En serio. Ayúdanos a humanizar este mundo del revés. Métete en redes, viralízate y haz que la gente piense , entre meme y meme, antes de opinar. Pon la empatía en trending topic, deja en evidencia la estupidez y conviértete en la voz del momento, con tu ironía y tu dulzura, sin necesidad de insultar.
Matilda sale poco de casa. Hasta hace poco, aprovechaba la bendita prejubilación para salir a comprar y, de paso, pasear tranquila. Tenía una libretita en la cocina y un bolígrafo de cuatro colores en el que iba apuntando lo que le faltaba.
Si eran cosas de volumen o peso, las pedía online. Pero los frescos y las pequeñas cosas le gustaba ir a comprarlas ella. Se le rompía una cremallera o quería unas medias que no le interrumpieran la circulación por debajo de la rodilla: lo apuntaba para pasar por la mercería. Un tope para la puerta o un cuelgafácil para colgar unas fotos que había enmarcado: pasaba por la ferretería.
Esos eran los temas “puntuales”. Pero había también unos “fijos”: diarios, semanales e incluso mensuales. El pan, la prensa, un ramo de flores…
A Matilda la conocían en todos aquellos comercios y siempre intercambiaba unas palabras con el panadero, la frutera, la joven del quiosco y la florista. Cuando volvía a casa, además, se había dado un agradable paseo.
Ahora Matilda ya no frecuenta mucho la ferretería ni la mercería. Se ha acostumbrado a pedir la pieza de la cremallera, el tope de la puerta, el pan, la comida e incluso las flores por Repartón. Está hipnotizada por su inmediatez: quiere una cosa y la tiene ese mismo día o, a más tardar, al siguiente. También por su eficiencia: tiene cosas a su disposición que le cuesta encontrar en el barrio, como aquellos rotuladores metálicos permanentes para decorar un jarrón. Y si se equivoca, se lo recogen y se lo devuelven rápido.
Su vida transcurre pendiente del timbre de la puerta, a la espera del paquete de ese día, consultando el mapa del repartidor para ver a cuántas paradas está de su casa. Tiene el mundo en sus manos, a un solo clic de distancia.
La familia y los amigos están preocupados por ella. Sospechan que puede padecer un SR agudo, pero no saben cómo abordar el tema. Han mirado en el catálogo de Repartón si hay algún libro con técnicas terapéuticas para poder ayudarla.
Mientras tanto, la floristería ha puesto el cartel de “Se traspasa” y el panadero se ha jubilado. Ahora el espacio lo ocupa una tienda de fundas de móviles que, por cierto, se pueden encontrar más baratas en la plataforma.
Síndrome Repartón (SR)
Definición (no reconocida por la OMS, pero por tu timbre sí): trastorno leve por el cual una persona deja de “ir a por cosas” y pasa a “recibir cosas” en casa. Esta situación desemboca en una parálisis preventiva de las actividades que puedan impedir oír el timbre de la puerta y en la pérdida de las visitas al comercio local, con la consiguiente desaparición de la interacción social trivial (el “¿qué tal?”, el “lo de siempre” y el “hoy hace fresco… o parece que va a llover”)
Y Matilda, sin darse cuenta, cambió el paseo por la espera.
El cuadrado va de serio: cuatro lados, cuatro esquinas, todo bajo control. “Así se hacen las cosas”, se repite. Cuadrado. Pero claro… por dentro se le cuelan ideas redondas. Pensamientos prohibidos. Ideas que no cuadran con su rigidez. Al principio son puntitos tímidos, como si estuvieran tanteando el terreno. Luego empiezan a crecer y a multiplicarse.
Se quedan ahí dentro. Son redondas. El cuadrado es un cuadrado y punto ( aunque sea redondo).
En un acto de valentía sin precedentes, este cuadrado ha confesado sus pensamientos prohibidos y resulta que , efectivamente, son ideas redondas.
Ojalá todas los cuadrados las dejaran salir y ocupar su espacio…
En invierno, los plataneros se quedan como esqueletos elegantes: ramas desnudas, cielo limpio y esas bolas cargadas de polen, esperando la primavera.
Estos días se han balanceado con frenesí por el episodio de viento fuerte que hemos tenido en la zona. Mirando su baile, de repente vi algo blanco colgado en lo alto de las ramas.
De lejos era un trapo. Una camiseta. Una sábana pequeña… Y durante unos segundos —qué fácil es esto— pensé: una señal. Una de esas señales tontas y necesarias que una se inventa para esperanzarse.
Me pareció una bandera de la paz. Un deseo. Una señal del futuro… pero hice zoom.
No era tela. Era plástico.
Una bolsa atrapada entre las ramas, una “enseña” blanca que no debería estar ahí.
Lo inquietante no fue la bolsa, sino lo bien que imitaba la paz desde lejos.
La próxima vez que vea algo blanco en lo alto de un árbol, volveré a pensar —por un segundo— que es una bandera de las buenas, la única buena. Y luego no haré zoom.
Solo hay que leer el periódico a diario, ver la televisión o asomarse a los hashtags más populares de X. Si te detienes en las noticias políticas —en territorio nacional o internacional—, ves con bastante claridad que estamos afectados por elDunning-Kruger.
