Abeto navideño sin abeto.

No sé como decoraré la Navidad de este año así que le he pedido a la IA que me ilustre ideas creativas para tener un abeto navideño que no tenga abeto.

A una velocidad alucinante, me ha generado estas fotos.

Una mantita de ganchillo.

 

Me cobijo bajo la manta de ganchillo y cuento hasta tres. Uno, dos, tres. Ya he desaparecido. No estoy. Los que estaban conmigo levantarán la manta y no encontrarán nada. Solo quedará un espacio vacío. Una huella tibia de mi cuerpo marcada en el sofá, pero yo no estaré ahí.

Habrá unos minutos de desconcierto. Palparán los cojines del sofá. Incluso los sacarán, buscando un mecanismo oculto que explique cómo es posible que antes estuviera ahí y, ahora, ya no.

Ya no estoy. Cogerán la manta, que ya no es mía, y la sacudirán. Mirarán por debajo y por encima hasta que alguien confirme, con total certeza, que no estoy allí. Entonces, se desatará la histeria. Los que estaban conmigo quedarán marcados de por vida por el suceso inexplicable de “la mujer que desapareció bajo la manta”.

No importa. Me olvidarán. Lo superarán.

Mientras, yo salto de vida en vida. Una vida, otra vida, y otra, y otra… Ya es mi décima vez y sigo sin saber dónde estoy. Cuando me cobijo bajo la manta para desaparecer, me siento en una zona intermedia, entre la manta de ganchillo y la realidad. No sabría describirla. La única palabra que me viene a la mente es “aséptica”.

No sé cuánto tiempo estaré allí. En unos minutos, segundos, horas, días o años apareceré debajo de mi manta, en otro sofá, y en una casa desconocida. Nadie se preguntará quién soy ni qué hago allí. Convivirán conmigo, la mujer de la manta, como si hubiese estado en sus vidas toda la vida.

A veces aparezco como madre. Otras como amante, como niña, como suegra, como amiga. En cada lugar, desempeño un papel y me quedo un tiempo. Pero, tras unos meses y de forma inevitable, me aburro de esas personas que siempre son desconocidas para mí. Aunque me quieran, yo no los quiero a ellos. Así que me envuelvo en la manta de ganchillo y me voy a otro lugar.

Noto que estoy a punto de emerger de nuevo. Falta poco.

Mi abuela tejió esa manta para mí. La creó para protegerme de los monstruos y de la oscuridad. Según ella, solo debía envolverme en la deliciosa pieza tejida a ganchillo y los miedos desaparecerían. Y lo hacían. Me abrigué con ella muchas veces. Como decía la iaia, me relajaba y me hacía más valiente. Pero supongo que la usé demasiado porque un día, en lugar de desaparecer mis temores, la que desapareció fui yo.

La primera vez fue desconcertante. Dejé a mi familia y me encontré en otra. Quise volver, pero nada de lo que hacía me permitía retornar al punto de partida. Más tarde, descubrí que necesitaba estar rodeada de gente para que “el viaje” funcionara. Una vez entendido el mecanismo de activación, me concentré en cada viaje para recuperar mi vida y volver a mi sofá. Pero no lo consigo. Tal vez tenga que ver con lo que realmente deseo. Pienso en mi vida monótona, gris, y nunca me apetece volver.

Aparezco en un lugar desconocido, con gente que no sé quién es. Tras un tiempo, me voy.

Siento ese tirón que me lleva al exterior. Percibo el tenue perfume de mi manta de ganchillo. Estoy arrebujada bajo ella, confortada por su calor. De repente, mi cuerpo siente dolor: en los huesos, en las articulaciones. Oigo un ruido, un maullido. Me preparo para sacar la cabeza y observar, por primera vez, el lugar en el que me encuentro.

Reconozco la habitación. Es el salón de mi casa. Todo está polvoriento y descuidado. Abandonado. Apenas hay un par de muebles: una mesa, unas sillas y el sofá del que acabo de levantarme. Aquí no hay nadie. Nadie más que yo.

