Últimas flores .

Llegó a casa en octubre. Es una planta que ha marcado mis tiempos pandémicos.

La camelia, el arbusto que florece en invierno, ha cumplido con lo prometido y ha estado recreándose en bellas flores todo el invierno.

Ahora, ya en primavera, sólo quedan tres ejemplares.

Dos a punto de caer .

Y una que aún tiene ese tono rosado intenso.

Cuando esta última flor desaparezca, la camelia será un arbusto verde durante todo el verano. Hasta que vuelva el frío.

Cuando emerjan los primeros capullos, habrá pasado un año y, espero poder dar testimonio fotográfico de cómo vuelven a abrirse las flores, mientras escribo que el mundo ya está a salvo del virus…

Tenemos una cita.

Terapia con una tiza.

Esta es una maceta que lleva conmigo muchos años.

Donde ahora hay esos orificios, antes había un asa de mimbre que, con la lluvia, el sol y el viento acabó desintegrándose.

Sin la asa, la maceta tenía parecido a una cara. O , por lo menos, dos ojos.

Y entonces, veo la tiza.

Le dibujo una mueca . Es una manifestación de hartazgo vital y pandémico, pero, después me lo pienso mejor. “Hay que tener paciencia “( esto me lo repito frecuentemente) y constato que, cada día que pasa,  hay más vacunados a mi alrededor. Ya llegará.

Va. Borro la mueca.

Hay que tener paciencia.

Carretera y mascarilla.

Vale. En la burbuja, ya nos hemos estudiado todas las normas y reglamentos y estamos preparados para salir de la comarca. ¡Qué emocionante!

Carretera y manta. No, perdón, “carretera y mascarilla”…Y sin salir de la comunidad autónoma.

Si me dicen , hace un par de años, que unos kilómetros en coche , iba a ser una aventura, un logro, un respiro, no me lo creo.

Photo by Thomas Bennie on Unsplash

Pues, en este 2021,  lo va a ser : aventura, logro y respiro.

Felices vacaciones.

Cuidaos.

NB 1 : Carretera y manta se usa para aludir al hecho de emprender un viaje.

NB2 : Ya puestos, he escogido una foto de Unsplash de una carretera muy chula.

Levitar.

A veces, me olvido de que estamos en pandemia. O, según los expertos, ya he normalizado la pandemia como forma de vida.

Mascarilla, gel, el paso atrás cuando estimas que te acercas demasiado, compras más rápidas ( menos lúdicas), selección de oferta de restauración según posibilidades de exterior y si no, take away, contactos sólo con la burbuja de convivencia ( ¡y muchas ganas de ampliar burbujas!) y sin salir de mi territorio…

Mi franja de edad y la consideración de que no soy esencial ( que yo ya lo sabía), me deja en los turnos más avanzados de la vacuna así que me administro dosis ingentes de máxima resignación y paciencia a tope.

El día que mi entorno esté vacunado y todos a salvo creo que viviré una experiencia mística con todos a los que quiero y a los que echo mucho de menos.

Ya me veo levitando…

Photo by Joseph Frank on Unsplash

Algo bueno de aquello.

De aquellos primeros días de confinamiento, en pleno desconcierto y con el miedo en el cuerpo, hubo una cosa excepcionalmente positiva que echo de menos.

Hace un año, el silencio pasó de ser una presencia temerosa precisamente por su ausencia, a una bendición terapéutica cuando mi cerebro se adaptó a la situación pandémica.

Llegaba la primavera y los pájaros estaban especialmente activos. Sabían que los humanos estaban encerrados y su libertad se multiplicó exponencialmente. Los trinos y el cielo especialmente azul porque a la disminución de la contaminación acústica se le sumó la disminución de la contaminación atmosférica.

Photo by Vincent van Zalinge on Unsplash

Una maravilla. De las pocas cosas positivas que tenía el encierro…

Con el tiempo, los vecinos intrépidos , que conseguían materiales empezaron a “a hacer cosas”: pequeñas reformas, utilización de aspiradores de gran potencia, martilleos y sonidos metálicos al poner a punto las terrazas…

Un año después, hay algún vecino que aún está liado con sus cosas y progresando muy lentamente, los coches vuelven a circular, hay obras en la calle, camiones, aviones…

Y los pájaros se intentan hacer oír, como cada primavera.

Photo by Satyawan Narinedhat on Unsplash.

El hombre invisible.

Ha pasado casi un año desde que iniciamos la época pandémica de manera oficial . Debería estar acostumbrada. Ha pasado mucho tiempo para seguir sintiendo un cierto nivel de extrañeza cuando veo a los paseantes de la playa.

Día radiante, colores intensos. Todo parece normal, pero todo el mundo lleva mascarilla. Estoy sentada en un banco y los observo. Veo,  claramente, como se cuida la distancia social-sanitaria porque hay cambios espontáneos de ruta para eludir a los caminantes que pueden acercarse demasiado.

Sé que esto es la “nueva normalidad”, pero mi cerebro sigue manifestando desconcierto.

Mi vista se deleita con el agua. Reflejos plateados. Destellos .

Hay alguien sentado muy cerca de la orilla.

No distingo más que una silueta lejana , inmóvil.

Me relaja.

El mar está precioso.

