La camiseta que trababa el cajón…

¿Qué por qué estoy en Nueva York? ¿Qué por qué no he avisado a nadie? Ya, ya, entiendo que os preocuparais. Pensaba llamaros hoy, de verdad. No, no es por el trabajo. Sólo placer. Estaré una semana, de turismo. ¿Una locura? ¿Por qué dices eso? Es verdad que ha sido un impulso pero tenía una semana de vacaciones y mi paga extra… ¿Qué estoy rara? De eso nada. Estoy mejor que nunca ¿Y sabes que llevo puesto? ¡Una camiseta de hace 20 años! La encontré por casualidad y aún me queda bien. ¿Qué por qué te estoy contando lo de la camiseta?

…….

Camiseta

Llevaba unos días queriendo meter mano a esos cajones… A una le entran las ganas de “ordenar” , de forma un tanto compulsiva, cuando sufre un aviso (¡Qué vengo!) de un ataque de ansiedad. El orden y concierto surte efecto de bálsamo en el ánimo bajo: sacar ropa, clasificar, seleccionar, tirar (o hacer-ver-que-tiras algo-pero-no) , plegar y ordenar…

Estoy pasando una mala racha. Una de esas en las que no encuentras una brizna de ilusión en el camino. Un período negro y triste… Mi casa está más ordenada que nunca a excepción de esos cajones.

Los cajones pertenecen a un mueble bajo que configura, junto con las mesillas de noche, mi dormitorio. Son cajones de indeterminaciones. De varios. De no-sé-dónde-ponerlo…

Odio –especialmente-ese mueble cajonero. El cajón intermedio hace años que no cierra bien y de tanto en cuanto, me golpeo la espinilla con él saliente.

Durante mucho tiempo, he sido consciente que allí había algo que trababa el camino hacia el cierre total. Las veces que he intentado sacar el cajón maldito, me ha sido imposible. No es como los de la cocina que sólo tienes que levantarlos un poquito para que salgan de sus rieles… Estos, no. Son inamovibles y mi mano no llega a ese fondo inhóspito del cajón…

Cuando he consultado a otros (que saben más que yo de cajones) me han dicho que la única forma para eliminar “la traba” cajonera, era sacar la lámina de madera que compone la parte trasera del mueble…

Hace un par de días, inicié el proceso de ordenamiento terapéutico de esa zona. En el primer cajón, encontré muestras de jaboncitos de hoteles, un antifaz para dormir que no me he puesto jamás, bolígrafos, dos monederos antiguos, un par de pañuelos… En el segundo cajón descubrí todos los calcetines de deporte que no encuentro nunca y que me obliga a comprarme nuevos calcetines de deporte en un ciclo continuo. Y en el último cajón, lencería compleja ( lacitos, transparencias, brocados y alguna indecencia). Ordené, ordené y ordené y dejé mis cajones inmaculados aunque…el cajón intermedio seguía sin poder cerrarse. Y aunque llevaba casi toda mi existencia consciente del cajón semi-abierto , en ese momento eso me irritó muchísimo.

Fui a por el kit de herramientas y con mucha paciencia(y por mis cajones), saqué la pieza trasera. Al desplazar la madera, descubrí por qué aquel cajón no se cerraba. De un color gris como las motas de polvo que lo envolvía, había un fardo de algo de algodón que algún día había sido blanco. Lo saqué y lo lancé hacia una esquina. Limpié el mueble y puse de nuevo la pieza. El momento en el que cerré el cajón definitivamente, lo podría clasificar de altamente satisfactorio. Lo abrí y lo cerré varias veces, deleitándome con la perfección del encaje…Una gozada…

Cuando recogí aquella bola deforme de ropa y la extendí para ver que era, descubrí mi camiseta-amuleto. Una sencilla camiseta de tirantes de canalé de algodón blanco. Iba conmigo…Esa prenda básica se convirtió en mi fetiche. Me servía para todo: debajo de una americana o de una camisa mona, a cuerpo, con el pareo y si la llevaba sin sujetador, era la prenda más erótica del mundo. Llegué a convencerme que me daba suerte y viajó conmigo en las mudanzas y en las aventuras de la vida. Siempre controlada. Siempre a mi vera por sí…

La camiseta me hacía recordar : los exámenes en la Facultad, el día del concierto de los Rolling Stones, el sexo de la juventud, mi primera entrevista de trabajo, aquel fin de semana tan especial, …Fueron años. Fueron muchas cosas. Recuerdos que llovían sobre mí con la intensidad de aquellos días, que me hacían sentir la energía de entonces… Y esa, era yo. La misma “yo” que, ahora, ordenaba los cajones compulsivamente.

