No me acordaba de ellos pero ayer, me encontré con uno…
Tienen una capacidad asombrosa para absorber toda la energía positiva que hay en los seres humanos que los rodean. Solo la buena. Tienen el morro fino.
Se esconden detrás de múltiples formas de vida: mártir, sabelotodo, prepotente, tirano, amable confidente… No importa cuál sea su disfraz: ellos se comen tu sonrisa hasta morderte el alma.
También hay grados: del 1 al 10, siendo el 10 casi de peligro mortal. Los más insaciables abren la boca, dicen hola y, hasta que la cierran —si es que eso llega a ocurrir—, van dejándote gris. Gris marengo. Negro. Hasta que la oscuridad y el mal rollo acaban con tu pobre reserva de optimismo.
La mayoría de las veces no eres consciente de su poder hasta que has sido sometido a unas tres sesiones de vampirización.
En la primera, aún crees que esa persona es pesada. O cotilla. O un poco chula. O —¡pobrecilla!— está tan preocupada por las enfermedades y miserias de los demás que no puede evitar contártelas todas. O quizá es tonta. O confusa. Porque no se puede ser tan malo intencionadamente, ¿no?
Da lo mismo.
No asocias tu bajón a la interacción con el vampiro de energía.
La segunda vez que lo sufres, ya empiezas a intuir que existe una clara relación de causa y efecto. La tercera, la famosa vencida, ya sabes que, si te cruzas con el vampiro, debes alejarte lo máximo que puedas porque, de lo contrario, llegarás a casa triste y melancólico, incapaz de encontrarle la gracia a los placeres sencillos de la vida. Con ese aura turbia y gris. Sin brillo.
El vampiro de energía pasa olímpicamente de la atmósfera que genera. Una vez se ha alimentado, busca una nueva víctima. Tú ya eres historia. Hasta que vuelvas a cruzarte en su camino. Entonces se lanzará a la yugular y atacará de nuevo.
Una sonrisa y un «hasta luego». O un «hasta nunca». O un «voy al baño». O un «tengo una llamada»… La excusa da igual. La cuestión es no dejarlos entrar.
Hay que hacerlo con valentía y sin olvidar la sonrisa, que viene a ser algo así como la estaca en el corazón.
La energía positiva no tiene precio.
No la regales.
Antídoto 1

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Antídoto 2

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