Extiendo los brazos sobre el banco y dirijo mi rostro al cielo. Entonces, soy consciente que llevo las gafas de sol y la mascarilla . En esta nueva normalidad , parezco el hombre invisible cuando se pone las vendas …

Un año ya.

Póster “The Invisible Man” en redbubble.com

La Ruta de la Camelia.

La camelia va cambiando.

Siguen cayendo las flores y las que van creciendo, con su peso, hacen que las ramas desciendan. Es un arbusto que sirve para cerramientos. ¡Qué bonita tiene que ser una valla de camelias!

Galicia es el lugar preferido de esta flor en España y allí se puede hacer “La Ruta de la Camelia”.

“Propone un recorrido por auténticos paraísos botánicos de As Rías Baixas que permiten descubrir a quienes lo emprenden imponentes castillos, hermosos pazos y parques naturales. Cuatro de estos recintos han sido declarados Jardín de Excelencia Internacional en Camelia por la Sociedad Internacional de la Camelia.”

Una de las paradas es el Castelo de Soutomaior, con más de medio millar de camelias.

Otra es el Pazo de Rubianes , con más de cien especies diferentes de camelias. Y hay más…

“La Ruta” ya está en mi agenda post-covid. Mientras tanto, me conformaré con mirar mi maceta.

NB : Más info de la Ruta de la Camelia, aquí.

Solidaridad con los tripanofóbicos.

Sí, solidaridad total con los que tienen fobia a las inyecciones . A mí nunca me ha pasado, pero he sido testigo del sufrimiento de una amiga que sufre tripanofobia. Se ha llegado a desmayar al ver una jeringuilla…

A mí no me gusta que me pinchen, pero no me produce temor, aunque admito, que estos días estoy empezando a sufrir cuando veo las noticias o cualquier programa informativo en televisión. Para hablar de la vacuna, cada cadena ha seleccionado unas imágenes que se suelen emitir en bucle, en una pantalla partida, mientras en la otra mitad, habla el experto correspondiente. En una, hay un busto parlante, en la otra solo ves brazos y agujas introduciéndose en esos brazos. También, de forma instintiva, reconoces cuando se pone de forma “fina”( vamos a llamarlo así) a una forma más abrupta.

Y aquello es un no parar. Brazos y agujas.

Entre este bucle infinito y que en casa hemos empezado a ver “30 monedas” por la noche (¡Qué buena!) , estoy abonando el campo a las pesadillas. De momento, en mis agitados sueños, ya me han vacunado de forma “abrupta” y he salido corriendo detrás de la persona que me inyectó, preguntando por la segunda dosis. Ya no me acuerdo de nada más.

Tripanofóbicos, para informaros, la radio.

Mi solidaridad.

Luna y navajas.

En las fotos, no se aprecia el paso de las nubes por la superficie lunar que se ve desde mi perspectiva y con el zoom de la cámara. Estoy más tiempo del normal porque me cuesta pillar a la luna, pero tengo más tiempo para pensar en un entorno “higiénico”: la noche, el exterior y el silencio.

Pienso en navajas.

Tengo la navaja de Ockam : “Si para explicar un fenómeno determinado tenemos dos o más hipótesis, lo más razonable es aceptar la más simple, es decir, la que presenta menos supuestos no probados.”

Intento buscar las explicaciones “sencillas” para entender cosas como :

convocar unas elecciones en pleno pico de pandemia ( movilización de 5 , 5 millones de personas; incluidos grupos de riesgo y contagiados); que no se tuvieran en cuenta los tipos de jeringuillas a utilizar para amortizar al máximo las vacunas, bien súper escaso (“mi tesooooro”) ;que a estas alturas las mascarillas -todas-no tengan el IVA reducido y el precio reducido ( y más si ahora ya están lanzando la campaña promocional de las FFP2) ; que no se puedan gestionar los presupuestos para eliminar gastos “no necesarios“ en tiempo de pandemia y se puedan invertir en paliar los efectos en economía ( pequeños negocios , restauración , hostelería);  que no hagan ni puto caso a médicos, profesionales sanitarios y científicos especializados que gritan sin que nadie les oiga ( nos dicen : esto va a peor. Hay que hacer algo urgentemente)…

No sé si hay explicaciones sencillas para todo esto. Tal vez, Ockam no nos sirve de mucho.

Al final, si he de elegir una navaja, me decanto por la Navaja de Hanlon.

“Nunca hay que atribuir a la malicia lo que pueda ser adecuadamente explicado por la estupidez”.

Aclara un poco.

 Las nubes no molestan tanto y consigo la foto.

Guardo la cámara y las navajas.

Primera flor caída.

En este 2021, ha caído la primera flor de la camelia.

Lo ha hecho según los cánones de los expertos : no ha ido pétalo a pétalo, la flor ha caído entera. Me la he encontrado así, después de la lluvia.  No he podido oír ese sonido que relatan los poetas japoneses, el “bo-to”, de la flor al caer…

Mientras tanto, ahí fuera, la pandemia va creciendo casi exponencialmente, en Estados Unidos asaltan el Capitolio y la nieve deja a medio país colapsado. Pero van vacunando. Bien.

Creo que voy a sentarme a mirar la camelia, esperando que caiga otra flor. Prefiero oír el “bo-to”, que las noticias.