Romance.

Photo by AbsolutVision on Unsplash

Ya sé que pensaréis que padezco algún tipo de obsesión. Sin conocerme, igual me tildáis de maniática, o neurótica, o esas otras etiquetas que utilizáis cuando algo no se ajusta a los parámetros normales. Pero a mí me da igual. Siempre he creído que nadie puede medir la normalidad. ¿Cómo van a hacerlo si todos somos diferentes?…

Mi diferencia, lo que me aparta de ese patrón de los seres humanos normales, es algo que no hace daño a nadie. Ni siquiera a mí misma. Al contrario, me reconforta. No entiendo por qué mi cuñada me mira de esa forma tan extraña cuando me apresuró a ubicar la pila de revistas de decoración, en el lugar exacto de la mesita de centro. ¡Me encanta la decoración!

Colecciono todas las publicaciones sobre el tema y me encanta dejar unos ejemplares con lo que más me ha llamado la atención en mi preciosa mesa de centro (es un antiguo telar restaurado). Mis cosas, deben estar situadas en las coordenadas exactas. En los lugares correctos. Soy yo la que determina cual es la posición de las revistas, los platitos incas, el jarrón japonés, las velas aromáticas, el mando de la televisión… Mis libros están ordenados por orden alfabético del autor y con un suborden por tamaño del ejemplar para no desequilibrar la armonía de la estantería… Mis víveres están clasificados por tipo y fecha de caducidad y todas las latas y envases deben situarse con las etiquetas en la zona frontal.

Todos los objetos están en dónde deben estar en La República Independiente de Mi Casa. Y cómo bien dicen los señores de IKEA, mi casa es m-i   c-a-s-a y si quiero tener el cajón de la lencería ordenado por tonos cromáticos y ocasiones de uso (para diario, para sexo, para la regla, para ir ceñida, para el gimnasio…), lo tengo. Y punto. ¿Qué más da? Así que cuando llega mi cuñada, de exuberantes piernas rematadas por tacones que joroban mi preciosa tarima y se sienta en mi sofá, no sin antes lanzar los cojines (que le molestan) aquí y allá, debo contar hasta diez para no volver a colocarlos en su sitio. Cuando se pone a manosear mis revistas que deja por encima de la mesa, encima de los platitos incas, me sumo en un estado zen para no lanzarme sobre ellas (las revistas) y volverlas a apilar en la esquina derecha del cuadrante inferior… Nunca consigo que esas técnicas de relajación surjan efecto y acabo marcando de cerca a mi cuñada, reubicando todos los elementos y sintiendo su mirada de “estás como una cabra” en mi nuca.

Y este extraño día que estoy pasando, me hace pensar que mi cuñada puede estar en lo cierto. He perdido la chaveta en algún lugar del camino…

Todo ha empezado esta mañana. He abierto el cajón de la cubertería para coger la cuchara de dimensiones perfectas para mi cappuccino, cuando he observado que había un tenedor en el compartimento de los cuchillos. ¿Qué hacía un t-e-n-e-d-o-r en el lugar de los c-u-ch-i-ll-o-s.? Es más, ¿Qué hacía un cubierto mal puesto en un cajón de mi cocina? Inmediatamente, he alargado la mano para coger el tenedor y ponerlo en el lugar correcto. He notado un leve tirón y una cierta resistencia por parte del tenedor, así que me lo he puesto a la altura de los ojos y lo he observado con atención. Lo he agitado en el aire y he comprobado que todo era normal. Cuando lo he dejado en el cajón, me ha parecido que el cuchillo se había desplazado hacia la derecha, así que también lo he colocado bien. Al cerrar el cajón, he oído unos sollozos tristes y desesperados. He mirado hacia el televisor, que creía que estaba apagado. Y lo estaba. Los sollozos se habían convertido en un llanto desgarrado y provenían del cajón. Parecía increíble, pero…abrí el cajón y el llanto cesó de repente.  El tenedor había avanzado posiciones y ya estaba con las cucharas. El cuchillo se había desplazado hacia el extremo del compartimento. ¡Qué raro! pensé en ese momento. Me habré equivocado al ponerlo antes– me dije mientras volvía a poner el tenedor rebelde con los otros tenedores…

Estaba dejando mi taza, perfectamente limpia, en la estantería de las tazas de por la mañana, sección colores fríos (me había decantado por la azul), cuando escuché unos quejidos entrecortados… y el llanto, de nuevo.