El planeta se ha llenado de seres humanos que padecen elefecto Dunning-Krugery, encima, han copado posiciones políticas. Estamos rodeados.
El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren una sensación de superioridad ilusoria: se consideran más inteligentes que otras personas más preparadas y sobreestiman su competencia real. Este sesgo se explica por una incapacidad metacognitiva para reconocer la propia ineptitud.(Justin Kruger y David Dunning, Universidad de Cornell, 1999).
Y mira: es posible que nos hayan contagiado y que, aunque nos cueste creerlo, vayamos por la vida ajenos a nuestra propia ignorancia. No te digo que no.
Ahora, lo urgente es encontrar el antídoto. Nos va mucho en ello…
Reyes Magos: haced magia útil. Cread una estación en el punto más solitario sobre la tierra y, la noche de Reyes, mandad allí a cualquier dirigente y su equipo, que gobierne para sí mismo y no pensando en la gente. Da igual país, ideología o bandera: billete de ida. Sin wifi, sin cámaras. Que el silencio les recuerde a quién deben servir. Y que vuelvan cuando lo entiendan (si lo entienden).
Tengo las coordenadas , por si os pueden ser útiles : Polo de Inaccesibilidad Antártico.
Tenía que aparentar calma. Si le veía el miedo en los ojos, habría ganado.
El monstruo avanzaba con una sonrisa blanda, casi amable, y los brazos abiertos como quien va a recibirte. En cualquier instante abriría la boca y lanzaría contra ella su arma —esa contra la que no existía defensa.
Su única posibilidad era huir. Despistarlo un segundo, correr hacia los ventanales con todo el impulso que pudiera reunir y… saltar. No era mucha altura, pero tampoco sabía caer. Nunca había aprendido. Aun así, no había otra salida.
La sala era de un blanco impoluto, sin sombras. Una puerta blindada. Un ventanal enorme. Al otro lado, el cielo de un rojo raro.
Había plantas. En medio, dos butacones mullidos y confortables, separados por una mesita baja. Sobre la mesita, una bandeja: café humeante, té, agua y galletas de mantequilla.
Él se acercó un paso más.
Demasiado cerca.
Ella oyó el aire entrarle en la boca. Lo sintió preparar el sonido. El instante previo al golpe.
No podría soportarlo.
La raza humana ya no estaba hecha para eso. Habían eliminado, siglos atrás, todo lo que no fuera funcional. La comunicación se reducía a órdenes, datos, hechos: el área segura. Lo emocional se consideró un ruido peligroso, una grieta. Se había extirpado con paciencia , generación tras generación, hasta que las palabras dejaron de servir para decir lo que dolía, lo que alegraba, lo que hacía temblar por dentro.
De vez en cuando circulaban rumores: grupos de resistencia, viejas tribus obstinadas que aún conservaban aquella capacidad primitiva. Decían que secuestraban a humanos normales y los sometían a terapias bajo un lema terrorífico :
“Hablando se entiende la gente”.
Pocos sobrevivían a ese hiperestímulo cerebral y los que volvían lo hacían transformados, incapaces de sobrevivir en una sociedad aséptica.
Ahora le tocaba a ella.
Él alargó la mano y le tomó el codo delicadeza. La guio hacia los butacones.
Seguía sonriendo. En su mirada había algo que intentaba ser… ¿comprensión? ¿cuidado? Ella no supo leerlo. No tenía las herramientas.
Se sentó, rígida, en uno de los butacones. El café desprendía un aroma cálido. Las galletas olían a infancia —una palabra vieja que aún conservaba en su memoria.
Él se acomodó frente a ella. No invadió su espacio. No hizo ningún gesto brusco. Sólo la miró a los ojos, con paciencia.
Luego movió los labios.
Y lanzó el arma mortal, despacio, sin levantar la voz.
—¿Hablamos?
Nota : Aún estamos a tiempo: si volvemos a hablar de verdad, volvemos a encontrarnos como sociedad.
Expectativa: Quieres que la cama luzca como la de un hotel de lujo: muchos cojines de diferentes tamaños y un camino de cama perfecto sobre una colcha impecable.
Realidad: Cada noche tienes que destruir la muralla de cojines que no vas a usar, doblar el camino y la colcha y buscarles un sitio hasta el día siguiente. Y vuelta a levantar la fortaleza al otro día. Y al otro. Y al otro… Bonito, sí.
Expectativa: Una cocina minimalista: solo el exprimidor y la batidora a la vista, una planta en cesta de mimbre y un cuenco de fruta natural.
Realidad: Tienes más utensilios que usas y quieres tener a mano cuando cocinas. Y ese tostador horizontal, de bar, que te va de maravilla, te acompaña desde hace años y ya ni siquiera se fabrica. Es feo, sí, pero imprescindible.
Expectativa: Cocina abierta al comedor-salón. El espacio se ve más amplio y, cuando tienes invitados, puedes hablar con ellos mientras preparas la comida.
