Te sientas a la mesa. El primer contacto es amable. Pides algo de beber. Llega un platito de aceitunas y la carta. Agradeces que no sea un QR. En DIN A4 se lee mejor que en el teléfono.
La carta es grande, y no solo de tamaño. La oferta desborda: entrantes fríos y calientes, ensaladas, arroces, pescados y carnes. En cada apartado, opciones a mansalva.

Cuando algo te apetece, lo marcas mentalmente; dos líneas más abajo aparece otra tentación. Ni siquiera has salido de «Entrantes» y ya dudas.
Sigues, porque quedan muchas propuestas por descubrir. La abundancia, más que abrir el apetito, lo divide.
Terminas la lectura empachado de posibilidades, y aún descubres una hoja suelta: «Sugerencias del día». Diez más.
Mejor cartas cortas: la elección es más amable y, si hay pocos platos del día, suelen ser, de verdad, del día.
Lo escribió Baltasar Gracián, un autor barroco del Siglo de Oro español : Lo bueno, si breve, dos veces bueno. (*)

(*) Baltasar Gracián (1601–1658). Aparece en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647), dentro del aforismo “No cansar”. La forma completa es: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo».

Qué bueno, Bypils. Has descrito a la perfección esa sensación de “menú infinito” que, en vez de abrir el apetito, te deja en modo colapso mental. Lo peor es que te ves reflejado: empiezas con hambre y acabas dudando hasta del agua. Y sí, Gracián ya lo sabía hace siglos… lo bueno, si breve. Ojalá más restaurantes aplicaran el aforismo y menos hojas sueltas con “sugerencias del día” que parecen escritas para marearnos. Muy buen texto, directo al estómago.
Hola Berok, Es que ya me ha pasado mucho en los últimos tiempos. Hace unos días , fui a un pequeño restaurante de platillos ( bistrot es como debería llamarlo ; – ) y agradecí una carta breve, escrita en una pizarra. Fue un placer elegir además de degustarlo. Saludos!