Extrañamente caluroso…

Estos días, hemos exclamado muchas veces “¡Qué calor!”. Parece lo normal para la época:  agosto y temperaturas elevadas. También sabemos qué cada vez hará más calor. Y lo vamos asumiendo y soportando con nuestro ventilador, aire acondicionado, piscina, mar, ducha, agua fresca, sombra… Pero hay algo diferente y extraño en estas tres “olas de calor” que se ha marcado este verano del 23.

Foto de Vika Wendish en Unsplash

Suelo acudir, a mediados de agosto, a la Fiesta Mayor de un pueblecito en Huesca, muy cerca de Jaca. Durante el día, hace calor (cada año más, es verdad) pero por la noche, el ambiente es fresco. Un regalo maravilloso.  Las primeras veces, acostumbrada a las noches mediterráneas, no llevaba nada de manga larga en la maleta, así que acababa la noche con sudadera prestada.  Ya experimentada, nunca me falta algo que ponerme para estirarme en el monte y ver la lluvia de Perseidas, un poco abrigada. Este año, mientras la orquesta sonaba y la gente bailaba en la plaza, la temperatura era de 37ºC. Perseo me regaló una espléndida visión de puntos brillantes danzando en el cielo, eso sí, sudando la gota gorda y con más mosquitos que nunca. Como os digo, una experiencia extraña…

Foto de sheri silver en Unsplash

Después en el Alt Empordà. Abriendo las ventanas de día, el calor es soportable y por la noche, sin necesidad de abrigo, hay un descenso de temperaturas muy agradable. Y, de vez en cuando, una tramuntana suave y refrescante. Pero, eso, ahora mismo, son recuerdos del pasado.  Hay unos vecinos holandeses que llegan cada año, la tercera semana de agosto. Suelen cenar en la terraza. Me gusta oír el tintineo de los platos y cubiertos y el rumor de sus voces. Junto con los grillos nocturnos, es un símbolo del verano que me da una sensación de paz. De tradición. Este verano, no los oigo en el porche. Si que percibo el zumbido de su aire acondicionado… Hoy he hablado con ellos y están sorprendidos por la temperatura, la desaparición del aire que nos hacía de ventilador natural, de las calles, por la mañana, hechas un horno y las noches bochornosas. Les he dicho que pronto se acaba y que vendrán lluvias y tiempo más “normal”. Hemos mirado el campo seco y todos hemos deseado que ojalá sea verdad. Que llueva. Que refresque. 

Foto de Melissa Walker Horn en Unsplash

Que lo extraño no sea recordar las fiestas del pueblo con una chaqueta o a mis encantadores vecinos, cenando en su terraza…

NB : Fotos refrescantes de Unsplash.

Cuadro electoral y caluroso.

¡Qué calor!

El calor extremo es el protagonista de estos días. Me temo, que lo será los próximos veranos de nuestras vidas e incluso, tendremos calor en primavera. La ciencia lleva años y años advirtiendo de los efectos del cambio climático. Un cambio que conlleva una emergencia, una crisis global y planetaria.

¡Qué calor!

Para despistar y esquivar al calor, he estado pintando. Me ha salido un cuadro de tonos anaranjados calurosos, con una ventana redonda verde y azul que podría ser la esperanza y el agua. 

¡Qué calor! 

Entonces me he dado cuenta de que este calor infernal, es “el cambio climático”, en persona, con su propia campaña electoral y haciendo sudar a todos, incluidos aquellos que lo niegan. 

Le cedo mi cuadro para su campaña y , como no hay Planeta B, espero que gane las elecciones.

¡Qué calor!

Sobramos.

El mundo se pelea y mientras lo hace, sigue saliendo la luna cada noche. Y mañana, de nuevo, el sol. Y la vida seguirá, inamovible, en su ciclo perfecto.

Por mucho que la humanidad se vaya complicando la existencia, sin saber que lo importante no es lo que creemos importante, los pájaros nocturnos de junio seguirán con su melodioso jolgorio, las mariposas aparecerán con la luz, el lagarto aprovechará el sol y las flores estarán preciosas, dándolo todo a las escasas abejas que aparecerán por allí.

Se intuye que sobramos…

Cubos y regaderas.

Foto de Amritanshu Sikdar en Unsplash

Antaño, mi madre siempre que llovía, sacaba sus cubos y regaderas para tener agua de lluvia para regar a posteriori. Antes, llovía más y muchas veces la hacíamos desistir de su acopio porque, a la vez, el agua estancada hacia proliferar los mosquitos tigre en esta zona mediterránea. Ahora, lo vuelve a hacer y, con razón. Emergencia. Sequía.  Quiere tener agua para, cuando no llueva, regar las plantas del pequeño jardín que mi padre le dejó con un mandato: “Cuídalo”. A ella le encanta: cortar flores marchitas, cambiar macetas y… regar. Ahora, no lo hace. Si los agricultores no pueden regar sus campos ella, no va a regar unas plantitas. Y mira que ese pequeño jardín es un refugio emocional donde se reencuentra con mi padre, pero es sabia y respetuosa. Y sabe que él hubiese hecho lo mismo.

Compraré cubos y regaderas de más para que esté más tranquila y por si hay suerte y hay más lluvia. Hay sequía y restricciones de agua en el campo. Si no llueve de aquí a septiembre, restricciones en los hogares. 