Mientras sostenía en mis manos aquella cosa llena de polvo, me di cuenta de algo trascendental.

¿Cuándo había dejado de buscar mi camiseta? ¿En qué momento no me importó saber dónde estaba? ¿Cuándo había renunciado a la ilusión?

La lavé con un programa para ropa delicada y dosis extra de suavizante. Cuando la saqué de la secadora, reconocí el tacto suave de una prenda bien gastada. Me la probé y descubrí que aún me quedaba fenomenal.

Después, me senté delante del ordenador y busqué el viaje a Nueva York.

 

16 pensamientos en “La camiseta que trababa el cajón…

  1. Esos “ataques” de arreglar cajones, creo que a todas noa ha pasado y siempre tenemos algo “porsi”, las olvidamos y cuando arremetemos a la limpieza de esos sitios casi sacretos, al menos yo, hay piezas que aun están desgastadas, pasadas de moda etc. nos resistimos a tirarlas por los recuerdos, a veces casi tontos…. yo tengo algunas camisetas de muchas partes del mundo y otras cosillas, no las tiro, pues son parte de mi vida que ya pasó. Pásalo bien en la Gran Manzana. Un abrazo,

  2. Muy bueno.!!
    Yo no hubiese podido aguantar tanto tiempo con un cajón mal cerrado como la protagonista del relato.

    Esas preguntas hacen pensar a uno mismo en sus fetiches de juventud y en qué momento dejaron de serlo, cuando perdieron la magia…

    NA: Me interesó ese tercer cajón, ja, ja
    Besos, de tu sincero.

  3. ¡Qué entrada más tierna y esperanzadora!

    Por romper un poco la paz espiritual que me ha embargado tras leerte (totalmente cierto) he de confesarte que a mí me ha ocurrido algo parecido. No ha sido con una camiseta como la de la foto (creo que no me quedaría nada sexy, sobre todo porque la abultaría en la zona de la tripa y quedaría fea). Ha sido …
    ¡Con unos calzoncillos castellanos! blancos como la canela que hacía muchos años que no veía.
    Los he encontrado tras el bidé, al lado de la cesta de la ropa sucia. Se ve que el día que los eché a lavar no estaba fino encestando y los tiré fuera, y ahí se han quedado por muchos años relegados a mi cruel olvido. Como detrás del bidé apenas limpio…
    El caso es que, casi por casualidad, intentando matar una cucaracha que correteaba por el baño con mis propias manos, tanteé el hueco que hay bajo este útil sanitario, y allí toqué algo blando e inerte. Aquel tacto me resultó familiar, no sé muy bien por qué, pero al fin los cogí entre mis manos e infinidad de recuerdos se agolparon en mi mente. Los miré por delante. Aquel rodal amarillo que lo teñía, al parecer, permanentemente, me recordó aquel proverbio chino que dice “Cuando mees, por mucho que te la menees, la última gota siempre caerá en el calzoncillo” ¡Qué sabios estos chinos!
    Pero lo que más honda impresión me causó, revolviendo mis entretelas y entresijos espirituales, fue volver a contemplar aquella zurraspa cuasi tridimensional que aparecía adherida a la zona de la prenda que suele cubrir la retaguardia o “agujerolculo” propiamente dicho. Eso me hizo recordar aquella feliz etapa de mi vida en la que no sufría de estreñimiento, como ahora. ¡Joder, cómo cagaba! Se me vino a la cabeza un nuevo refrán, esta vez más hispánico que decía “Comiendo bien y cagando fuerte se le plantan los cojones a la muerte”
    ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo se estropean cuerpos y cabezas!
    Mi reencuentro con mis calzoncillos me ha hecho pensar en que
    ¡Qué mayor estoy, coño!

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