Las primeras flores.

Hoy, a las 15: 46 (hora peninsular española), llegará la primavera.

Para celebrarlo, unas ilustraciones de flores. Son del libro, Master of Claude de France’s Book of Flower Studies.

Es una obra fascinante, y en realidad no es una sola imagen aislada sino un manuscrito de estudios botánicos: el Book of Flower Studies, atribuido al Master of Claude de France, un iluminador francés activo aprox. entre 1508 y 1520. El libro se fecha hacia 1510–1515.

Lo más singular es que contiene 39 iluminaciones detalladas de flores europeas, realizadas sobre pergamino con una técnica muy refinada: acuarela opaca, veladuras orgánicas, pintura de oro y plata, tinta y carbón. Hoy está en The Met Cloisters (Nueva York), dentro de la colección del Metropolitan Museum of Art.

Las imágenes son de Public Domain Review, una revista digital sin ánimo de lucro, que explora y difunde obras que están en dominio público (sin derechos de autor).

El instante antes del viento

Los puntos nacen de lentejuelas de un jersey y pequeñas piedras de una pulsera.
Objetos sencillos, de la vida cotidiana, que recuerdan algo simple: la mayoría de las cosas son buenas.

Cada punto guarda una posibilidad.
Cada brillo, una esperanza.

Solo hace falta un instante. Y un poco de viento para que lo bueno empiece a esparcirse.

137,5 grados de belleza

Otra vez las camelias.
Cuando florecen, en invierno, siempre la misma foto. Y un post…

Me fascina esa “casi” perfección de la flor. Me sorprende cada año.

Cada pétalo nace ligeramente girado respecto al anterior y sigue un patrón matemático.
El ángulo entre ellos ronda los 137,5°, conocido como ángulo áureo. Es el mismo que aparece en girasoles.

No es casualidad, es eficiencia.

La planta coloca cada nuevo pétalo donde menos interfiere con el anterior. Así optimiza espacio y luz.

Lo que vemos como belleza es, en realidad, organización biológica muy eficaz.

Y sí: la naturaleza es bastante buena haciendo geometría y belleza.

Síndrome Repartón

Matilda sale poco de casa. Hasta hace poco, aprovechaba la bendita prejubilación para salir a comprar y, de paso, pasear tranquila. Tenía una libretita en la cocina y un bolígrafo de cuatro colores en el que iba apuntando lo que le faltaba.

Si eran cosas de volumen o peso, las pedía online. Pero los frescos y las pequeñas cosas le gustaba ir a comprarlas ella. Se le rompía una cremallera o quería unas medias que no le interrumpieran la circulación por debajo de la rodilla: lo apuntaba para pasar por la mercería. Un tope para la puerta o un cuelgafácil para colgar unas fotos que había enmarcado: pasaba por la ferretería.

Esos eran los temas “puntuales”. Pero había también unos “fijos”: diarios, semanales e incluso mensuales. El pan, la prensa, un ramo de flores…

A Matilda la conocían en todos aquellos comercios y siempre intercambiaba unas palabras con el panadero, la frutera, la joven del quiosco y la florista. Cuando volvía a casa, además, se había dado un agradable paseo.

Ahora Matilda ya no frecuenta mucho la ferretería ni la mercería. Se ha acostumbrado a pedir la pieza de la cremallera, el tope de la puerta, el pan, la comida e incluso las flores por Repartón. Está hipnotizada por su inmediatez: quiere una cosa y la tiene ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. También por su eficiencia: tiene cosas a su disposición que le cuesta encontrar en el barrio, como aquellos rotuladores metálicos permanentes para decorar un jarrón. Y si se equivoca, se lo recogen y se lo devuelven rápido.

Su vida transcurre pendiente del timbre de la puerta, a la espera del paquete de ese día, consultando el mapa del repartidor para ver a cuántas paradas está de su casa. Tiene el mundo en sus manos, a un solo clic de distancia.

La familia y los amigos están preocupados por ella. Sospechan que puede padecer un SR agudo, pero no saben cómo abordar el tema. Han mirado en el catálogo de Repartón si hay algún libro con técnicas terapéuticas para poder ayudarla.

Mientras tanto, la floristería ha puesto el cartel de “Se traspasa” y el panadero se ha jubilado. Ahora el espacio lo ocupa una tienda de fundas de móviles que, por cierto, se pueden encontrar más baratas en la plataforma.


Síndrome Repartón (SR)

Definición (no reconocida por la OMS, pero por tu timbre sí): trastorno leve por el cual una persona deja de “ir a por cosas” y pasa a “recibir cosas” en casa. Esta situación desemboca en una parálisis preventiva de las actividades que puedan impedir oír el timbre de la puerta y en la pérdida de las visitas al comercio local, con la consiguiente desaparición de la interacción social trivial (el “¿qué tal?”, el “lo de siempre” y el “hoy hace fresco… o parece que va a llover”)

Y Matilda, sin darse cuenta, cambió el paseo por la espera.