Abrí el cajón y se hizo el silencio. El maldito tenedor, había quedado perpendicular al hueco de las cucharas y los otros tenedores. Me enfurecí. El tenedor, por lo que fuera, se rebelaba al orden preestablecido. Me prometí concederle una última oportunidad –dijo el maestro Zen– y lo coloqué con una fuerza superior a la que era necesaria, en el puto compartimento de los putos tenedores. Y cerré el cajón con delicadeza, para evitar posibles desplazamientos no deseados.

Y venga el lloro… He pasado el día intentando olvidar el episodio del tenedor. He ido a comprar al mercado del barrio y cuando he llegado a casa, me he visto obligada a entrar en la cocina. Tenía que colocar los productos frescos en las repisas del refrigerador correspondientes (las había etiquetado con mi Dymo) y no podía romper la cadena de frío. Me he sentido aliviada al comprobar que sólo se oía el zumbido de la nevera. He organizado mi compra y he necesitado un cuchillo para cortar la malla de las naranjas. Cuando he abierto el cajón: ¡El tenedor con los cuchillos!

Si en algún momento se me había pasado por la cabeza que había algo raro en el cajón de mi cubertería, ahora se veía confirmado.

El tenedor se movía-autónomamente- por el cajón.

Pero lo que más me impactó de este descubrimiento, no es que se moviera… No. Lo más importante era que rompía mi estructura del orden de mi casa (“casa” incluye el cajón de la cubertería). Para comprobar mi teoría de que el tenedor tenía vida propia, lo cogí, le dije “Ahora verás” y lo puse en su sitio. Fue cerrar el cajón y oír los sollozos. Abrí el cajón y cogí, de nuevo, el tenedor insumiso, lo miré con asco y lo tiré al cubo de la basura. Alguien lloraba, cada vez con más fuerza, en mi cocina. Tenía que acabar con él. Bajé la bolsa de basura y la tiré al container. Satisfecha con mi acción de pura venganza hacia el tenedor, entré en la cocina. Ya no era un lloro, eran alaridos desgarradores…

No entendía nada. ¿No había exterminado al tenedor? Abrí el cajón y…tengo que ir más rápido. No me quedan fuerzas y el tiempo se acaba, por lo menos para mí.  Me he extendido demasiado explicando cómo he llegado hasta aquí y por qué tengo un cuchillo viviente (que no para de llorar desconsoladamente) clavado en mi pecho.

Ha sido un crimen pasional. El cuchillo y el tenedor se amaban locamente y no podían soportar estar separados. El exilio forzoso al que condené al tenedor despertó al monstruo interior del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado insertado en el centro de mi corazón. Mi final está siendo mucho más terrible ya que el cuchillo solloza, grita y llora por su tenedor perdido.

El llorón era el cuchillo…

Noto que esto ya se acaba… Por lo menos, dejaré de oír a este cuchillo quejica…

Yo lo único que quiero, en estos segundos de lucidez, es dejar clara mi última voluntad.

Que este cuchillo sea entregado, como herencia, a mi cuñada.

Gracias.

Photo by Stoica Ionela on Unsplash

 

NB : Este es uno de los “Objetos Sencillos que tienes en casa”...

 

 

Cutlery Romance.

Ya sé que pensaréis que padezco algún tipo de obsesión. Sin conocerme, igual me tildáis de maniática, o neurótica, o esas otras etiquetas que utilizáis cuando algo no se ajusta a los parámetros normales. Pero a mí me da igual. Siempre he creído que nadie puede medir la normalidad. ¿Cómo van a hacerlo si todos somos diferentes?…

Mi diferencia, lo que me aparta de ese patrón de los seres humanos normales,  es algo que no hace daño a nadie. Ni siquiera a mí misma. Al contrario, me reconforta. No entiendo por qué mi cuñada me mira de esa forma tan extraña cuando me apresuró a ubicar la pila de revistas de decoración, en el lugar exacto de la mesita de centro. ¡Me encanta la decoración!

