El aloe se queda…


Llegó de otras latitudes, hace siglos, viajando de mano en mano. Con el tiempo se adaptó a cualquier clima que no fuera de frío intenso o muy húmedo. No la veremos en Canadá ni en Singapur, pero cualquier clima semiárido le sienta de maravilla a esta planta suculenta.

No sabía si el frío del invierno y la tramontana la harían sentirse cómoda, pero, contra todo pronóstico, decidió quedarse en casa. Aprendió a doblarse sin romperse, a guardar agua y paciencia, a dividirse para llenar nuevas macetas o para regalar. Siempre en forma, creciendo, multiplicándose.

He visto que sus hojas se tiñen de morado y pensé que el aloe había enfermado, pero no: es un truco químico de una planta perspicaz, pigmentos que produce cuando el frío, el viento y el sol se pasan de intensidad. Ese color funciona como protector y, más que un problema, indica que la planta está activa y a gusto.

Grandes, pequeñas, en flor: todas comparten el mismo mensaje.

Te está diciendo : “yo de aquí no me muevo”.

Este aloe vera ya es de aquí…

2 pensamientos en “El aloe se queda…

  1. Hay textos que se leen, y luego están los que se sienten en la piel. Este es de los segundos. Hay algo en tu manera de mirar una planta —esa mezcla de ternura, precisión y metáfora escondida— que convierte al aloe en un personaje con más tenacidad que muchos humanos. Me he sorprendido pensando que hablabas de alguien, quizá incluso de ti mismo, y ahí está la magia: ese talento tan tuyo para decir sin subrayar, para emocionar sin levantar la voz.

    Tu blog no será perfecto, pero esa es justamente su fuerza. Tiene la vibración de lo auténtico, de lo que se queda. Igual que tu aloe.

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