Quiero al apio

Me encanta el apio en ensalada. Por eso, un apio recién cortado de un pequeño huerto urbano es un tesoro: un regalo sencillo, directo, crujiente. En crudo tiene ese punto de frescor que limpia el paladar, pero su verdadero superpoder aparece cuando perfuma caldos, guisos y sofritos con un fondo vegetal, claro y reconocible.

Ese aroma no es casual. Durante siglos se apreció precisamente por eso: por lo que dejaba en el aire . La idea me dio curiosidad y me puse a buscar perfumes actuales con notas de apio. Los hay. Nunca lo habría imaginado…

El corazón —blanco y crujiente— ya desapareció en una ensalada. Me quedé con unas ramas espectaculares y, mientras espero a que acaben en un plato, las he puesto en un jarrón con agua. Además de exquisito y fragante, resulta que el apio también decora.

¿Cómo no voy a quererlo?

Merci pour les fleurs.

Compré este jarrón hace meses. Blanco, simple, y con una frase en francés impecable: “merci pour les fleurs”. Pero no había flores, así que el jarrón se fue directo al armario hasta la ocasión y, siendo honestos, me olvidé de él.

Hasta ayer.

Ayer llegaron flores. Y me acordé del jarrón como si me llamara por su nombre. Lo saqué, puse las flores y lo planté en la mesa . Por fin, todo encajó: el objeto y el momento feliz.

El ramo era tan espléndido que salieron tres arreglos florales. Como solo tenía un jarrón – “el jarrón”- las he puesto en una cubitera cubierta por una cesta de mimbre y una jarra de agua.

Merci pour les fleurs .

El aloe se queda…


Llegó de otras latitudes, hace siglos, viajando de mano en mano. Con el tiempo se adaptó a cualquier clima que no fuera de frío intenso o muy húmedo. No la veremos en Canadá ni en Singapur, pero cualquier clima semiárido le sienta de maravilla a esta planta suculenta.

No sabía si el frío del invierno y la tramontana la harían sentirse cómoda, pero, contra todo pronóstico, decidió quedarse en casa. Aprendió a doblarse sin romperse, a guardar agua y paciencia, a dividirse para llenar nuevas macetas o para regalar. Siempre en forma, creciendo, multiplicándose.

He visto que sus hojas se tiñen de morado y pensé que el aloe había enfermado, pero no: es un truco químico de una planta perspicaz, pigmentos que produce cuando el frío, el viento y el sol se pasan de intensidad. Ese color funciona como protector y, más que un problema, indica que la planta está activa y a gusto.

Grandes, pequeñas, en flor: todas comparten el mismo mensaje.

Te está diciendo : “yo de aquí no me muevo”.

Este aloe vera ya es de aquí…

Dientes de león, dados y placas electrónicas.

Me entran ganas de ponerme a soplar…

Más de 2000 dientes de león, recogidos por la artista Regine Ramseier, tratados con una capa de adhesivo y montados en una habitación blanca para la exposición ArToll Summer Lab 2011.

A mí, me das unos dados y los tiro, a por el seis.

Hay otros que hacen más cosas.

El escultor es el británico Tony Cragg.

El mundo, reciclado.

Esta es una obra de la británica Susan Stockwell para la Universidad de Bedfordshire.

Hall de Informática.

Definitivamente, la creatividad del ser humano es maravillosa.

 

 

Magnífica sencillez.

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He descubierto a este ilustrador malagueño:  Jesuso Ortiz.

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Magnífica sencillez.

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Ha sido un placer contemplar sus ilustraciones, tan simples y tan bellas, a partir de flores y objetos sencillos.

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¿A qué no sabéis cual elegir?

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Su Instagram.

Crónica de una orquídea anunciada.

No sé si es que no aprendemos o si queremos hacer de esto una tradición en mi casa. Yo digo: «No quiero orquídeas; se me mueren todas», pero, cada año, sin hacer caso a mis indicaciones, tengo orquídeas. Y, en esta ocasión, dos.

Me siento culpable solo con verlas ahí, envueltas en su papel de regalo, tan lozanas y bonitas. Su vida está en mis manos y se acabará, seguro, bajo mis cuidados. Pero quien me las trae lo considera un ejercicio de perseverancia: «Esta vez vivirán y las flores rebrotarán», me dice. Lo celebro, porque siempre es motivador que alguien tenga confianza en ti, pero, en mi interior, me siento una serial killer de orquídeas, porque ya llevo un número considerable de fracasos.

Busco la vida media de la planta y me encuentro con esto: «Una orquídea, con los cuidados adecuados, puede vivir entre 10 y 15 años o incluso más, llegando a vivir décadas o incluso más de un siglo en algunos casos excepcionales, como una Phalaenopsis de más de 100 años. Su longevidad depende en gran medida de las condiciones ambientales y del cuidado especial que se les brinde».

A ver si me redimo con estas dos, o con una de ellas, que ambas es demasiado optimismo…