Salvadora de sapos.

(Advertencia: Si no os gustan los sapos, en este post hay fotos…)

Salvadora de sapos.

Así me sentí, tras la experiencia con un niño de doce años. No lo conozco, sólo sé que se llama Álex y… que me dio una lección de biología y de actitud.

El niño me encontró a mí, mirando la piscina exterior de un club deportivo. Me había llamado la atención el bicho enorme que se mecía en el agua. No suelo acercarme mucho a ranas, sapos y cualquier anfibio que se me ponga por delante. Me dan un yuyu especial. A la vez, como estaba inmóvil, me “atreví ” a hacerle una foto … Si saltan y eso, ya no …

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Tras unos minutos de observación, pensé que el animal estaba “en paz descansen”. Inmóvil total, flotando por la piscina. Y con todo la cosa que me dan, quise comprobar si el bicho vivía. Cogí la pala para recoger hojas  ( es larguísima) y moví el agua. El sapo también se movió… Ups.

Entonces pensé, en un acto magnánimo con el animal, “mira déjalo tranquilo, que esto debe ser como un SPA invernal para él”.

Ya me iba cuando la voz de un niño me hizo detenerme.

-. El sapo se está muriendo. Está muy cansado y no puede salir del agua.

Con una sonrisa, le expliqué mi teoría : estaba descansando, plácidamente, en su piscina privada.

No. Ya hubiese salido hace rato. Los sapos necesitan volver a la tierra y este ya lleva mucho aquí. Yo quiero sacarlo pero no me dejan coger la pala.

Le pregunté cómo se llamaba. Álex . Era listo. Quería salvar al sapo sin contravenir las órdenes de sus padres. Necesitaba un adulto que sacara al bicho de la piscina. Servidora. Presente.

La piscina estaba desierta, igual que todo el exterior. Podía coger la pala, superar mi asco , recoger al sapo y dejarlo en la hierba…Pero…¿Y si me atacaba y saltaba hacia mí?

Alex me informó que un sapo no ataca. Que no lanza veneno. Que sólo podría irritarme la piel si lo tocara porque el veneno está en unas glándulas también en su piel…Confieso que hasta ese momento lo había llamado bicho porque no sabía si era una rana grande o un sapo. El niño también me explicó las diferencias. Los sapos cuentan con una piel rugosa y más áspera que las de las ranas. Son más robustos mientras que las ranas tienen la piel más lisa y son esbeltas.

El sapo se movió un poco. Agónico.

El niño me miró con cara de pena.

Cogí la pala pero antes le pedí a Alex que hiciera una foto, muy rápida, del momento.

Cuando noté el peso del sapo al sacarlo de agua , me dio repelús…. Lo dejé en la tierra, lo más lejos posible de mi persona. Creo que los brazos se me han hecho más largos…

El sapo dio unos saltitos y despareció entre unas plantas.

Le has salvado la vida.- Me dijo Alex.

Gracias a ti que me has convencido– Me sonrió ampliamente- Ya, pero tú lo has sacado del agua.

Así que ahora (según un niño muy inteligente que buscó soluciones efectivas para salvar a un sapo) me he convertido , yo,  en una salvadora de sapos y… aprendiz de la actitud… ; – )

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