En la cocina, me sorprendo de mi desorganización. Los platos sucios se amontonan en el fregadero. En la nevera hay cuatro cosas que, si no han caducado, están a punto de hacerlo. Veo cajas de comida a domicilio: chino, japonés, turco, pizza… Oigo el maullido y dirijo la vista a mis pies. Un gato se frota contra mis pantorrillas, encantado de verme. Parece que me conoce. Después, veo otro. Y otro. Y otro.

Vuelvo al sofá y me envuelvo en mi manta de ganchillo, ahora llena de pelos de gato. Quiero irme, pero no pasa nada. No hay otras personas.

La manta no funciona. Aquí no hay nadie.

Nadie más que yo y estos gatos.

Factor sorpresa.

En nada, porque todo va más rápido que nunca este año, será Navidad, tiempo de regalos y, también , de envolverlos.

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Yo doy valor a la presentación de un regalo. Al envoltorio.

Y no creo que sean necesarios papeles lujosos, ni lazos brillantes. Lo más importante son las ganas que le pongas y la creatividad, pero siempre se pueden encontrar cosas interesantes que copiar.

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Muchas veces, con elementos muy sencillos, se consiguen cosas preciosas. Sobre todo, en lo que se refiere a los envoltorios personalizados y creados por el mismo autor del regalo. Esos son lo más.

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Tengo una prima que, siempre, presta máxima atención al envoltorio. Te puede estar regalando un cuixot de Menorca, que ella lo ha envuelto, le ha puesto una cuerda bonita, una rama de romero y una etiqueta con un mensajito.

(Esto es un cuixot, embutido típico de la isla)

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Esos actos de “envolver” expresan el mimo y el afecto que, a su vez, envuelve al regalo…

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Después está lo del factor sorpresa. Viene a ser el súmmum del buen “envolvedor-de-regalos”.

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Yo prefiero los regalos al despiste y si es una raqueta que no se note que es una raqueta. Llámame tiquismiquis, pero ya que estás en el lío del paquete de regalo, que se produzcan todos los efectos posibles en el receptor: Emoción, Afecto, Sorpresa.

Esto, no.

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Ya que regalas y envuelves, que el receptor viva ese instante de emoción hasta el final.

Acabo con una viñeta de NaolitoArt que le viene muy bien al post.

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Señales acústicas (bip).

Estoy rodeada de ellas.

La nevera, si está abierta más de lo que ella considera oportuno, hace un piiipppp. Cuando estoy colocando la compra de la semana, siempre, siempre, siempre me acaba haciendo piiipppp. La secadora también hace piiipppp. O bien está acabando su ciclo o bien el filtro está lleno de esa pelusilla que, inexplicablemente, se desprende de la ropa en cantidades industriales. La cuestión es que , en uno u otro momento, hace piiipppp.

La lavadora no quiere ser menos y emite un pi-pi-pi continuo y pesado cuando ha acabado el lavado. O la paras o se pasa un ratito reivindicando que ha llegado al final de la carrera.

La cafetera se pone a gritar piiiiiiiii cuando no hay agua en el depósito.

Hay más piiii, piiipppp, pi-pi-pi y tilííínes…La alarma, la puerta del garaje, el mando de la puerta, el zumbido del interfono, el timer del horno, las baterías bajas… Todas esas señales acústicas son señales reconocibles,  que son familiares, que te dan un mensaje, que te sirven para algo (o por lo menos, esa es su intención). A veces agobian y otras, las esperas menos este bip-bip-bip que llevo oyendo una semana y que no tengo ni idea de dónde proviene. ¿Cuál será el artefacto latoso?

De repente, lo oigo. Bip-bip-bip. Unas veces, me parece que viene de la derecha. Otras de la izquierda. De un cajón ( creo que ya los he abierto todos), del interior de un bolso. En la cocina, en el despacho, en la habitación.  Lo oigo allá a lo lejos. Débil. Bip-bip-bip .

Hemos realizado búsquedas colectivas y nada. Ni rastro. He intentado revisar todos los aparatos, aparatillos y aparatejos que pueden tener un “bip”. Sin resultado.