Colecciono todas las publicaciones sobre el tema y me encanta dejar unos ejemplares con lo que más me ha llamado la atención en mi preciosa mesa de centro (es una antiguo telar restaurado). Mis cosas, deben estar situadas en las coordenadas exactas. En los lugares correctos. Soy yo la que determina cual es la posición de las revistas, los platitos incas, el jarrón japonés, las velas aromáticas, el mando de la televisión… Mis libros están ordenados por orden alfabético del autor  y con un sub-orden por tamaño del ejemplar para no desequilibrar la armonía de la estantería… Mis víveres están clasificados por tipo y fecha de caducidad y todas las latas y envases deben situarse con las etiquetas en la zona frontal.

Todos los objetos están en dónde deben estar en La República Independiente de Mi Casa. Y cómo bien dicen los señores de IKEA, mi casa es m-i   c-a-s-a y si quiero tener el cajón de la lencería ordenado por tonos cromáticos y ocasiones de uso (para diario, para sexo, para la regla, para ir ceñida, para el gimnasio,…), lo tengo. Y punto. ¿Qué más da? Así que cuando llega mi cuñada,  de exuberantes piernas rematadas por tacones que joroban mi parquet  y se sienta en mi sofá, no sin antes lanzar los cojines (que le molestan) aquí y allá, debo contar hasta diez para no volver a colocarlos en su sitio. Cuando se pone a manosear mis revistas que deja por encima de la mesa, encima de los platitos incas, me sumo en un estado zen para no lanzarme sobre ellas (las revistas) y volverlas a apilar en la esquina derecha del cuadrante inferior… Nunca consigo que esas técnicas de relajación surjan efecto y acabo marcándola de cerca (a mi cuñada), reubicando todos los elementos y sintiendo su mirada de “estás como una cabra” en mi nuca.

Y este extraño día que estoy pasando, me hace pensar que mi cuñada puede estar en lo cierto. He perdido la chaveta en algún lugar del camino… Todo ha empezado esta mañana. He abierto el cajón de la cubertería para coger la cuchara de dimensiones perfectas para mi cappuccino, cuando he observado que había un tenedor en el compartimento de los cuchillos. ¿Qué hacía un t-e-n-e-d-o-r  en el lugar de los c-u-ch-i-ll-o-s.? Es más, ¿Qué hacía un cubierto mal puesto en mi cajón de mi cocina? Inmediatamente, he alargado la mano para coger el tenedor y ponerlo en el lugar correcto. He notado un leve tirón y una cierta resistencia por parte del tenedor, así que me lo he puesto a la altura de los ojos y lo he observado con atención. Lo he agitado en el aire y he comprobado que todo era normal. Cuando lo he dejado en el cajón, me ha parecido que el cuchillo se había desplazado hacia la derecha, así que también lo he colocado bien. Al cerrar el cajón, he oído unos sollozos tristes y desesperados. He mirado hacia el televisor, que creía que estaba apagado. Y lo estaba. Los sollozos se habían convertido en un llanto desgarrado y provenían del cajón. Parecía increíble pero…abrí el cajón y el llanto cesó de repente.  El tenedor había avanzado posiciones y ya estaba con las cucharas. El cuchillo se había desplazado hacia el extremo del compartimento. ¡Qué raro! pensé en ese momento. Me habré equivocado al ponerlo antes– me dije mientras volvía a poner el tenedor rebelde con los otros tenedores…

Estaba dejando mi taza, perfectamente limpia, en la estantería de las tazas de por la mañana, sección colores fríos (me había decantado por la azul), cuando escuché unos quejidos entrecortados… y el llanto, de nuevo.

Abrí el cajón y se hizo el silencio. El maldito tenedor, había quedado perpendicular al hueco de las cucharas y los otros tenedores. Me enfurecí. El tenedor, por lo que fuera, se rebelaba al orden pre-establecido. Me prometí concederle una última oportunidad (dijo el maestro Zen) y lo coloqué con una fuerza superior a la que era necesaria, en el puto compartimento de los putos tenedores. Y cerré el cajón con delicadeza, para evitar posibles desplazamientos no deseados.

