzas, seguro llegarás a tu destino con una sonrisa que no sabrás de dónde ha salido.

Incomparable.

Esta foto está generada por IA

Es muy aproximada a la que le he mostrado, la de verdad.

Pero mientras yo fotografiaba este olivo precioso, oía el canto de los pájaros , sentía el viento suave y olía a hierba y flores ya que acababa de llover…

Nada puede mejorar la inteligencia natural