Realidad: Funciona si solo haces ensaladas y platos fríos, pero si guisas, te encanta el pescado a la plancha o la coliflor hervida, prepárate para abrir todas las ventanas y montar una ventilación cruzada para sacar el olor a comida de toda la casa.
La expectativa es lo que sale en las revistas y en los proyectos de interiorismo. La realidad es la vida que pasa dentro. Y una casa vivida tiene vida. La tuya.
Te sientas a la mesa. El primer contacto es amable. Pides algo de beber. Llega un platito de aceitunas y la carta. Agradeces que no sea un QR. En DIN A4 se lee mejor que en el teléfono.
La carta es grande, y no solo de tamaño. La oferta desborda: entrantes fríos y calientes, ensaladas, arroces, pescados y carnes. En cada apartado, opciones a mansalva.
Cuando algo te apetece, lo marcas mentalmente; dos líneas más abajo aparece otra tentación. Ni siquiera has salido de «Entrantes» y ya dudas.
Sigues, porque quedan muchas propuestas por descubrir. La abundancia, más que abrir el apetito, lo divide.
Terminas la lectura empachado de posibilidades, y aún descubres una hoja suelta: «Sugerencias del día». Diez más.
Mejor cartas cortas: la elección es más amable y, si hay pocos platos del día, suelen ser, de verdad, del día.
Lo escribió Baltasar Gracián, un autor barroco del Siglo de Oro español : Lo bueno, si breve, dos veces bueno. (*)
(*) Baltasar Gracián (1601–1658). Aparece en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647), dentro del aforismo “No cansar”. La forma completa es: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo».
Teodora trabajaba como restauradora en el Museo de Historia de la ciudad. Se había doctorado en la especialidad de Objetos del Siglo XXI y pasaba largas horas devolviendo la vida a piezas rescatadas de los yacimientos arqueológicos de las antiguas urbanizaciones.
El último trabajo, del que estaba especialmente orgullosa, había sido la restauración de un teléfono primitivo llamado iPhone, cuya minuciosidad había sorprendido a sus superiores.
No la extrañó que la citaran en la planta de Dirección. Entró en el despacho preparada para recibir una felicitación y salió de allí emocionada: le habían confiado el encargo más importante de su vida.
El sofá amarillo.
El sofá de la Revolución.
Ese sofá.
Acababa de desembalarlo. Lo examinó con cuidado: un modelo Chester, con su capitoné característico y los brazos a la misma altura que el respaldo. La piel amarilla, gastada por el tiempo, parecía aún guardar el calor de quienes lo habían habitado. Restaurarlo exigiría toda su destreza.
Al someterlo al escáner molecular, apareció algo inesperado: un fragmento de celulosa entre los muelles centrales del respaldo.
¿Papel?
Lo extrajo con delicadeza y lo aisló en atmósfera cero. Era una carta. Una carta de papel, del siglo XXI.
Con el corazón acelerado, activó el tecno-lector. La voz del pasado comenzó a desplegarse ante sus ojos.
Aquí lo hicimos.
Aquí nació todo. Fue en este sofá. Este mismo.
Eran malos tiempos. La pobreza alcanzaba al ochenta por ciento de la población, y los recursos y el poder se concentraban en unos pocos. Nadie podía intervenir en sus decisiones. No existía el diálogo… y la miseria crecía.
Empezamos a reunirnos en las calles. Éramos centenares de desilusionados que buscábamos lo mínimo para sobrevivir. Nos encontrábamos en parques o junto a los contenedores. Hablábamos. Nos reconocíamos.
Un día apareció este sofá amarillo. Yo, agotado, me senté. Cerré los ojos un instante y alguien me saludó. Era un hombre lleno de ideas, de soluciones posibles. Mientras hablábamos, se unieron otros dos. Entre todos dimos la vuelta al mundo con palabras, con puntos de vista distintos, con ideas, muchas ideas.
Al día siguiente, el sofá nos esperaba. Y nosotros a él. La conversación continuó. Pronto llegaron más personas con otros sofás: floreados, rayados, de todos los colores.
Un mes después, las calles eran un tapiz de sofás. Cada uno rebosaba voces, conocimiento, experiencias. Así nació lo que llamaron la Revolución del Sofá.
Cuando miles de sofás ocuparon las ciudades, comprendimos que teníamos en las manos algo esencial: la fuerza de dialogar. Entonces hicimos que aquellos que decidían por nosotros se sentaran también. Que escucharan. Que respondieran.
Ese fue el inicio de una nueva era. Un tiempo en que la multitud silenciosa habló, y fue escuchada.
Ruego a quien lea estas palabras que no lo olvide nunca.
Aquí lo hicimos.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Teodora. No era una mujer propensa a la emoción, pero aquel sofá agrietado parecía latir bajo su mano.
Tenía en sus manos el encargo de su vida: restaurar y preservar un símbolo.
Se enfundó el traje de protección y comenzó a trabajar.
Hoy, el sofá amarillo de la Revolución del Sofá, restaurado por la doctora Teodora Comonuevo, y la carta hallada en su interior forman parte de la exposición itinerante No hay que olvidar, que recorre las ciudades del país como memoria viva de un tiempo en que un simple mueble encendió la chispa del cambio.