Un anillo irrepetible.

Tengo un regalo prenavideño: un anillo único en el mundo. Sin molde, sin posibilidad de repetición. Una edición limitada a una sola unidad, numerada entre risas y afecto.

Nació en un taller de joyería de cuatro horas. Sierra, lima, pulidora, ácido, soldadura. Y nosotros allí, sentados, atentos, siguiendo las indicaciones de una joyera simpática y muy paciente para convertir una idea en metal: una joya hecha a mano, a nuestra medida.

La experiencia fue agradable, divertida y, sobre todo, reveladora.

Porque ahora tengo una pieza que, además de bonita, contiene cariño.

Y es irrepetible: una estrella imperfecta; una curva que no me salió del todo bien, pese al martillo de nailon. Ni queriendo podrías imitarla. Solo hay que ponerse a limar la estrellita del centro para entenderlo: cada gesto deja su pequeña huella.

Y, más allá del regalo, me llevé otra cosa. Después de verme serrando la plata —cuatro veces tuvieron que cambiarme la sierra— salí del taller con una idea clara: reivindicar la joyería artesanal.

Estamos acostumbrados a piezas que nacen de moldes, se cortan con láser en fábricas y se reproducen por miles. Piezas perfectas, sí, pero idénticas. En cambio, en un banco de trabajo, el tiempo pesa de otra manera: paciencia, precisión, oficio. Alguien crea, ajusta, corrige, vuelve a empezar. Mima cada detalle como si fuese el único.

Joyas que son únicas y que son arte.

Mientras escribo, leo «Mientras escribo»…

Mientras escribo, estoy leyendo “Mientras escribo” de Stephen King

En este libro, King reflexiona sobre su experiencia como escritor y he llegado a él, de nuevo, después de investigar sobre el famoso Síndrome de la Página en Blanco que es uno de los temas sobre los que pivota “La increíble historia de un escritor sin historias”, mi #NaNoWriMo2015

textos libres

Siempre he escrito porque me llenaba. Puede que sirviera para pagar la hipoteca y los estudios de los niños, pero eso era aparte. Yo he escrito porque me hacía vibrar. Por el simple gozo de hacerlo. Y el que disfruta puede pasarse la vida escribiendo.

Mientras (yo) escribo, disfruto. ¡Igual que Stephen King! Obtengo una sensación muy placentera que deseo repetir, y que intento repetir, cada vez que me siento con el pobre escritor sin historias que me he inventado.

Escribo porque me gusta el proceso de escribir. Porque me gusta meterme en la historia. Porque mi mente se muda allí, a ese espacio privado y a la vez, muy habitado, en el que me pierdo durante un rato y me lo paso en grande.

escribir

Lo que viene después, cuando acabas la obra, la editas y la muestras con más o menos suerte y con más o menos impacto, es, ya, la guinda del pastel. Si va bien la cosa, la satisfacción se multiplica infinitamente pero… el pastel ya me lo he zampado antes, mientras escribía y , confieso, ese pastel estaba delicioso…

Visto lo visto, escrito lo escrito, llego a la conclusión a la que llega Stephen King: Escribir es mágico.

Escribir es mágico; es, en la misma medida que cualquier otra arte de creación, el agua de la vida. El agua es gratis. Así que bebe. Bebe y sacia tu sed.

NB : Pasteles o agua…Viene a ser lo mismo….Magia.

stphen