Supongo que llegará el día en el que se agotará y callará pero, de momento, disturba mis códigos conocidos y me incita a su búsqueda.

¿Y sí es un ser alienígena que intenta comunicarse? Me lo planteo, ya, por pensar en nuevas posibilidades. Bip-bip-bip es una señal muy usual en el espacio exterior, ¿no?

Ahora mismo lo acabo de oír. Voy a ver, me parece que ha sonado cerca de la lavadora…

El gato gordo e indiferente.

Yo no tengo gato pero hay un gato en mi jardín. No solo se pasea, de aquí a allá, moviendo el trasero acompasada y lentamente , si no que reposa, tranquilamente, sentado o estirado, observando lo que pasa a su alrededor.

Yo no le importo lo más mínimo. Soy insignificante en ese universo gatuno. Se muestra absolutamente indiferente a mi presencia y eso es , justamente, lo que me ha sorprendido del gato. Los que he conocido, han hecho valer su carácter independiente y se han alejado de mi presencia. Este no. Le da igual.

Al principio, pensamos que era una gata embarazada pero fue pasando el tiempo y el barrigón no desparecía. Supe que el embarazo dura unos dos meses , así que, finalmente, dictaminamos que es un gato gordo.

En casa, ni come ni hace sus necesidades. Solo descansa. No sé de quien es, pero en ese cuello peludo hay un collar. Así que tiene su domicilio habitual y un spa, en el mío.

Como son muy territoriales, supongo que el gato se ha anexionado mi casa a su territorio, de forma unilateral. Es un espacio en el que, por lo que sea, se siente seguro y cómodo y nos tiene asimilados como parte de ese entorno. Y no lo entiendo, porque yo no es que tenga un especial interés en los gatos y dicen que los animales eso lo notan o, justamente, esa es la razón : la falta de interés es mutua.

Lo más raro es que me he acostumbrado al gato. Si pasa un día y no lo he visto pienso ¿Dónde estará el gato?. Cuando lo veo, lo saludo. Ahora ya gira la cara cuando le digo !Hola , gato! y me mira aunque solo sea durante un segundo.

Está en su reino que , seguramente, abarca mucho más casas . Así que , sí, el gato gordo e indiferente es el “Rey de la zona” .

Y aunque al gato le de igual, no puedo evitar que me caiga bien…

Mercería.

 

Hacía muchísimo tiempo que no entraba en una Mercería…

Una mercería, cordonería o sedería es un establecimiento en que se venden productos de costura, punto, manualidades y lencería.

Esta era una de esas “ a la vieja usanza”.

Doy fe de que el stock de ese encantador lugar, estaba diversificado en exceso : hilo, lana, zapatillas de estar por casa, pijamas, cinta elástica, velcro, botones, cremalleras, pasadores y pinzas para el pelo, tocados, lentejuelas, sujetadores, bragas, medias, peucs, delantales, retales, … Ni me acuerdo. Pero esa es la verdadera vocación de una mercería.

 “Entre los S/ XIV y XVII, los artesanos ya habían organizado sus gremios, que proveían a sus clientes de toda clase de pequeños accesorios para la confección de su indumentaria, e incluso hasta el siglo XIX vendían los tejidos.Fue entonces cuando formaron el gremio de LA MERCERIA, que como define el Diccionario de la Lengua Española ejercían un “Comercio de cosas menudas y de poca entidad”. Eran… las primeras MERCERÍAS.”(Portal Mercería)

Al entrar, había dos personas dispuestas a comprar “cosas menudas y de poca entidad”. La primera, era una mujer que quería unas bragas sin costuras.

