Compañero infatigable.

Me ha acompañado en la playa, en el chiringuito, en los paseos, en las visitas a mercadillos… Incansable y ligero.

Pero es lo que transmite lo que lo hace especial. Un pequeño capazo de rafia con una sonrisa bordada que activa las neuronas espejo. Que te hace sonreír.

Tres veces me preguntaron dónde lo había comprado, pero no pude complacer a quien quería uno. No era de la isla: viajaba conmigo desde casa, para acompañarme estos días de verano.

—Misión cumplida, me dice, sonriente…

Entendido.

Un árbol. Uno. Se han talado tantos , que un árbol que molestaba en una zona residencial no es una gran cosa. Además, es un árbol no autóctono, que vino de un vivero, de otro país , para cumplir los planes paisajísticos de una urbanización. Tiene su punto irónico…

De eso, habrán pasado más de dos décadas. El árbol, pues, ya es de aquí. Hay apego.

Costó convencer al jardinero experto que valía la pena darle una oportunidad. Aconsejaba sacarlo. “Ya está en las últimas”.

Dos años después de su salvación in extremis, el árbol está bonito. Cortaron las ramas secas y sobrevivió.

En un tocón, he visto su mensaje.

Es una comunicación del árbol en un idioma que podamos entender los humanos.

Y se entiende perfectamente.