Y venga el lloro… He pasado el día intentando olvidar el episodio del tenedor. He ido a comprar al mercado del barrio y cuando he llegado a casa, me he visto obligada a entrar en la cocina. Tenía que colocar los productos frescos en las repisas del refrigerador correspondientes (las había etiquetado con mi Dymo) y no podía romper la cadena de frío. Me he sentido aliviada al comprobar que sólo se oía el zumbido de la nevera. He organizado mi compra y he necesitado un cuchillo para cortar la malla de las naranjas. Cuando he abierto el cajón: ¡El tenedor con lo cuchillos!

Si en algún momento se me había pasado por la cabeza que había algo raro en el cajón de mi cubertería, ahora se veía confirmado.

El tenedor se movía-autónomamente- por el cajón.

Pero lo que más me impactó de este descubrimiento, no es que se moviera… No. Lo más importante era que rompía mi estructura del orden de mi casa (“casa” incluye el cajón de la cubertería). Para comprobar mi teoría de que el tenedor tenía vida propia, lo cogí, le dije “Ahora verás” y lo puse en su sitio. Fue cerrar el cajón y oír los sollozos. Abrí el cajón y cogí, de nuevo, el tenedor insumiso, lo miré con asco y lo tiré al cubo de la basura. Alguien lloraba, cada vez con más fuerza, en mi cocina. .. Tenía que acabar con él. Bajé la bolsa de basura y la tiré al container. Satisfecha con mi acción de pura venganza (hacia el tenedor) entré en la cocina. Ya no era un lloro, eran alaridos desgarradores… No entendía nada. ¿No había exterminado al tenedor? Abrí el cajón y…tengo que ir más rápido.No me quedan fuerzas  y  el tiempo se acaba, por lo menos para mí.  Me he extendido demasiado explicando cómo he llegado hasta aquí y por qué tengo un cuchillo viviente (que no para de llorar desconsoladamente) clavado en mi pecho.

Ha sido un crimen pasional. El cuchillo y el tenedor se amaban locamente y no podían soportar estar separados. El exilio forzoso al que condené al tenedor, despertó al monstruo interior del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado insertado en el centro de mi corazón. Mi final está siendo mucho más terrible ya que el cuchillo solloza, grita y llora por su tenedor perdido.

El llorón era el cuchillo…

Noto que esto ya se acaba… Por lo menos, dejaré de oír a este cuchillo quejica…

Yo lo único que quiero, en estos segundos de lucidez, es dejar clara mi última voluntad.

Que este cuchillo sea entregado,  como herencia, a mi cuñada.

Gracias.

 

NB : Este es uno de los “Objetos Sencillos que tienes en casa”...

 

Me está pasando…(Hacia el ebook.)

Hoy que es el Día del Libro, me confieso.

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Me voy a mirar unos libros pero, mientras curioseo, me doy cuenta ( y soy consciente) de que hace meses que no leo en papel. ¿Será posible? Lo es. Totalmente.

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Todo lo que he leído en los últimos cuatro meses, es digital. Me quitas el iPad y me da un algo…

Me está pasando…Me estoy convirtiendo en una lectora digital. Soy una e-reader.

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¿Y aquello del olor a papel y a tinta?¿El tacto?…¿Y la sensación cuando tienes el librito deseado, nuevo, allí? …

No lo estoy echando de menos…Para nada. Al revés. Me estoy acomodando. Me está pasando…

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Me dicen que cuando vaya a la playa , necesitaré el papel( vale, ahí “touché” pero seguro que falta poco para la tablet sumergible ; – ), que si me quedo sin batería,… No me ha pasado. Supongo que leeré un libro tradicional cuando sea necesario pero…Estoy sufriendo una transformación. Me está pasando…

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He llegado a casa con mis rosas ( que no huelen!) y “Brújulas que buscan sonrisas perdidas” de Albert Espinosa, nuevecito, en el iPad   ( que está a tope de batería).