Tras un mostrador pequeño, de cristal ya muy gastado por el tiempo, una señora , muy, muy arreglada, y con un centímetro colgado al cuello, que a cada momento incluía la palabra, cielo o cariño en el discurso atiende a la clienta. A su espalda, cientos de cajas, de todos los tamaños, muy bien ordenadas y apiladas…Se da la vuelta, busca con la mirada , en plan escáner, y extrae una de las cajas con unas braguitas de la talla apropiada,“cortadas al láser” . Cierto. Ni una costura. La clienta, se las mira y remira. Las estira. Se demora. Pregunta colores. Las vuelve a estirar…

Esperando está, también, una abuela con sus dos nietas gemelas que están como en un chiqui-park entre tanto complemento colorista.  Continuamente está diciendo “No toques eso” “Venid aquí”. Ni caso.

La señora de las bragas, tras decidirse por el color visón , se lanza a comprarlas pero…mira la etiqueta y exclama “¡Llevan poliamida! . No puedo. Tengo la piel muy sensible. ¿No hay nada 100% algodón?”

Vuelta a escanear las cajas. Las niñas, brincando. La abuela , de los nervios. Yo, ya en posición “Esto se está alargando mucho”, con pase del peso de una pierna a otra.

Entra otra clienta potencial. La señora de las bragas, decide que no le gustan ningunas. Se va. La odiamos.

La abuela, con las niñas ya despendoladas en la zona de los hilos de colores, pide goma elástica para los pantalones de deporte de su hijo. Proclama que es el padre de las criaturas y se disculpa. Las niñas, ahora abren y cierran la puerta sin cesar. Han descubierto la campanilla…

Ya han entrado tres personas más y la señora, tras el mostrador, mide la cinta elástica, y la envuelve con parsimonia.

Me toca. Le pido dos pares de medias finas. Se agacha y aparece con unos sobres de la estantería inferior. Saca un trozo de media, mete medio puño y me muestra la finura. A mí ya me estaba bien con 15 Den. Las compro, mientras me llama cariño y me dice que no me harán carreras. Ella no sabe que soy la única persona del planeta a la que se le hacen carreras en las medias aunque sean anti-carreras. Siempre. Intento ir deprisa. Una chica embarazada, está esperando con cara de agobio pero es que …no se puede. Me envuelve las medias en un papel blanco ¿Para qué? Y las pone en una bolsita y me cobra pausadamente .

Salgo de allí con mis medias y siento un momento de melancolía.

Estoy segura que acabo de ver una especie en extinción. Muy auténtica. De las últimas tenderas de mi barrio.

Una mercería, donde comprar cosas menudas y de poca entidad…

 

Hazte viejo.

Hay un “algo” especial en algunas prendas, que las hacen mejor cuanto más viejas y curradas están. El paso del tiempo las favorece. Las moldea. Las hace nuestras. Las hace únicas.

A mí me pasa con un par de camisetas. Primero, fueron para un uso tradicional y , después, para dormir o “estar por casa” pero siguen ahí. Un algodón muy suave, el tejido ya dado de sí y moldeado a mi cuerpo. El mensaje , el recuerdo de por qué son especiales. Están viejas, viejas… De momento, son eternas pero tras tanto lavado y ajetreo me temo que, en algún momento, perderán esa condición.

También me ha pasado con un albornoz pero su nivel de roto y parcheado, ha requerido su sustitución. Aún con sus zurcidos era un albornoz agradable, secante, tan de siempre,,,

Ha llegado uno nuevo al hogar. Es precioso y mullido . Con bolsillos amplios y rizo de alta calidad pero no es el viejo albornoz roto.

De momento, conviven. Lo mismo que hacen las camisetas con las que son nuevas . Unas, afianzando su presencia y defendiendo su territorio. Las otras , intentando ganarlo. Lo que no saben es que necesitarán años…

Aunque el albornoz nuevo, apunta maneras.

 

NB: La palabra albornoz proviene del árabe Al’burnus . En el Magreb, es un una especie de capa de lana que protege durante la noche a los pastores tunecinos . En España, utilizamos esta palabra para la “bata de baño”.

Esperadores Profesionales Ltd.


Los Esperadores Profesionales son un grupo organizado de personas especiales que se dedica a «esperar» profesionalmente. He dedicado muchas horas de investigación y he movido contactos importantes para poder conocer a uno de ellos. Es muy difícil acceder al grupo si no tienes una recomendación personal, pero finalmente, y como –favor- de- un- favor- por- otro- favor- de- un- amigo- de- un- amigo- de- mi- primo, el Esperador Profesional me ha visitado esta mañana.

