Cutlery Romance.

Ya sé que pensaréis que padezco algún tipo de obsesión. Sin conocerme, igual me tildáis de maniática, o neurótica, o esas otras etiquetas que utilizáis cuando algo no se ajusta a los parámetros normales. Pero a mí me da igual. Siempre he creído que nadie puede medir la normalidad. ¿Cómo van a hacerlo si todos somos diferentes?…

Mi diferencia, lo que me aparta de ese patrón de los seres humanos normales,  es algo que no hace daño a nadie. Ni siquiera a mí misma. Al contrario, me reconforta. No entiendo por qué mi cuñada me mira de esa forma tan extraña cuando me apresuró a ubicar la pila de revistas de decoración, en el lugar exacto de la mesita de centro. ¡Me encanta la decoración!

Colecciono todas las publicaciones sobre el tema y me encanta dejar unos ejemplares con lo que más me ha llamado la atención en mi preciosa mesa de centro (es una antiguo telar restaurado). Mis cosas, deben estar situadas en las coordenadas exactas. En los lugares correctos. Soy yo la que determina cual es la posición de las revistas, los platitos incas, el jarrón japonés, las velas aromáticas, el mando de la televisión… Mis libros están ordenados por orden alfabético del autor  y con un sub-orden por tamaño del ejemplar para no desequilibrar la armonía de la estantería… Mis víveres están clasificados por tipo y fecha de caducidad y todas las latas y envases deben situarse con las etiquetas en la zona frontal.

Todos los objetos están en dónde deben estar en La República Independiente de Mi Casa. Y cómo bien dicen los señores de IKEA, mi casa es m-i   c-a-s-a y si quiero tener el cajón de la lencería ordenado por tonos cromáticos y ocasiones de uso (para diario, para sexo, para la regla, para ir ceñida, para el gimnasio,…), lo tengo. Y punto. ¿Qué más da? Así que cuando llega mi cuñada,  de exuberantes piernas rematadas por tacones que joroban mi parquet  y se sienta en mi sofá, no sin antes lanzar los cojines (que le molestan) aquí y allá, debo contar hasta diez para no volver a colocarlos en su sitio. Cuando se pone a manosear mis revistas que deja por encima de la mesa, encima de los platitos incas, me sumo en un estado zen para no lanzarme sobre ellas (las revistas) y volverlas a apilar en la esquina derecha del cuadrante inferior… Nunca consigo que esas técnicas de relajación surjan efecto y acabo marcándola de cerca (a mi cuñada), reubicando todos los elementos y sintiendo su mirada de “estás como una cabra” en mi nuca.

Y este extraño día que estoy pasando, me hace pensar que mi cuñada puede estar en lo cierto. He perdido la chaveta en algún lugar del camino… Todo ha empezado esta mañana. He abierto el cajón de la cubertería para coger la cuchara de dimensiones perfectas para mi cappuccino, cuando he observado que había un tenedor en el compartimento de los cuchillos. ¿Qué hacía un t-e-n-e-d-o-r  en el lugar de los c-u-ch-i-ll-o-s.? Es más, ¿Qué hacía un cubierto mal puesto en mi cajón de mi cocina? Inmediatamente, he alargado la mano para coger el tenedor y ponerlo en el lugar correcto. He notado un leve tirón y una cierta resistencia por parte del tenedor, así que me lo he puesto a la altura de los ojos y lo he observado con atención. Lo he agitado en el aire y he comprobado que todo era normal. Cuando lo he dejado en el cajón, me ha parecido que el cuchillo se había desplazado hacia la derecha, así que también lo he colocado bien. Al cerrar el cajón, he oído unos sollozos tristes y desesperados. He mirado hacia el televisor, que creía que estaba apagado. Y lo estaba. Los sollozos se habían convertido en un llanto desgarrado y provenían del cajón. Parecía increíble pero…abrí el cajón y el llanto cesó de repente.  El tenedor había avanzado posiciones y ya estaba con las cucharas. El cuchillo se había desplazado hacia el extremo del compartimento. ¡Qué raro! pensé en ese momento. Me habré equivocado al ponerlo antes– me dije mientras volvía a poner el tenedor rebelde con los otros tenedores…

Estaba dejando mi taza, perfectamente limpia, en la estantería de las tazas de por la mañana, sección colores fríos (me había decantado por la azul), cuando escuché unos quejidos entrecortados… y el llanto, de nuevo.

Abrí el cajón y se hizo el silencio. El maldito tenedor, había quedado perpendicular al hueco de las cucharas y los otros tenedores. Me enfurecí. El tenedor, por lo que fuera, se rebelaba al orden pre-establecido. Me prometí concederle una última oportunidad (dijo el maestro Zen) y lo coloqué con una fuerza superior a la que era necesaria, en el puto compartimento de los putos tenedores. Y cerré el cajón con delicadeza, para evitar posibles desplazamientos no deseados.

Y venga el lloro… He pasado el día intentando olvidar el episodio del tenedor. He ido a comprar al mercado del barrio y cuando he llegado a casa, me he visto obligada a entrar en la cocina. Tenía que colocar los productos frescos en las repisas del refrigerador correspondientes (las había etiquetado con mi Dymo) y no podía romper la cadena de frío. Me he sentido aliviada al comprobar que sólo se oía el zumbido de la nevera. He organizado mi compra y he necesitado un cuchillo para cortar la malla de las naranjas. Cuando he abierto el cajón: ¡El tenedor con lo cuchillos!