Me está pasando…

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Curiosidad : Y, hoy, que los autores firman sus libros…¿Qué haría con mi ebook? Aquí, la solución.

ePub : probando…

Ya hace un tiempo que estoy interesada en los formatos digitales y, en concreto, en los libros electrónicos.

Ya me había descargado algunos libros en mi iPad y, sorprendentemente, muchas noches antes de ir a dormir, en mi ratito de lectura previa al paso al Morfeo’s world, lo que sostienen mis manos es el artilugio de Apple y no un libro tradicional. Por otro lado, los blogs de WordPress que sigo, se leen muy cómodamente y en un formato fantástico, cuando se hace desde un dispositivo de lectura electrónica , por lo que muchas lecturas de las entradas del día, también las hago desde el iPad.

En SoopBook, ya hace un tiempo que anunciaban la apertura de una tienda de libros en formato ePub y la posibilidad de convertir a dicho formato,  las obras que se crean en esta red.

Yo tenía mis viñetas cómicas de “Las Bolas” en formato blog, pero tenía muchas ganas de compilarlas en un único formato para que se pudieran leer “a vuelta de página” y no “de clic en clic “y “de post en post”.

Imposible resistirme… He creado un libro en SoopBook, con todas las bolas y lo he pasado a formato ePub. El resultado ha sido fantástico  y el procedimiento , rápido y sencillo.

Las Bolas, ya está en la tienda de SoopBook para su descarga gratuita.He estrenado la categoría de Humor ( Tiras Cómicas).

SoopBook Shop

N.B 1 : A Bo y Las,  les ha encantado su ebook….

N.B 2 : Más información sobre el formato  EPUB. Aquí.

 

 

¿Eres e-reader?

Ya son varias las personas que me han preguntado sobre los e-books. No es por mi grado de experta sobre el tema , simplemente, si me conoces un  poco detectas que tengo una cierta tendencia hacia los gadgets ( sobre todo si me los propone Steve Jobs) y que me gusta muchísimo leer.

Mencionaba  a Apple, ya que supongo que uno de los motivos por los que no me ha interesado el tema, es por la ausencia de este producto en la gama. Ahora mismo me siento un tanto escéptica ante el e-book, pero no quiero mentir y estoy segura que cuando aparezca la Mac Table, prestaré más atención… Cosas de estar abducida por una lovemark…

Mientras tanto, ya he hecho un primer examen de conciencia. ¿Soy una e-reader potencial?. Respuesta : A medias. Si bien me atrae el tener un montonazo indecente de libros “para ser leídos” en un espacio mínimo ( ideal para viajes, p.e), la posibilidad de descargarme el libro de turno en el momento que yo quiera ( esto suponiendo que los títulos disponibles en papel ya estuvieran en formato digital) y, por supuesto, economizar el presupuesto de mi biblioteca hay otros aspectos que me chirrían: ¿Qué haces si se te acaba la batería del gadget cuando estás en un momento crucial de tu novela y…no tienes donde cargarlo?, ¿Sobrevivirá a mi lectura playera? ¿ Y a los maltratos en mi bolsa de viaje cuando voy en avión?… Esto serían cuestiones ” de infraestructura”. Después, estarían las afectivas : ¿Y ese aroma de papel y el libro, virgen, preparado para su lectura?, ¿Y mi precioso marca -páginas que pierdo con frecuencia y me obliga a doblar ( con cuidado) las puntitas de las hojas?, ¿ Y esa portada con efecto-imán?, ¿ Y esa primera página para dedicar el libro , aunque te arriesgues a que el destinatario ya lo tenga, pero tú se lo dedicas igualmente?…

Así que , como hay pros y contras, me quedo en la zona media. No creo que traicione al papel… Que le sea infiel con un e-book, alguna vez y cuando las circunstancias lo requieran, pues no te digo yo que no pero … siempre volveré a la celulosa.

Saramago dijo en un irónico latín : Electronica epistula lacrima coronam capere non potuit que viene a ser algo así como que una lágrima nunca podrá mojar ( emborronar) un e-mail. La frase es preciosa. Radical pero muy bella.

Una parte de mí, la siente suya. La otra parte , la gadgetiana-tecnológica me dice : ¿Y para qué te crees que están los emoticones? ;-)

E-book Info