He abierto la puerta a un hombre de unos treinta y cinco años, con aspecto cuidado pero anodino. Podría ser un vecino o cualquiera de las personas con las que me tropiezo en el autobús. Me esperaba algo más espectacular. No sé, un tipo con una capa roja y un escudo con las letras «EP» bordadas en el centro y, sí, confieso que en mis fabulaciones, he pensado que volaría, pero… el hombrecillo era normal. Totalmente normal. La única característica remarcable era la extraña mochila que colgaba de su espalda.

–Hola, soy el Esperador Profesional. ¿Es usted Bypils? –me saludó, tendiéndome la mano.

–Hola, Esperador. Sí, yo soy Bypils y lo estaba esperando. ¿Quiere pasar? –lo invité a sentarse en el sofá. –Siéntese, por favor.

Con un movimiento fluido, el hombre sacó la mochila del hombro, la agitó en sentido vertical y vi cómo se desplegaba, automáticamente, una confortable silla que plantó en el centro de mi salón. Ante mi mirada sorprendida, me explicó que los Esperadores Profesionales tienen su propia silla reglamentaria y que solo pueden esperar en ellas. Acto seguido, se sentó y me preguntó con una voz serena y paciente:

–¿Qué es lo que está esperando?

–Bueno, la verdad es que nada en concreto –le respondí–. Estoy documentándome para una novela sobre un escritor que no tenía historias sobre las que escribir, y he descubierto que hay un servicio de «espera» de… inspiración.

Se levantó de su silla reglamentaria y volvió a plegarla:

–Lo siento. Yo soy un Esperador Físico y usted necesita un Esperador Espiritual.

–¿Espiritual? –Mi frustración debe haber sido tan palpable que el hombre se compadeció de mí. Dedicó unos minutos a explicarme cómo funcionan los Esperadores Profesionales.

«Para ser un Esperador Profesional, se deben cumplir tres requisitos:

1) Disponer de todo el tiempo del mundo.
2) Poseer un gran autocontrol sobre las emociones y las sensaciones.
3) Tener una paciencia infinita para asumir la desesperación.

Al igual que en otras profesiones, a los candidatos se les somete a exámenes exhaustivos para verificar estas características imprescindibles y, si son confirmadas, se expide un certificado de ‘Personalidad Apta Para Esperador’ (PAPE).

Con la obtención del PAPE, se pasa a la segunda fase. En este período, el Esperador elige su especialización. Se puede optar a dos tipos de ‘espera’: 1) la física y 2) la espiritual.

Los que eligen la tipología física son entrenados para esperar a alguien en un lugar concreto, para esperar un mensaje (email, teléfono, correo) o para formar parte de una cola. Saben controlar las fases de la espera de una forma magistral. Superan la leve irritación de los largos tiempos de inmovilidad y controlan que esta crezca hasta convertirse en desesperación cuando los tiempos de espera se alargan considerablemente.

Los servicios del Esperador Profesional Físico son muy solicitados por aquellos a los que la espera los paraliza y bloquea cualquier tipo de actividad. Estos profesionales evitan que los que no posean sus habilidades se desesperen esperando. Se les requiere para conciertos y citas con Organismos Oficiales. Hay quien los deja delante de su dispositivo, de su buzón, en una sala… para que esperen la recepción de un mensaje, una citación judicial, el resultado de un examen o la recepción de una carta de una editorial con la respuesta al envío de un manuscrito… Ellos esperan y permiten que el cliente pueda seguir adelante con su vida, sin paralizarla por tener que esperar.

El Esperador Profesional Espiritual tiene una misión más compleja. Si se elige esta especialización, es necesario pasar por un segundo examen que confirme que se tienen habilidades de detección espirituales. El que espera la inspiración o el amor debe saber detectar el momento exacto en el que llega para comunicárselo a su cliente. No se sabe qué es lo que les confiere esta habilidad, pero son capaces de avisar al cliente del momento concreto en que llegará lo que esperan, para que puedan situarse en el lugar correcto y esperarlo sin desesperarse.

