“Desaboría”.

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¡Que me haya pasado esto a mí, la persona más sosa del mundo, tiene su gracia! Mi ex suegra me llamaba la desaborida, aunque ella lo pronunciaba más como “desaboría” y para enfatizar mi falta de gracejo, acababa la palabra con una palmadita que a mí me sonaba a tortazo en todos los morros. Sólo le faltaba el “olé”.

Yo me hubiese definido como reservada o… discreta pero, ya veis que lo estoy escribiendo en pasado: ahora soy la alegría de la huerta. Lo juro. De ser la que no hablaba en las fiestas o reuniones familiares- o sólo lo justo cuando me preguntaban-pasé a ser la “animadora-oficial” de todos los cotarros a los que asistía.  Tengo un afinado sentido del humor que me permite decir lo que es ideal en cada ocasión y, además, lo hago de forma salerosa…

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A mi alrededor, la gente suele reír. Tampoco quisiera que pensarais que soy la graciosilla de turno, de ese tipo pesado que no sabe cuando hay que parar. No, para nada.  No se pasa del desaborío al salao de forma automática. Yo soy el punto justo de sal …y reparto alegría.

Antes, me vestía con tonos neutros y sobrios. Ahora, me encantan los colores. Brillantes en primavera, de tonos pastel para los atardeceres, llamativos para las fiestas, suaves para las primeras citas… Color, color y color…

Mi ex marido me llamaba la cucarachita. No voy a negar que sintiera debilidad por el negro pero el mote… el mote me daba asquito… claro que, cómo era una desaboría, tampoco me quejaba mucho. El último día que lo vi, en el cumpleaños de un amigo común, lo dejé deslumbrado. A la tercera copa, me llamaba mi capullito de alhelí. No vamos a entrar a discernir cual de los dos era el capullo…

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Además de un espectacular cambio físico -estaba tan contenta que me hice un nuevo corte de pelo, unas mechas de color chocolate que me quedaron de muerte y perdí unos kilitos y los que me quedaban, se redistribuyeron estratégicamente en lugares sensuales -, de la renovación de mi vestuario y de la chispa alegre que irradiaba mi persona y que atraía a los demás como un imán, además de todo eso: podía poner en ese estado de gracia, a quien yo quisiera.  Nota : Campanilla y Disney a mí me han hecho mucho daño, queda claro ¿no?…

La cucarachita desaboría (mi otro yo) era muy supersticiosa. Aún hoy, no entiendo por qué pero…era de esas personas que si se les cruzaba un gato negro, vivían atemorizadas esperando “la mala fortuna”. Jamás pasaba por debajo de una escalera, temía romper un espejo  y… la sal.

La sal,  me obsesionaba.

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Mi ex marido no soportaba mi manía de no darle el salero en la mano. Lo dejaba en la mesa para que él lo cogiera…Por lo de la mala suerte… Si se derramaba un poco de sal, me daban taquicardias pensando en todos los infortunios que nos iban a caer encima e inmediatamente, lanzaba un puñado por mi lado izquierdo…Estuviera dónde estuviera y con quién estuviera. ¿Tuve yo la culpa que mi ex suegra estuviera a mi espalda y le entrara la sal en el ojo? ¿Qué hacía allí?… En fin, no podéis imaginaros la cara que se me quedó el día que en una de esas discusiones tontas con mi ex,-él tiró al suelo el salero.

No sé si leerá esto, pero si lo hace, no pude darle las gracias en su momento, así que lo hago ahora: Gracias por romper el salero, capullito de alhelí.

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Mi personalidad poco dada al dramatismo –hay que recordar que era una desaboría- me hizo actuar de la forma más práctica posible: no hay que pisar nunca la sal derramada, así que dejé que la recogiera él y,  presa del pánico, corrí a la calle en busca de un nuevo salero. Era de noche y todo estaba cerrado a esas horas. Recorrí las calles del barrio, pensando que en cualquier momento me caería una maceta de geranios en la cabeza o un meteorito cuando vi una luz…la tienda de los chinos.