Y la incertidumbre de cómo podemos gestionar lo que viene. Porque viene y con los cubos y las regaderas no solucionamos, aunque mi madre ponga todo su empeño…

Foto de Markus Spiske en Unsplash

Primera vez.

Lluvia.

Siempre me ha gustado la lluvia. A mi padre le encantaba y, de niños, cuando paraba de llover, nos hacía salir al bosque (uno que ya no existe y es un barrio residencial) para que pudiéramos oler el aroma peculiar de la tierra y la hierba mojada, de los pinos frescos… A mi abuelo también le gustaba la lluvia y él, además, salía a coger caracoles, lo que a nosotros nos parecía lo más divertido del mundo.

La casa donde veraneábamos tenía terrazas con barandas de hierro y, cuando llovía, se oía un tintineo que siempre percibíamos como una melodía relajante. 

El sábado llovió en Barcelona. Me alegré, como siempre que llueve, pero, también me sentí aliviada por la lluvia. Deseé que lloviera más y más días porque tiene que llover para que se pueda solucionar el abastecimiento de agua en este período de sequía severa.

Ya hay más cemento que bosque. Caracoles, pocos, pero la lluvia sigue siendo confortable y reparadora. Y, ahora, más necesaria que nunca.

Por primera vez, la lluvia no era una coreografía de sonidos y aromas con los que disfrutar sino un salvavidas que lanzan al mar cuando ya no quedan fuerzas para seguir nadando.

La próxima vez que llueva, ya no será una primera vez de alegría porque los pantanos se vayan llenando y las cabeceras de los ríos tengan un buen caudal. Serán -espero, deseo, ruego- muchas más veces. Segunda, tercera, cuarta y así hasta la octava vez. Según ha dicho el hombre del tiempo, nos hacen falta ocho lluvias…  

Lo triste es que el agua de esta primera vez ha llegado para avisarnos: sequía, cambio climático, exceso de consumo y desidia política en la gestión hídrica. 

Espero que sepamos hacerlo mejor para que la lluvia vuelva a evocar lo de antaño: aromas, melodías y vida.

Tierra y semillas.

Ante la imposibilidad económica de cursar “Licenciatura de la Felicidad”, decidí ser escritor.

Pasaron los años e, inexplicablemente, mi profesión me hizo feliz. Escribir me complacía y me permitía vivir decentemente. Formé una familia y fui feliz hasta que un día, los del Departamento de Intrusismo Profesional llamaron a mi puerta.

Ser feliz, sin la licenciatura correspondiente, se consideraba Intrusismo Profesional. Tuve que pagar una multa y dedicarme a escribir, camuflando lo mejor que podía, mi extraña felicidad intrusa.

Mientras la vida transcurría, la Licenciatura de Felicidad dejó de existir. Ya podía escribir y ser feliz sin esconderme pero el mundo, sin felicidad alguna, no me acompañaba.

Se declararon guerras entre países por acuerdos comerciales; entre civilizaciones, por creencias religiosas. Líderes estrambóticos empezaron a dominar nuestro destino. Lo peor, por eso, fue lo previsible. Lo anunciado pero no atendido.

Cuando yo era niño, se hablaba de la extinción de las abejas. Del incremento de la temperatura en la zona ártica, del descenso de krill en la Antártida , del peligro en el que se encontraban las cadenas tróficas tan bien diseñadas por la naturaleza para que el ecosistema subsistiera. Eran cosas pequeñas, que parecían insignificantes y no iban con nosotros. Pero ocurrió . La naturaleza se rebeló para intentar equilibrarse de nuevo: subió el nivel del mar, hubo terremotos, tsunamis, sequías, inundaciones, huracanes… La felicidad se secó, se ahogó, voló por los aires.

En mi vejez, veo a los jovenes buscando la felicidad. Una extraña felicidad. Su gran sueño es tener un pequeño campo dónde cultivar trigo o guisantes o cualquier planta comestible de las que se salvaron de la catástrofe climática en el planeta. No hay tiempo para leer o escribir. Hay que sobrevivir.

La felicidad , sí, se reduce a tener un trozo pequeño de tierra y unas cuantas semillas.

Y , por primera vez en mi vida, escribir esto no me hace feliz…

Un pez.

Nota #AIFree

Este texto está escrito por un ser humano. 

Las fotos, también están tomadas por un ser humano. 

El viento ondula la hierba y crea un fascinante efecto de oleaje. Estoy un rato mirándolo. Me aporta la misma serenidad que la contemplación del mar solo que este mar es verde y tiene otra melodía. Es un leve siseo muy relajante. Veo mariposas y me recreo en una distopía: un día en el que ya no habrá mar y los peces se habrán adaptado para nadar sobre la hierba…

Tengo un pez de madera blanca que me traje de Formentera. En mi mente, ya veo la foto que ilustra este post. Voy a buscar el pez y lo coloco en un lugar en el que el viento no lo tumbe y se vea el fondo de ese océano vegetal. Hago las fotos, otra cosa que me divierte y me relaja.

Entonces, oigo un ruido. Algo se aproxima. 

No sé qué habrán pensado los que están trabajando el campo, unos metros más allá. Una persona colocando un pez de madera para una sesión fotográfica…

Pura NO-Inteligencia-Artificial.