La culpa es del siringol.

El olfato es un sentido que va directo al sistema límbico, sin pedir permiso. Un olor puede llevarte, en un instante, a un recuerdo, una sensación o incluso a una expectativa.

Tu nariz detecta un aroma y lanza una alerta por la autopista emocional del cerebro. Pasa con el petricor, ese perfume de tierra mojada después de la lluvia… y pasa también con la brasa.

Paseando por mi calle, me llega el inconfundible olor a leña, a fuego, a humo limpio. Y al segundo se enciende una sensación placentera. Hay una explicación biológica, química y antropológica detrás. 

Por un lado, el cuerpo se adelanta: salivas, el estómago se prepara. Viene comida.

Por otro, se despierta el modo prehistórico premium. El fuego controlado fue uno de nuestros grandes inventos: durante milenios significó calor, seguridad, reunión y alimento más digerible. En resumen: tribu.

Y sí, la culpa de todo la tiene el siringol. Cuando la leña se calienta, la madera no “se quema” sin más: se descompone. La lignina —el “esqueleto” aromático del árbol— se rompe y libera fenoles volátiles. Entre ellos, el siringol (con su colega el guayacol), moléculas pequeñas, rápidas y tremendamente reconocibles: huelen a tostado, a hogar.

Y después, ya no te digo cuando aparecen los calçots, las butifarras y la carne… el siringol se viene arriba y entra en modo festivo.

Día Internacional de la luz.


Hoy, 16 de mayo, es, según la UNESCO, el Día Internacional de la Luz.


Un día fantástico para recordar el apagón que vivimos recientemente en todo el país.

Nos pilló en el coche y con la radio puesta, así que estuvimos informados desde el primer momento, escuchando a científicos y expertos serios que nos transmitieron confianza.

Serían unas horas, paciencia… pero la luz volvería.

Ya en casa, localizamos la vieja radio a pilas y sacamos las linternas para tenerlas a mano al anochecer. Las luces solares del exterior nos vinieron fenomenal…


Durante el día, sin mayores problemas, la espera se hizo más llevadera de lo previsto. Los libros de papel fueron buenos compañeros, la radio redescubierta y los niños del vecino jugaban con la pelota…Pero al llegar la noche, con la oscuridad total en las calles, se evidenció la importancia de la luz.

Me hizo pensar en ese momento histórico de la humanidad, cuando el hombre descubrió el fuego.


Viviremos, casi en directo, los grandes hitos que se acercan: desde la curación de enfermedades hoy incurables hasta la exploración de otros planetas pero ese momento, el de la primera chispa, solo podemos recrearlo.

Imagino una noche cerrada, sin luna. Oscuridad profunda, no como la de las calles el día del apagón, sino más negra e intensa.
Un grupo de homínidos, probablemente Homo erectus, se refugia en la entrada de una cueva. De repente, un rayo cae sobre un árbol seco y lo incendia.

Lo que ven es luz pura. Un fulgor que rasga la noche y convierte lo invisible en visible.


Supongo que el primer sentimiento fue el terror ante lo desconocido, pero después, la fascinación absoluta.

Con el fuego, llega la luz en la noche…

Estoy pensando en escribir este post, cuando en casa vuelve la luz.


Y, como buen Homo sapiens, me pongo a bailar con los brazos alzados y una linterna girando en círculos sobre mi cabeza, como si invocara al sol, celebrando el regreso de la luz con una danza primitiva.