Si en algún momento se me había pasado por la cabeza que había algo raro en el cajón de mi cubertería, ahora se veía confirmado.

El tenedor se movía-autónomamente- por el cajón.

Pero lo que más me impactó de este descubrimiento, no es que se moviera… No. Lo más importante era que rompía mi estructura del orden de mi casa (“casa” incluye el cajón de la cubertería). Para comprobar mi teoría de que el tenedor tenía vida propia, lo cogí, le dije “Ahora verás” y lo puse en su sitio. Fue cerrar el cajón y oír los sollozos. Abrí el cajón y cogí, de nuevo, el tenedor insumiso, lo miré con asco y lo tiré al cubo de la basura. Alguien lloraba, cada vez con más fuerza, en mi cocina. .. Tenía que acabar con él. Bajé la bolsa de basura y la tiré al container. Satisfecha con mi acción de pura venganza (hacia el tenedor) entré en la cocina. Ya no era un lloro, eran alaridos desgarradores… No entendía nada. ¿No había exterminado al tenedor? Abrí el cajón y…tengo que ir más rápido.No me quedan fuerzas  y  el tiempo se acaba, por lo menos para mí.  Me he extendido demasiado explicando cómo he llegado hasta aquí y por qué tengo un cuchillo viviente (que no para de llorar desconsoladamente) clavado en mi pecho.

Ha sido un crimen pasional. El cuchillo y el tenedor se amaban locamente y no podían soportar estar separados. El exilio forzoso al que condené al tenedor, despertó al monstruo interior del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado insertado en el centro de mi corazón. Mi final está siendo mucho más terrible ya que el cuchillo solloza, grita y llora por su tenedor perdido.

El llorón era el cuchillo…

Noto que esto ya se acaba… Por lo menos, dejaré de oír a este cuchillo quejica…

Yo lo único que quiero, en estos segundos de lucidez, es dejar clara mi última voluntad.

Que este cuchillo sea entregado,  como herencia, a mi cuñada.

Gracias.

 

NB : Este es uno de los “Objetos Sencillos que tienes en casa”...

 

19 pensamientos en “Cutlery Romance.

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. Me ha encantado. Genial lo del orden; pienso que es de admirar a las personas que ordenan los cubiertos, y seguramente en posición lateral, para que hagan bonito.

    Pero lo más hermoso.. el romance cuchillo, tenedor. Lo sospeché desde el primer momento.

    Me gustan mucho tus post.

    Un saludo.

  3. ¡horribles estos amores desgarradores¡ y tu intentando mantener el orden..el amor no conoce orden ni control, una pena que lo hayas aprendido tarde, tal vez tu cuñada…
    Un saludo, buenisimo el relato

  4. Bueno, cada uno es como es, y si tu quiers tener tu casa de color lila, pues tu casa y haces lo que quieres, como con los cajones, la lencería, los platos y los vasos.
    Si no quieres discutir con tu cuñada, déjala que haga lo que quiera, y cuando se vaya, coloca todo otra vez a tu gusto, y si no te importa decirla cuatro cosas, pues la pones en su sitio y no la dejas tocar ni una servilleta, je,je,je,
    Tú eres tú y no tienes porque cambiar.
    Chao
    Ana

    • Hola Anazulada,
      Gracias por pasarte por aquí y dejar tu comentario.
      Como le decía a Winnie, esto le pasó a una amiga mía . Que quede claro…
      Lo digo por si lo lee mi cuñada.
      Un saludo ( y que viva las novelas de amor) ; – )

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  6. ¿Sabes que te digo (Si es que a estas alturas todavía puedes leerme)?
    Que ¿Cómo se te ocurre meterte en medio de una relación gay con el riesgo que ello conlleva? ¿Con la mala leche que se gastan sobre todo los que van de “locas” como ese llorón histérico del cuchillo? ¿Acaso no has visto al Jorge Javier Vázquez en plan “locamala”?
    ¿Que por qué sé que eran gays?
    ¡Pues está claro!
    EL…tenedor. EL…cuchillo…en fin… que está claro.
    Si hubiera sido con la cuchara seguro que la cosa no hubiera acabado partiéndote el corazón. Es más, igual no te habías dado cuenta a pesar de tu obsesión por el orden y hubieran tenido un romance tranquilo. Al final la relación habría acabado y aquí paz y después gloria.
    Que conste que no es homofobia lo mío. En mi casa el cajón de la cubertería parece Sodoma y Gomorra, tenedores con cuchillos, cucharas con cucharillas del café, cuchillos, tenedores y cucharas revueltos a su libre albedrío… ¿Y es porque soy desordenado? ¡Qué va!
    Es porque les doy libertad y me quito de problemas.
    ¡Que hagan lo que les dé la gana! ¡Mira lo que te ha pasado a ti! :)

    • A ver, Cerán, sin cuchillo, no tenía trama. Sabía desde el momento 1, que iba a acabar con un cuchillo en el corazón …
      De todas formas, si llega a ser una cubertería hetero, la cuchara se podía haber alojado enla garganta y , mira, muerte por asfixia. ; – )No te fies de las cucharas…
      En tu cajón, lo que hay montado es una orgía. ; – )
      Besos!

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