–¿Pero de verdad saben cuándo llega la inspiración o el amor? –estoy tan asombrada que no me salen las palabras.

El Esperador Profesional Físico, armado de paciencia, me respondió que sí y continuó con su disertación:

«En estos momentos solo hay tres Esperadores Espirituales en activo. Hay muy pocas personas en el planeta que puedan detectar que se acerca el amor de tu vida, por ejemplo. O la inspiración. O la felicidad… O la muerte.

De estos tres, solo hay uno libre en estos momentos. Si quieres contratar al que está libre, debes darte prisa. Corre el rumor de que una actriz de Hollywood que lleva esperando muchos años al amor de su vida le quiere hacer una oferta.

Se marchó a toda prisa. Taylor Swift está en la ciudad y le llueven las ofertas para esperar en la cola de entrada al Auditorio, pero… me dejó el e-mail del Esperador Profesional Espiritual disponible.

Y, mira, aunque yo misma me dé cuenta de que todo esto no es normal, tenía mucha curiosidad por saber qué hacía exactamente y qué cobraba un Esperador Profesional Espiritual, así que le envié un e-mail.

Desgraciadamente, la actriz famosa se me ha adelantado.


Dos cosas tontas.

Esto lo leí en Twitter ( ahora X, pero me gustaba más cuando era Twitter) y cada vez que me pasa, me acuerdo.

El culo de los vasos.

Es un problema común con los vasos que tienen un reborde o base hueca en la parte inferior. Debido a esa pequeña depresión, el agua se acumula durante el ciclo de lavado del lavavajillas y no siempre se seca completamente, quedando atrapada en esa zona incluso cuando el resto del vaso está limpio y seco.

Idea para los fabricantes de vasos, que saben que van a ir al lavavajillas : no hacer un reborde en la parte inferior en la que siempre se acumula agua.

Lo tendré en cuenta cuando vuelva a comprar vasos porque me acuerdo cada vez que los saco del lavavajillas y tengo que ir secando los culos antes de que vayan a la estantería…

La otra cosa tonta, también vista en Twitter, es un truco de cocina. Cuando la mantequilla está muy fría y tenemos que obtener una porción fina y maleable, un truco es pasar un colador de malla, por encima de la superficie.

Estas son las dos cosas tontas…

Me gusta la pasta.

Una teoría muy aceptada es que la pasta, en su forma más reconocible, llegó a Europa a través de los árabes durante la conquista de Sicilia en el siglo IX. Los árabes ya elaboraban una forma de pasta seca llamada «itriyya», que podía almacenarse durante largos periodos de tiempo y hervirse cuando se necesitara.

Sicilia, bajo control árabe, se convirtió en un importante centro de producción de trigo y fabricación de pasta seca. La pasta árabe era perfecta para el clima cálido del Mediterráneo porque podía secarse al sol y almacenarse para largos viajes.

En la Edad Media, la pasta se popularizó en Italia, especialmente en regiones como Nápoles y Sicilia, debido al acceso a trigo duro (triticum durum), que era ideal para la producción de pasta seca.

La pasta se convirtió en un alimento básico por su durabilidad y facilidad de transporte.

En el siglo XII, se establecieron fábricas de pasta en Sicilia y otras partes de Italia. Esto ayudó a la pasta a convertirse en un alimento clave en la dieta mediterránea, y los italianos comenzaron a perfeccionar la técnica de hacer pasta, creando las formas y variedades que conocemos hoy.

Se estima que más de 500 millones de personas consumen pasta de manera regular en todo el mundo. Italia, siendo el país donde la pasta es más tradicional y parte integral de la dieta, consume alrededor de 25 kg por persona al año

Todo este rollo, porque nos han regalado un bellísimo pack de pasta con un mensaje : “SOULFOOD”.

Y es que, si, es un alimento para el alma…