Entré como una exhalación y le pregunté a la chica que había en el mostrador dónde estaba la zona del menaje del hogar. No entendió el significado de “menaje” y “hogar” la hizo fruncir el ceño pero respondió: al fondo, al fondo y yo me lancé a la carrera por un pasillo estrecho lleno de cachivaches de esos que sólo venden en los chinos. Cuando divisé la zona tuppers, ya me sentí más aliviada. Paré en seco buscando los saleros cuando de detrás de la estantería, salió un anciano chino mandarín. Lucía una sonrisa desdentada, una fina trenza de pelo cano y el típico gorrito de Fu Manchú. Su mano arrugada y tendida hacia mí, sostenía un precioso salero. Me dijo que era una figura china de los años 50, un salero muy especial…

salerochinoLo cogí, extrañada, mientras el hombre me decía: sal, cabeza, sal, cabeza. Pensé que sería el abuelo de la dependienta y que me había oído al entrar, así que cogí el salero y me dirigí a la caja. La chica miró el salero: No nuestro. Yo le respondí que me lo había dado el abuelo. ¿Abuelo? Yo sola aquí, me dijo un poco enfadada. Me hizo un gesto de despedida con la mano y me vi en la calle, con un salero.

Al volver a casa, ya más tranquila, rellené el salero y me cercioré de que no quedaban restos en el suelo… pero sí que había sal. Había montoncitos por toda la cocina… Me enfadé muchísimo con el capullito de alhelí y, en un arranque de furia, cogí mi salero nuevo y le grité : Si quieres que tengamos mala suerte, ya me tiro yo la sal encima y acabamos con esto -y con un movimiento rápido, me tiré sal por encima de la cabeza…

Una felicidad radiante inundó todo mi ser. Me pareció que la noche era la más preciosa del mundo. Tenía ganas de bailar y de reír. De salir por las calles y pasear y dejar que la brisa acariciara mi rostro… Me imaginé deleitándome con un helado de straciatella, con los pies colgando del muro del puerto… Mi ex, que lo fue oficialmente en ese mismo instante, me miraba asombrado mientras yo daba palmas y canturreaba: la desaboría,la desaboría…

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Mi estado de alegría energética me duró varios días. Mis íntimos intentaban hacerme entrar en razón y que volviera a la senda de la normalidad, menos mi amiga Puri que me hizo pensar en el chino mandarín. Y en el salero. Y en aquello que me dijo: Sal, cabeza, sal, cabeza… Así que hice el experimento: yo y Puri y el salero. Nos tiramos la sal por la cabeza y…

Alegría, alegría, alegría…

Nos atrevimos a probarlo con todo el que se dejaba y , sin quererlo, empecé a tener visitas multitudinarias de gente que quería que los “saleara”. Inevitablemente, se me iba acabando la sal… Ya había pensado que el fenómeno podía estar en la sal y no en el salero pero todo eran conjeturas y posibilidades y no estaba segura.

El viejo Fu Manchú había desaparecido del mapa (la chica de la tienda de los chinos,  me juró y perjuró que nunca había visto al chino mandarín) y yo lo único que sabía es que mi salero o mi sal, te quitaba las penas, te llenaba de alegría y positividad. Guardé las últimas raciones para uso personal y llegó el día que tuve que rellenar el salero, de nuevo.

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¿Os podéis creer que funcionó a la perfección?… El salero. Era el salero.

Este, es un gran tesoro que yo poseo y que  me obliga a llevar una vida extraña aunque dichosa. Estoy encerrada en casa. No en plan prisión, no os vayáis a pensar. Más en plan paraíso controlado: mi casa tiene mucha luz y habitaciones espaciosas. Es un lugar precioso pero… se ha corrido la voz de lo del salero y ya me lo han intentado robar varias veces… Ahora, lo tengo en una vitrina con unos cristales de máxima seguridad que se abren con una contraseña que sólo conozco yo.

Y estoy todo el día a su lado. Vigilándolo…Eso sí, con alegría.

Una de las cosas que más hago es conectarme a la red y visitar los blogs que me gustan. Puri me ha hablado de este libro “Objetos sencillos que tienes en casa” y creo que es un buen lugar para divulgar mi historia.

El salero sólo funciona cuando lo utilizo yo. Soy yo la que me encontré al chino mandarín y fue a mí a la que dio el salero así que, ahora que ya es público, sé que me quieren a mí y al salero. No sé cuánto tiempo tardarán en conseguir burlar los sistemas de seguridad pero me temo que ya están cerca de conseguirlo.

Son muchos: unos que lo que quieren es la gallina de los huevos de oro, otros que lo que quieren evitar es que la gente esté contenta y… la familia del capullito de alhelí que no puede soportar que la desaboría sea tan salá… Demasiados enemigos de la alegría…

En caso de que yo y mi salero, desaparezcamos de la faz de la tierra, me gustaría que no se olvidara mi historia…ni a mi salero…

Ni que nada pueda con la alegría.

Puri os avisará si pasa algo.

Gracias a todos.

Capítulo 7 de : “Objetos sencillos que tienes en casa”.

2 pensamientos en ““Desaboría”.

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